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– A veces, a Jake le gusta repasar lo que has anotado durante el viaje de vuelta. Así que cuantas más cosas mecanografíes, mejor.

– ¿Estarás bien tú sola? -preguntó Taryn.

– Jake me ha dicho que si me siento desbordada, me traiga a Dianne Farmer para hacer el trabajo más arduo.

Taryn sabía que tendría que sentirse muy desbordada para pedirle a Dianne que la ayudara. Cuando llegó a su casa, también sabía que realmente quería ese puesto. Le encantaba el trajín, el trabajo y, efectivamente, también le encantaba él cuando no se portaba como un bárbaro. Además, quería tener una carrera profesional como secretaria de dirección y ése era el mejor sitio para adquirir experiencia.

A la mañana siguiente, cuando iba hacía el aeropuerto, llevaba un traje azul marino.

– Taryn… -la saludó amablemente Jake mientras la miraba de arriba abajo-. ¿En forma?

Ella no estaba segura, pero sí sabía que él parecía en forma, aparte de atractivo, mundano y sofisticado. El corazón se le desbocó y se sintió desarmada.

Fueron directamente al hotel en cuanto aterrizaron, pero se quedaron sólo lo justo para dejar las bolsas. Los llevaron a la empresa Bergoni y a partir de ese momento todo fue trabajo y más trabajo. Cuando fueron a comer, Jake siguió hablando de trabajo con el director de la empresa y ella se sentó al lado de su secretario, un hombre de veinte muchos años que se llamaba Franco Causio y que, sin dejar de hacer su trabajo, la invitó a salir esa noche.

– Me temo que voy a estar ocupada -contestó ella que había captado la mirada de enojo de Jake.

Esa tarde, cuando volvían al hotel, Jake demostró que no se le escapaba nada.

– ¿Estabas haciendo planes para ver a Causio? -preguntó sin mucho apasionamiento.

– Lo he rechazado. No sabía si sería apropiado.

– ¿Porque estábamos hablando de contratos?

– Le dije que iba a tener trabajo.

– Si no me equivoco, te ha invitado a quedar después, quizá a una cena a última hora…

Él había suavizado el tono y ella le sonrió.

– No se te escapa nada, ¿verdad?

Una vez en el hotel, Jake se fue a su habitación y ella a la suya. Tenía que empezar a escribir en el ordenador las notas que había tomado, pero la cama era una tentación. Había trabajado muchísimo ese día. Se puso ropa cómoda y se tumbó con la intención de descansar cinco minutos. Le pareció que estaba bastante contenta con su primer trabajo en el extranjero. Recordó con orgullo que Jake la había presentado como una secretaria de dirección experimentada y la mejor ayudante de Kate. Se dio cuenta de que estaba sonriendo al acordarse de Jake. Aparte del pequeño roce porque no le había gustado la invitación de Franco, se habían llevado bien. Esperaba que él no siguiera prefiriendo que lo hubiera acompañado Kate. Cerró los ojos. Él…

Taryn se despertó una hora más tarde. Tenía mucho trabajo, pero también tenía mucho tiempo por delante. Se duchó y se lavó el pelo con calma. Entonces, decidió que no tenía sentido volver a vestirse y se puso la ropa interior y una bata.

Una hora más tarde estaba tecleando en el ordenador portátil cuando alguien llamó a la puerta y dio un respingo. Fue a abrir y se encontró con Jake. Se sintió pudorosa por lo que llevaba puesto, aunque él la había visto con menos.

– Hola -saludó ella con voz áspera.

– Taryn… -replicó él como si también lo hubiera pillado con la guardia baja-. Estás guapísima.

El corazón le dio un vuelco, pero supo al instante que él se había arrepentido de haber hecho un comentario tan poco profesional. Lo supo porque se apartó de la puerta y puso un gesto serio. Ella intentó pensar en algún comentario desenfadado para que él se diera cuenta de que no se lo había tomado mal.

– Tendrás que mirarte la vista cuando volvamos, ¿no?

Él se tranquilizó y se rió.

– Yo ya estoy preparado para la cena. ¿Cuánto tardarás?

