Entonces, en su senectud como máquina compleja, la colonia de replicadores se rompería en racimos de células simples, identificarían otra estrella brillante o cerca, y usarían los volátiles acumulados extraídos del núcleo cometario anfitrión para propulsar sus semillas fuera del sistema solar. (Dejarían atrás un diminuto fragmento de su ser para que actuara de repetidor de radio, un nodo pasivo en una red en expansión.)
Esas semillas de segunda generación irían a la deriva en el espacio interestelar durante años, décadas, milenios. La mayoría perecerían inevitablemente, perdidas en trayectorias infructuosas o atraídas por mareas gravitacionales. Algunas, incapaces de escapar del débil pero distante tirón del sol, volverían a caer a la Nube de Oort y repetirían el proceso, comiendo hielo estúpida pero pacientemente y registrando información redundante. Si dos cepas se encontraban, intercambiarían material celular, reduciendo los errores de transcripción inducidos por el tiempo o la radiación, y producirían descendencia parecida pero no exactamente igual a ellas mismas.
Algunas pocas llegarían al halo de hielo de una estrella cercana y comenzarían el ciclo de nuevo, esta vez reuniendo información nueva, que al final enviarían a casa en estallidos de información, breves orgasmos digitales. «Estrella binaria —puede que dijeran— sin cuerpos planetarios oscuros.» O puede que dijeran, «Enana blanca, un cuerpo planetario oscuro.»
Y el ciclo volvería a repetirse otra vez.
Y otra.
Y otra, de una estrella a la siguiente, paso a paso, de siglos a milenios, agónicamente lento, pero con rapidez según mide el tiempo la galaxia, según nuestra medida del tiempo exterior en nuestro encierro. Nuestros días serían cientos de miles de sus años, y una década de nuestro tiempo lento bastaría para infectar la mayor parte de la galaxia.
La información que pasaba de nodo en nodo a la velocidad de la luz sería reenviada, modificaría el comportamiento, dirigiría a nuevos replicadores hacia territorios inexplorados, suprimiría información redundante de forma que los nodos no se sobrecargaran. De hecho, estaríamos cableando la galaxia para una especie de pensamiento rudimentario. Los replicadores construirían una red neural tan grande como el cielo nocturno, y nos hablarían.
¿Había riesgos? Por supuesto que había riesgos.
Si no fuera por el Spin, los marcianos jamás habrían aprobado tal expropiación arrogante de los recursos de la galaxia. No era un simple acto de exploración; era intervención, un reordenamiento imperial de la ecología galáctica. Si había otras especies inteligentes ahí fuera, y la existencia de los Hipotéticos parecía responder en gran parte a esa pregunta con una afirmación, la dispersión de los replicadores podría ser malinterpretada como agresión. Lo que invitaría a las represalias.
Los marcianos sólo habían reconsiderado este riesgo cuando detectaron estructuras de Spin en construcción sobre sus polos norte y sur.
—El Spin convierte las objeciones en irrelevantes —dijo Wun—, o casi. Con suerte, los replicadores nos contarán algo importante sobre los Hipotéticos, o al menos sobre el alcance de su obra en la galaxia. Puede que seamos capaces de discernir el propósito del Spin. Si eso fracasa, los replicadores servirán como una especie de baliza de advertencia a otras especies inteligentes que se enfrenten al mismo problema. Un análisis cercano podrá sugerirle a un observador reflexivo la razón por la que se construyó la red de comunicación. Puede que otras civilizaciones opten por conectarse a la red. El conocimiento podría ayudarles a protegerse a sí mismos. Para lograr el éxito allí donde nosotros fracasamos.
—¿Crees que fracasaremos?
Wun se encogió de hombros.
—¿No hemos fracasado ya? El sol ya es muy viejo. Eso ya lo sabes, Tyler. Nada dura indefinidamente. Y en las presentes circunstancias, para nosotros ni siquiera «indefinidamente» es mucho tiempo.
