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Molly estaba repantigada en el sofá cuando llegué a casa, frente a la tele, viendo una reciente película popular sobre elfos. O quizá eran ángeles. La pantalla estaba llena de una luz azul difusa. La apagó cuando entré. Le pregunté si había ocurrido algo mientras yo estaba fuera.

—No mucho. Te llamó alguien.

—Oh. ¿Quién era?

—La hermana de Jason. ¿Cómo se llamaba? Diane. La que está en Arizona.

—¿Dijo lo que quería?

—Sólo hablar. Así que hablamos un poco.

—Vaya. ¿Y de qué hablasteis?

Molly se giró, mostrándome su perfil contra la luz tenue procedente del dormitorio.

—De ti.

—¿Algo en particular?

—Sí. Le dije que dejara de llamarte porque ahora tienes una nueva novia. Le dije que a partir de ahora sería yo la que me ocupara de tus llamadas.

Me la quedé mirando.

Molly mostró los dientes en lo que supuse que debía de ser una sonrisa.

—Vamos Tyler, aprende a encajar una broma. Le dije que habías salido. ¿Así está bien?

—¿Le contaste que había salido?

—Sí, le dije que habías salido. No dije adonde. Porque la verdad es que no me lo dijiste.

—¿Dijo si era urgente?

—No sonaba urgente. Llámala si quieres. Adelante… no me importa.

Pero eso también era una prueba.

—Puede esperar —dije.

—Bien. —Aparecieron hoyuelos en sus mejillas—. Porque tengo otros planes.

Ritos sacrificiales

Jason, obsesionado con la inminente llegada de E. D. Lawton, había olvidado mencionar que habría otro invitado presente en Perihelio: Preston Lomax, actual vicepresidente de los Estados Unidos y candidato a las próximas elecciones.

La seguridad era extremadamente rigurosa a la entrada al complejo y había un helicóptero en la pista de lo alto del edificio Perihelio. Reconocí todos esos protocolos de Código Rojo de una serie de visitas del presidente Garland que habían acabado el mes pasado. El guarda de la entrada principal, el que me llamaba «Doc» y cuyos niveles de colesterol monitoreaba una vez al mes, me filtró que esta vez se trataba de Lomax.

Acababa de atravesar la puerta de la clínica (Molly estaba ausente, una sustituía llamada Lucinda se ocupaba de la recepción) cuando me llegó al busca un mensaje redirigiéndome al despacho de Jason en el ala ejecutiva. Cuatro perímetros de seguridad más tarde y estaba a solas con él. Temía que me pidiera más medicación. Pero el tratamiento que le había puesto la noche pasada parecía haberle causado una remisión completa, aunque puramente temporal. Se levantó y cruzó la habitación con las manos, sin temblores, extendidas, alardeando.

—Gracias por esto, Ty.

—De nada, pero tengo que insistir… no hay garantías.

—Debidamente anotado. Siempre y cuando esté bien para el resto del día. E. D. llegará al mediodía.

—Por no mencionar al vicepresidente.

—Lomax lleva aquí desde las siete de la mañana. El hombre es madrugador. Pasó un par de horas conferenciando con nuestro invitado marciano y dentro de poco me tocará hacerle de guía en la visita de buena voluntad. Y hablando de Wun, le gustaría verte si tienes un par de minutos libres.

—Suponiendo que los asuntos nacionales no lo tengan ocupado. —Lomax era el hombre que posiblemente ganaría el voto nacional la próxima semana… sin esfuerzo, si se podía confiar en las encuestas. Jase había cultivado a Lomax desde antes de la llegada de Wun, y Lomax estaba fascinado con Wun—. ¿Tu padre se unirá a la visita?

—Sólo porque no hay manera educada de dejarlo fuera.

—¿Prevés algún problema?

—Preveo muchos problemas.

—Físicamente, ahora, ¿te encuentras bien?

—Me siento bien. Pero tú eres el doctor. Todo lo que necesito son un par de horas, Tyler. ¿Supongo que las tengo?

