– ¿Qué…? No deberías…
Estaba tan aturdida que no podía comprender qué hacía Jake Nash allí. Él también parecía impresionado, pero sus ojos grises le recorrían todo el cuerpo desnudo.
– Si fuera tú, me pondría algo encima -le propuso delicadamente-. Además, vas a resfriarte si te quedas así.
Nunca se había sentido tan ardientemente abochornada, pero antes de poder reaccionar, Jake le acercó una toalla. Sin decir nada más, se fue de la habitación y la dejó sola.
¿Cómo iba a volver a mirar a la cara a Jake? En ese momento, le daba igual haber usado su ducha. Sólo le importaba que la había visto completamente desnuda. Taryn se secó y empezó a vestirse. Se maquilló levemente y se dejó el pelo suelto con la esperanza de que Jake hubiera tenido el detalle de marcharse. Aunque no había ningún motivo para que lo hubiera hecho.
Apremiada por estar sentada en la cena a las siete y media, salió del cuarto de baño con la ropa usada colgada en una percha. Entró en el despacho de Jake y lo vio sentado detrás de su mesa. No estaba trabajando. Se puso más colorada que el vestido rojo, sin tirantes y ceñido al busto que llevaba. Él se levantó.
– No sé qué decir -dejó escapar ella con un hilo de voz.
– Evidentemente, esta noche tienes un buen plan.
– No tenía tiempo de ir a casa a cambiarme.
– Ya me he dado cuenta de eso -replicó él irónicamente.
Taryn sintió una punzada de irritación.
– Tengo que irme. Matt está esperándome fuera.
– Supongo que tengo que agradecerte que no lo invitaras a subir para que te frotara la espalda -el tono fue muy mordaz.
Taryn volvió a sentir ganas de pegarle.
– Será mejor que me vaya.
Taryn salió del despacho y, ante su asombro, Jake salió detrás. Además, mientras esperaban al ascensor, le tomó la percha con la ropa usada. Entraron en el ascensor y ella exclamó:
– ¡Me he olvidado la toalla!
– No te sigo.
– La toalla que he usado. Pensaba llevármela a casa, lavarla y traerla el lunes.
– Así, yo no me enteraría -comentó él con tono burlón-. Yo no me preocuparía, el departamento de limpieza se ocupará.
– Buenas noches -le deseó ella cuando llegaron a la planta baja.
Taryn quiso recuperar la percha, pero él no hizo amago de dársela. Jake cruzó el vestíbulo y Taryn comprendió que tendría que presentarle a su primo. Hacía una noche preciosa y todavía había luz. Taryn vio a Matt. Él también los vio y salió del coche inmediatamente.
– Siento haberte hecho esperar -se disculpó ella.
– Merece la pena esperarte -contestó él antes de darle un beso en la mejilla.
– Te presento a mi jefe, Jake Nash. Él es Matthew Kiteley.
Iba a haber añadido que era su primo, pero los dos hombres se estrecharon la mano y Matt se hizo cargo de la percha. Entonces, Taryn pensó que no tenía por qué decírselo, como si ella no pudiera quedar con un hombre un viernes por la noche…
Lo pasó muy bien. Matt le presentó a todo el mundo y tampoco dijo que eran primos.
– Gracias, Taryn -dijo él cuando la llevó de vuelta a casa-. Creo que ya no voy a volver a ver ninguna mirada de compasión.
Ella pensó que exageraba. Había notado que todo el mundo lo apreciaba mucho.
– Cuando quieras… cariño.
Se despidieron con unos besos en las mejillas y ella entró en su casa.
El sábado se propuso firmemente buscar un alojamiento, pero sabía que no estaba en la mejor disposición para buscarlo. Cada dos por tres, se le aparecía la imagen de Jake que entraba en el cuarto de baño. ¿Tendría que disculparse? ¿Se había disculpado ya? No podía recordarlo y no le extrañaba. Sólo podía acordarse de que él había entrado en el baño y ella se había quedado paralizada y como Dios la trajo al mundo.
Cuando llegó a la oficina el lunes, todavía no sabía qué hacer sobre las disculpas.
Se alegró de ver a Kate porque evitaría tener que pasar todo el día a solas con Jake. Seguía teniendo mal aspecto, pero había mejorado notablemente. Sin embargo, el jefe, quizá para no cargarla con demasiado trabajo, llamó a Taryn cuando tuvo que dictar una cosa. Ella había decidido que se había pasado el momento de disculparse. Pero nada más sentarse, preparada para tomar notas, levantó la cabeza y se dio cuenta de que el que no estaba preparado era él. Jake también la miró y Taryn notó que se sonrojaba.
– Espero que lo pasaras bien el viernes por la noche.
– Siento lo que pasó. Me refiero a lo de la ducha.
– Fue… mmm… toda una revelación -susurró él con desenfado.
Ella volvió a sonrojarse al ver el brillo perverso en sus ojos.
– No volverá a pasar -afirmó ella con timidez.
– No sé por qué, pero lo sospechaba -replicó con una sonrisa.
Ella no contestó. Se limitó a mirarlo dando a entender que daba por zanjada esa conversación y que estaba preparada para tomar notas.
– ¿Qué hay entre Matt Kiteley y tú?
Ella levantó la cabeza como impulsada por un resorte y comprobó que Jake no sonreía.
– ¿Qué quieres decir?
– Yo creía que los hombres casados perdían el tiempo contigo hasta que se hubieran divorciado. Él sigue llevando anillo.
– Seguramente no querría correr el riesgo de olvidarse de ponérselo antes de volver a su casa -respondió dispuesta a que él pensara lo que quisiera.
– A Martin y Black…
Jake empezó a dictar a una velocidad que Taryn casi no podía seguirlo. Cuando se sentó para mecanografiarlo, pensó que se alegraría mucho de que Jake volviera a tener trabajo en el extranjero.
Eso pensó, pero tuvo que replanteárselo cuando el miércoles, después de que volviera a pedirle que reservara una mesa para dos el sábado, en Raven esa vez, le dijo que el jueves y el viernes tenía unas reuniones en Italia. En cierto sentido, le fastidió la idea de que él no estuviera.
– ¿Quieres que te haga las reservas de hotel? -preguntó ella.
– Si fueras tan amable… Kate sabe dónde me gusta alojarme. Reserva dos habitaciones -añadió él para desasosiego de Taryn.
– ¿Dos? -preguntó ella antes de poder evitarlo.
Se sintió dominada por una sensación de náusea, aunque también sabía con certeza que le daba igual quién fuera la mujer que iba a llevar. Sin embargo, lo más sorprendente era que reservara otra habitación.
– Dos -confirmó él-. Si no te importa, prefiero que tengas tu propia habitación -añadió él para pasmo absoluto de Taryn.
– ¿Que voy a Italia contigo…?
– Kate no puede ir -replicó él lacónicamente.
Taryn comprendió que prefería que ella tuviera su propia habitación y que también habría preferido que hubiera ido Kate. Kate le había comentado durante la entrevista que de vez en cuando lo acompañaba al extranjero, pero ella nunca pensó que llegaría a sustituirla.
– ¿Habremos vuelto el viernes por la noche? -preguntó ella como si tal cosa.
– ¿Por qué? ¿Tienes algún otro hombre casado mordiéndose las uñas? -preguntó él con un tono muy desagradable.
– Lo reservo para el sábado -contestó ella con dulzura-. ¿Quieres algo más?
– Kate te pondrá al tanto del viaje -contestó él ariscamente.
La cabeza le daba vueltas cuando se fue de la oficina. Kate se había ocupado de las reservas y le había propuesto que se llevara el ordenador portátil.