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– ¿Sólo tengo que estar ahí durante unas cuantas horas?

– Sólo eso… lo prometo. A lo mejor tienes que dar alguna llave y registrar a alguien, pero no esperan clientes nuevos a esa hora de la noche; aparte de los que vayan a ese acto. Es una cena importante y es posible que tengas que indicarles dónde está el salón, aunque estará señalizado.

Taryn no se creía que fuera tan sencillo.

– ¿Habrá alguien conmigo?

– Hay un novato sin gripe. Él te enseñará lo fundamental, pero no tendrás que hacer casi nada.

Taryn tomó nota de la dirección y se despidió de su tía. No le apetecía nada el panorama, pero Hilary se había portado siempre muy bien con ella. Incluso le había proporcionado el trabajo con Osgood Compton. Si no lo hubiera hecho, nunca habría conocido a Jake y Jake… estaba permanentemente en su cabeza.

Al cabo de un rato, volvió a sonar el teléfono y supuso que sería su tía con alguna instrucción que se había olvidado.

– ¡Hola!

Se quedó helada. Era Jake.

– Te necesito aquí -dijo él sin más preámbulos.

– ¿Cómo? ¿En la oficina?

– En mi casa -contestó él lacónicamente-. Pasa algo con las notas que me has hecho… no las entiendo bien… Quiero repasarlas contigo.

Él llevaba toda la semana trabajando y seguía trabajando. ¿No paraba nunca? Aunque ella sabía que esa noche iba a cenar al Raven…

– ¡Ya las he repasado yo! -se quejó ella.

Sin embargo, también sintió unas ganas irrefrenables de dejar lo que estaba haciendo, que no era gran cosa, y de ir a verlo.

– Bueno, creo que te has saltado algo.

Ella estaba segura de que no se había saltado nada, pero también sabía que el jueves por la noche, cuando terminó el trabajo, estaba agotada.

– Intentaré ir.

Taryn sabía que con el astronómico sueldo que le pagaba, estaba obligada a ir.

– ¿Lo intentarás…?

Él lo dijo con brusquedad y ella lo detestó, pero no estaba dispuesta a ceder.

– ¿Cuánto tiempo crees que tardaremos? -preguntó ella con tono retador.

– Lo que haga falta, pero no es necesario que traigas cepillo de dientes -contestó él.

¡Iba listo! A las siete tenía que estar en el hotel Irwin. Colgó y volvió a descolgar.

– Ha surgido una cosa -le explicó a su tía-. No debería pasar nada, pero existe la remota posibilidad de que llegue un poco tarde al hotel Irwin. Iré con toda seguridad, pero, por si acaso…

– Llamaré al señor Buckley y se lo diré. Quiero que vea que mi agencia es muy seria.

Taryn, con el maletín, el ordenador portátil y una falda negra en el asiento trasero, además de una blusa blanca en una percha, se sentía echa un lío mientras iba a casa de Jake. Se sentía atraída por él, aunque en ese momento lo detestaba. Su casa estaba en una zona muy selecta de Londres y tardó veinte minutos en aparcar.

– Pasa -la invitó él cuando abrió la puerta-. ¿Quieres beber algo? -preguntó una vez en el vestíbulo.

– No gracias -eran casi las cinco y tenía que salir pitando.

– ¿No has avisado de que llegarás tarde a tu cita?

– Él esperará -contestó con una dulzura sarcástica.

Jake gruñó algo y la acompañó al despacho. Empezaron a repasar las notas manuscritas para contrastarlas con el texto mecanografiado.

– ¡Ah…!

Estaban llegando al final cuando él le enseñó el error. Era un baile de letras mínimo, pero el significado cambiaba completamente. Jake le ordenó que volviera a escribirlo, se levantó y miró el reloj.

– Tengo que ducharme y cambiarme. Si quieres hacerte un sándwich…

– Me quitaría las ganas de cenar -ella también miró el reloj. ¡Eran las seis y media!

– En ese caso… -murmuró él mientras se marchaba.