Su pulso estaba un poco alto, cosa nada sorprendente, pero los síntomas de su EMA estaban contenidos. Y si las drogas lo habían dejado agitado o confundido, no lo demostraba. De hecho, casi parecía radiar calma, encerrado en alguna habitación distante y lúcida en el fondo de su mente.

Así que fui a ver a Wun Ngo Wen. Wun no estaba en sus alojamientos; había levantado el campamento provisionalmente y se había instalado en la pequeña cafetería de ejecutivos, que había sido acordonada y rodeada por hombres altos con cables que les colgaban de detrás de las orejas. Alzó la vista cuando pasé del mostrador del bufete e hizo un gesto a los clones de seguridad que se dirigían a interceptarme.

Me senté frente a él a una mesa de cristal. Pinchó un pálido filete de salmón con un tenedor de cafetería y sonrió serenamente. Me encorvé en mi silla para ponerme a su altura. Podrían haberle puesto un alzador para niños en el asiento.

Pero la comida le sentaba bien. Había ganado un poco de peso durante su estancia en Perihelio, pensé. Su traje, hecho a medida hacía un par de meses, le quedaba tirante en el vientre. Se había despreocupado de abotonarse el chaleco a juego. También tenía las mejillas más rellenas, aunque seguían tan arrugadas como siempre, la piel oscura suavemente recorrida por barrancos.

—Oí que tenías visita —dije.

Wun asintió.

—Pero no por primera vez. Me he reunido con el presidente Garland en Washington en varias ocasiones y me he reunido con el vicepresidente Lomax dos veces. La gente dice que las elecciones lo pondrán en el poder.

—No porque sea especialmente querido.

—No estoy en posición de juzgar a un candidato —dijo Wun—. Pero hace preguntas interesantes.

Ese respaldo me hizo sentirme un poco protector.

—Estoy seguro de que es muy amistoso cuando quiere. Y ha hecho un trabajo decente en su puesto. Pero pasó la mayor parte de su carrera como el hombre más odiado de Capitol Hill. El azote de tres administraciones diferentes. No hay mucho que se le pase por alto.

Wun sonrió.

—¿Crees que soy ingenuo, Tyler? ¿Temes que el vicepresidente Lomax se aproveche de mí?

—Ingenuo, no, no exactamente…

—Soy un recién llegado, lo admito. Las partes más sutiles de la alta política se me escapan. Pero soy varios años más viejo que Preston Lomax y también he tenido un cargo público.

—¿En serio?

—Durante tres años —dijo con evidente orgullo—, fui Administrador Agrícola del cantón de Vientos Helados.

—Ah.

—El cuerpo administrativo para la mayor parte del delta del Kirioloj. No era la presidencia de los Estados Unidos de América. No había armas nucleares a disposición de la Administración Agrícola. Pero denuncié a un funcionario local corrupto que falsificaba informes de cosechas por peso y luego vendía su margen en el mercado de excedentes.

—¿Sacaba tajada?

—Si ése es el término para ello.

—¿Así que las Cinco Repúblicas no están libres de corrupción?

Wun parpadeó, un acontecimiento que envió ondas de choque por toda la geografía de su rostro.

—No, ¿cómo? ¿Y por qué tantos terrestres suponen algo así? Si hubiera venido de otro país de la Tierra, Francia, China, Texas, a nadie le sorprendería oír cosas sobre sobornos, prevaricación o robos.

—Supongo que no. Pero no es lo mismo.

—¿No? Pero tú trabajabas aquí en Perihelio. Debiste conocer a algunos de la generación fundadora, por extraña que se me haga esa idea… los hombres y mujeres cuyos remotos descendientes somos los marcianos. ¿Eran unas personas tan ideales que esperas que su progenie esté libre de pecado?

—No, pero…

—Y sin embargo esa falsa idea es casi universal. Incluso en esos libros que me diste, escritos antes del Spin…

—¿Los leíste?

—Sí, con ansia. Los disfruté. Gracias. Pero incluso en esas novelas los marcianos… —Se esforzó por expresar la idea.