Taryn lo miró fijamente. Había comido muy abundantemente y no había pensado en ir a cenar, pero era evidente que él esperaba que lo acompañara.

– La verdad es que no tengo hambre.

– Tienes que comer algo.

– No, de verdad. Si luego tengo hambre, pediré algo al servicio de habitaciones. Además, tengo que terminar el trabajo cuanto antes.

Jake pareció desconcertado, como si no estuviera acostumbrado a que alguien rechazara una invitación suya para cenar por culpa del trabajo.

– Como quieras.

Tardó un siglo en poder trabajar otra vez. Jake la había considerado guapísima… Sin maquillaje y el pelo de cualquier manera… ¡Y ella había rechazado cenar con él! Taryn reconoció que tenía una sensación muy especial cuando estaba cerca de él. Acababa de dominarse cuando sonó el teléfono. Era el servicio de habitaciones…

– El señor Nash nos ha dicho que quería pedir algo…

Si bien pensó que él lo habría hecho para que comiera y siguiera rindiendo como secretaria, también pensó que era un encanto por acordarse de ella.

– Un… sándwich de queso y un café, por favor.

A la mañana siguiente, Jake hizo todo lo posible por demostrarle que no había habido nada personal ni en su comentario sobre su belleza ni en su afán por que ella comiera. Se mostraba cortés cuando había alguien alrededor, pero no estando a solas no podía ser más frío.

A ella le pareció bien. Tendría que haberse vuelto loca para pensar que era un encanto. Alrededor de las cuatro de esa tarde volvieron al aeropuerto. Ya se había deshecho del montón de papeles que había mecanografiado la noche anterior, pero todavía le quedaba otro montón para cuando se sentara en su mesa el lunes. No obstante, como si desdeñara sus esfuerzos, Jake se pasó todo el vuelo tomando sus propias notas. Como, además, tampoco había estado amable, se alegró de no tener que volver a verlo hasta el lunes.

– ¿Tienes cómo ir a tu casa? -se dignó a preguntarle Jake cuando aterrizaron.

– Sí, gracias -habría contestado lo mismo aunque hubiera tenido que ir andando.

– Gracias por tu trabajo de estos días.

Ella notó que estaba ablandándose y no quería hacerlo.

– Para eso me pagas -replicó educadamente antes de marcharse.

En el coche, de vuelta a su casa, se reconoció que se encontraba rara. Era él, pero no sabía por qué tenía esa influencia en sus sentimientos.

Afortunadamente, su madrastra había contratado a otra ama de llaves, la señora Ferris. Una mujer de mirada implacable que estaba en la casa cuando Taryn entró. Taryn pudo predecir las batallas que se avecinaban entre el ama de llaves y Eva, pero la presencia de la señora Ferris hizo que su vida fuera mucho más cómoda. El sábado tuvo tiempo para repasar las notas que había tomado y seguía repasándolas cuando llamó su tía Hilary.

– ¿Vas a hacer algo esta noche? -preguntó su tía-. Ya sé que estás libre de tareas domésticas.

– ¿Conoces a la señora Ferris?

– La he buscado yo. Es una mujer imponente. Demasiado buena como para desperdiciarla con alguien que no sea Eva.

– ¡Eres incorregible! -Taryn se rió.

– Tengo un problema.

– ¿Cuál? ¿Puedo hacer algo?

– Sí. Es mucho pedir, pero necesito una recepcionista de hotel esta noche. Sólo son unas horas. Parece que nadie está dispuesto a ir por tan poco tiempo. Yo me he comprometido…

Taryn tampoco quería hacerlo, pero la lealtad familiar hizo acto de presencia y comprendió que no tenía escapatoria.

– ¿Sabes que no tengo ni idea de lo que hace la recepcionista de un hotel?

– Eso no será un inconveniente.

Hilary, con un tono de alivio evidente, le explicó que el hotel Irwin tenía reservado un acto importante para esa noche, pero se había quedado sin parte del personal por un brote de gripe y el señor Buckley, el director, se conformaba con que hubiera alguien presentable en la recepción.