Entonces, cuando lo miró, algo cambió en la expresión de Jake y se inclinó para besarla en los labios con delicadeza. Se quedó inmóvil y atónita. Hasta que Jake se apartó bruscamente, como si se hubiera dado cuenta de lo que estaba haciendo.
– ¡No debería haberlo hecho! -exclamó él-. Maldita sea…
Taryn entendió lo que decía. Aunque el beso le había encantado, era su jefe y acababa de infringir la primera norma de las relaciones entre jefe y empleado.
– Te perdonaré por esta vez -lo tranquilizó ella despreocupadamente-. ¿Ves adonde te lleva el remordimiento?
– Será mejor que te vayas, Taryn -le propuso él con media sonrisa-. Tienes algo que…
Taryn agarró el bolso y se fue casi sin darle las buenas noches. El beso había sido como una descarga eléctrica y le había levantado todo un remolino de sensaciones. Y, desde luego, le había parecido mucho más demoledor que el beso de su anterior jefe.
Capítulo 4
Taryn tardó casi todo el fin de semana en asimilar el inesperado beso. Había sido un leve contacto de los labios, pero se le había grabado muy profundamente.
Llegó a su casa echa un lío y se alegró de tener la cocina para ella sola y poder analizar el disparatado efecto de su jefe en ella. La alteraba. La relación laboral con Brian había ido como la seda hasta el último día, sin agitaciones. Con Jake, las agitaciones podían ser como repentinos maremotos emocionales. Cuando había estado tan indignada con él que no había querido dirigirle la palabra, Jake había mostrado ese lado sensible y maravilloso que tenía oculto. Ella se había puesto a lloriquear y él la había besado. Para ser sincera, no sabía qué tenía de malo. Aunque sí sabía que no podía sacar ninguna conclusión. Kate le había advertido que él no se enredaría en ese tipo de asuntos con nadie del trabajo.
El lunes ya había conseguido rehacerse y él también estaba amable, aunque algo distante. A ella le pareció bien. Aunque se había alegrado de conocer su lado sensible, también se alegraba de volver al terreno profesional.
– Te dejo esto para que lo firmes -dijo ella con tono amable y eficiente.
– Reserva una mesa para dos el sábado -ordenó él.
¿Quién sería la afortunada? Una punzada, que no podía ser de celos, la dejó helada.
Una vez en su mesa, Taryn deseó que Jake tuviera que irse a alguna reunión, porque la desquiciaba tenerlo en el despacho de al lado.
Sin embargo, el martes, él le comunicó que estaría fuera de la oficina hasta el lunes siguiente, por una serie de asuntos fuera del país, y eso tampoco le gustó.
El miércoles a las once, él llevaba unas horas fuera de la oficina y ya lo echaba de menos. La vida sin él alrededor no tenía interés. Además, Kate estaba resfriada.
– ¿Por qué no te vas a casa? -le propuso Taryn.
– No me importaría -contestó Kate, que acabó yéndose a las cinco.
El jueves apareció por la oficina con un aspecto tan lamentable que Taryn no pudo aguantarlo.
– Por favor, vete a casa. Aquí no hay nada por lo que tengas que preocuparte.
– ¿Estás segura de que puedes apañarte? -preguntó Kate.
– Claro -contestó Taryn con confianza.
– ¿Me llamarás si tienes algún problema?
– No habrá problemas, te lo prometo.
Taryn no paró un segundo desde el instante en que Kate se marchó. No pudo entender que Kate hubiera podido con todo aquello cuando estaba sola. Taryn trabajó durante la hora de la comida y tuvo muy claro que tendría que quedarse hasta muy tarde.
Sin embargo, todavía eran las cuatro y media cuando sonó el teléfono.
– Despacho del señor Nash, dígame…
– ¿Mucho trabajo? -preguntó una voz que le hizo un cosquilleo por dentro.
El tono frío del lunes y el martes había desaparecido y eso le gustó.
– Haciendo lo posible para ganarme el sueldo -contestó ella con una sonrisa.
– Se lo gana de sobra, señorita Webster -replicó él con tono afable.
– Gracias, señor Nash.
– Pásame a Kate, por favor -le pidió él.
– Mmm… Kate no está aquí en este momento.
– ¿Dónde está? ¿Se siente mal?
– Mmm… está un poco resfriada.
– No está en la oficina, ¿verdad? -preguntó Jake como si hubiera interpretado sus vacilaciones.