Puede que fuera la forma en que lo decía, sonriendo con esa pequeña sonrisa de sinceridad marciana e inclinándose hacia delante en su silla de mimbre, pero el peso de su veredicto era tranquilamente perturbador.
No es que me sorprendiera. Todos sabíamos que estábamos condenados. Condenados, como mínimo, a vivir nuestras vidas bajo un caparazón que era lo único que nos protegía de un sistema solar hostil. La luz solar que había vuelto Marte habitable podía cocer la Tierra si se abría la membrana del Spin. E incluso Marte (en su propio envoltorio oscuro) se deslizaba rápidamente fuera de la llamada zona habitable. La estrella mortífera que era la madre de toda vida había llegado a la puñetera senilidad y nos mataría a todos sin cargo de conciencia.
La vida había nacido en el margen de una reacción nuclear inestable. Eso era cierto y siempre había sido cierto; era cierto antes del Spin, incluso cuando el cielo estaba despejado y las noches de verano relucían con estrellas distantes e irrelevantes. Había sido cierto pero no tenía importancia porque la vida humana era corta; incontables generaciones nacerían y morirían en un latido solar. Pero ahora, y que Dios nos ayude, viviríamos más que el sol. O bien terminaríamos como cenizas orbitando su cadáver o nos preservarían para una noche eterna, bagatelas encapsuladas sin verdadero hogar en el universo.
—¿Tyler? ¿Estás bien?
—Sí—dije. Pensando, por algún motivo, en Diane—. Quizá a lo más que podemos aspirar sea a un poco de comprensión antes de que caiga el telón.
—¿Telón?
—Antes del fin.
—No es mucho consuelo —admitió Wun—. Pero, sí, puede que sea a lo más que podemos aspirar.
—Tu gente ha sabido del Spin durante milenios. ¿Y en todo ese tiempo no habéis descubierto nada sobre los Hipotéticos?
—No. Lamento no poder ofrecer nada. Acerca de la naturaleza física del Spin sólo tenemos un par de especulaciones.
(Que Jason recientemente había intentado explicarme: algo sobre quantos temporales, muchas matemáticas y muy lejos del alcance de la ingeniería práctica, marciana o terrestre)—. Sobre los Hipotéticos, nada en absoluto. Y en cuanto a qué quieren de nosotros… —Hizo un ademán de incertidumbre—. Sólo más especulaciones. La pregunta que nos hicimos fue, ¿qué había de especial en la Tierra cuando fue encapsulada? ¿Por qué los Hipotéticos esperaron para encerrar Marte, y qué les hizo elegir ese momento en particular de nuestra historia?
—¿Y tienes respuestas para eso?
Uno de sus cuidadores tocó en la puerta y la abrió. Un tipo que se estaba quedando calvo vestido con un traje negro hecho a medida habló con Wun pero me miraba a mí:
—Sólo un recordatorio. Tenemos al representante de la UE a punto de llegar. Cinco minutos. —Sostuvo la puerta abierta, a la espera. Me levanté.
—La próxima vez —dijo Wun.
—Pronto, espero.
—Tan pronto como pueda arreglarlo.
Era tarde y ya había terminado el trabajo por ese día. Salí por la puerta norte. De camino al aparcamiento me detuve ante la valla de madera detrás de la cual se construía el nuevo añadido a Perihelio. Entre huecos en la valla de seguridad pude ver un edificio de ladrillo gris sin adornos, grandes tanques a presión externos, tuberías gruesas como barriles que atravesaban troneras de cemento. El terreno estaba cubierto con aislantes amarillos de teflón y bobinas de tubos de cobre. Un capataz con un casco de obras blanco ladraba órdenes a los hombres que empujaban carretillas, hombres con gafas de protección y botas de punta de acero.
Hombres que construían una incubadora para un nuevo tipo de vida. Ahí era donde los replicadores crecerían en cunas de helio líquido y se prepararían para ser lanzados hacia los lugares fríos del universo, destinados a vivir más y viajar más lejos de lo que los seres humanos jamás podrían. Nuestro diálogo final con el universo. A menos que E. D. se saliera con la suya y cancelara el proyecto por completo.