¡Tenía que volver a escribirlo todo! Enchufó el ordenador portátil y a los veinte minutos ya tenía corregidas e impresas las últimas siete páginas. No podía perder más tiempo. Dejó todo el documento donde él pudiera verlo, se guardó las notas manuscritas en el maletín y se marchó como una flecha sin despedirse.

Taryn llegó al hotel a las siete y veinte. Con la falda y la blusa en la mano, fue al mostrador de recepción donde la esperaban un chico y una mujer mayor, que resultó ser la señora Buckley, la mujer del director.

– Siento el retraso -se disculpó-, pero parece que tienen la recepción cubierta y no me necesitan.

– Creíamos que no vendría, pero necesitamos toda la ayuda posible -replicó la señora Buckley-. Una camarera está de baja. ¿Ha trabajado alguna vez de camarera?

Antes de darse cuenta, estaba en el salón de banquetes con la falda negra, la blusa blanca y un delantal también blanco. Había perdido práctica, pero pronto se adaptó. El salón estaba repleto. Casi todos eran hombres de negocios, pero no tenía tiempo para mirarlos. No lo tuvo hasta que se sirvió el primer plato y ella y los demás camareros volvieron a sus puestos. Taryn comprobó que los comensales que le correspondían no necesitaban nada y echó una ojeada alrededor. Sintió como un fogonazo. Abrió los ojos como platos por el espanto y se quedó clavada en el suelo. Uno de los comensales no hacía ningún caso a la comida y la miraba muy fijamente y con expresión de pasmo. Era Jake. ¿Qué hacía allí? ¡Tenía que estar en el Raven! Quiso salir corriendo, pero tenía que pensar en la reputación de la agencia de su tía. Se consoló al pensar que, por lo menos, no tenía que servir su mesa, pero también supo que aquello tendría consecuencias.

Cuando empezaron a servir los cafés y algunos comensales se levantaron, Taryn sintió la necesidad de esconderse. Había terminado de pasar la última ronda de café e iba a entrar en la cocina cuando lo oyó muy pegado a su oído.

– ¡Ya sé qué haces los fines de semana!

Taryn, rabiosa, lo miró a los ojos, pero él la miraba sin alterarse y sin expresar nada. Ella entró en la cocina, pero sabía que la cosa no acabaría ahí.

Capítulo 5

El domingo por la mañana, después de no pegar ojo en toda la noche, Taryn había aceptado que su breve paso por Nash Corporation había llegado a su fin, porque sabía que Jake exigía una lealtad plena y que no aceptaría a alguien en ese nivel que hiciera otros trabajos por la noche, aunque fueran temporales.

Se quedó unas horas en su habitación pasando las notas que había tomado en Italia. Sabía que no volvería a trabajar para Jake, pero era una cuestión de orgullo dejar el trabajo terminado antes de marcharse.

El lunes se levantó especialmente pronto. De no haber sido por lo que guardaba en el maletín y porque tenía que devolver el ordenador portátil, ni siquiera habría ido a la oficina. Sin embargo, ya que tenía que ir, prefería que la despidieran antes de que hubiera más gente alrededor.

Dejó el ordenador portátil en su sitio a las ocho y cuarto. Con un vacío en el estómago, se puso muy recta, llamó a la puerta que separaba los dos despachos y entró. Como había supuesto, Jake estaba trabajando. La miró de arriba abajo sin sonreír. Taryn no se molestó en sentarse. Sabía que no iba a estar mucho tiempo allí.

– Ya sé que no quieres verme, pero he traído el trabajo del viernes -señaló el maletín-. Lo he mecanografiado y…

– ¿No te pago lo suficiente? -la interrumpió él secamente.

Taryn suspiró para sus adentros. Habría preferido que la hubiera despedido sin más.

– No se trata del dinero -contestó ella lacónicamente.

– ¿Te excitan los uniformes? -preguntó él con sarcasmo.

– Estaba… haciendo un favor a alguien.

– Ya lo sé. Siéntate -le ordenó.

Taryn no podía entender que lo supiera, pero se alegró de poder sentarse.

– ¿Por qué… lo sabes? Es imposible que…

– ¿Vas a discutir conmigo? -preguntó él con impaciencia.

– Nunca me han despedido y no sé cómo debo comportarme -replicó ella ásperamente.