– Vino, pero tenía tan mal aspecto que insistí en que se fuera a casa.
– Bien hecho -la felicitó él con un tono muy cálido-. ¿Algún problema?
– No -lo tranquilizó ella.
– ¿Estás segura de que puedes hacerlo todo sola?
– Completamente segura -aseguró despreocupadamente.
– Entonces, hasta el lunes.
Taryn se preguntó cuándo volvería Jake a la ciudad. El sábado tenía mesa reservada para cenar en Almora, de modo que supuso que volvería el mismo sábado por la mañana.
Se quedó trabajando hasta muy tarde y acababa de llegar a su casa cuando se presentó su primo Matt.
– Necesito que me hagas un favor.
– Lo que quieras -se ofreció ella.
– Algunos compañeros de trabajo me miran con cara de lástima y necesito una chica guapa colgada del brazo para la cena con baile que da la oficina.
– ¿Soy la elegida?
Él era atractivo y simpático y estaba segura de que habría bastantes mujeres encantadas de salir con él. Sin embargo, todavía se consideraba casado, además de querer que Alison volviera, y le parecería injusto quedar con una de ellas.
– ¿Lo harías?
– Claro. Encantada. ¿Cuándo es?
– Mañana.
– ¡Matt…!
– Ya. Es un poco precipitado. Pensaba ir solo, pero he captado esas miradas de pena.
– ¿A qué hora?
– A las siete.
El lunes Jake llegaría a la oficina antes que ella. El día siguiente era viernes y tenía que dejar hecho todo el trabajo antes de irse de la oficina por la tarde.
– ¿No puedes acompañarme? -le preguntó Matt al notar que había algo que la preocupaba-. ¿Tienes otro plan mañana?
– No, no es eso. Te parecerá una tontería, pero mañana estaré sola en la oficina y los viernes hay mucho trabajo. Es una cuestión de orgullo sacar todo el trabajo antes de marcharme.
Matt la conocía bien y no le parecía ninguna tontería.
– ¿Crees que tendrás que quedarte hasta tarde?
No lo creía, estaba segura.
– Es probable que haya terminado alrededor de las seis y media -calculó ella.
– No tendrás tiempo de volver a casa y arreglarte para que pase a recogerte -Matt meditó un instante-. ¿Qué te parece si te recojo en la oficina? Puedes cambiarte allí mismo. Además, puedo pasar a buscarte por la mañana y así no tendrás que llevar el coche.
– Aun así, no puedo asegurarte que esté preparada a las seis y media.
– No importa. Supongo que a esa hora ya se habrá ido casi todo el mundo. Aparcaré en la puerta de edificio y esperaré. No tenemos prisa por llegar a la charla de los aperitivos. Basta con estar sentados a las siete y media.
Antes de acostarse, Taryn estuvo preparando lo que se pondría al día siguiente. Quería estar especialmente guapa, por Matt.
Como habían acordado, al día siguiente, Matt se fue temprano a recogerla.
– Estaré aquí a las siete menos cuarto -dijo él cuando llegaron a la oficina de Taryn-. ¡Eres una joya!
– Ya… -Taryn salió corriendo.
Como Jake no estaba y ella no quería que todo el mundo viera el vestido, lo llevó al cuarto de baño con la bolsa de zapatos y de ropa interior. Kate llamó para preguntar qué tal iban las cosas y Taryn notó, por la voz, que no había mejorado.
– No te preocupes por nada. Preocúpate sólo de ponerte bien. Lo tengo todo bajo control.
A la hora de comer se tomó el consabido sándwich y siguió trabajando sin parar. A las seis y veinticinco, comprobó con orgullo que había terminado todo el trabajo. Como no quería hacer esperar a su primo, fue a arreglarse. Había pensado hacerlo en el cuarto de baño del personal, pero, apremiada por el poco tiempo que tenía, se fijó en la ducha de Jake. Primero rechazó la idea, pero luego pensó que ese día había trabajado como una mula para él. Sabía que él tenía una reunión concertada para el lunes a las nueve y media. Podría llevarse la toalla, lavarla y volver a dejarla antes de que él volviera de la reunión. No le dio más vueltas y se metió en la ducha. Tenía que darse prisa porque Matt estaría esperándola. Salió como nueva, pero casi se le paró el corazón. Se quedó atónita, roja como un tomate y cubierta sólo por unas gotas de agua.