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– ¿Quién ha dicho que vaya a despedirte?

– ¿No vas a…?

– Te enterarás cuando lo haga. Según me contó John Buckley cuando lo felicité por el personal, muchos eran trabajadores temporales que había conseguido en la agencia de Hilary Kiteley.

– Ya. ¿Así te enteraste de que…?

– ¿A quién hacías el favor? ¿A la señora Kiteley o a su marido… tu amante?

– ¿Mi amante? -preguntó ella sin salir de su asombro.

– ¿Vas a decirme que Matthew Kiteley no es tu amante?

Podría haberle dicho que Matt era el hijo de la señora Kiteley y que ella era su tía, pero él se había comportado como un bárbaro y no tenía por qué soportarlo.

– Eso no es asunto tuyo.

– Es asunto mío si te pasas todo el día bostezando porque has pasado un fin de semana movidito con él.

¿Bostezar? Taryn, cuando iba a rebatirle con furia, se acordó de lo machacada que había estado el lunes, cuando tuvo que escribir el informe para su tía y casi no pudo dormir.

– La noche anterior había dormido poco… -empezó a decir ella.

– ¡Ahórrate los detalles escabrosos!

– ¡Escucha! -Taryn se levantó hecha un basilisco-. Para tu información, tenía sueño porque estuve hasta primeras horas de lunes mecanografiando un informe urgente…

– Otro trabajo para la misma agencia, claro.

– ¡Sí! No trabajo para esa agencia. Bueno, no normalmente.

– ¿Sólo cuando hay una emergencia? -preguntó él con más condescendencia.

Quizá se hubiera acordado de que su tío abuelo pidió un ama de llaves con urgencia. Aunque ese trabajo temporal duró dos meses…

– Efectivamente.

– Mmm. Siéntate -le ordenó con impaciencia.

– Tendría que haber trabajado en la recepción del Irwin -le explicó ella mientras se sentaba-, pero llegué tarde…

– Por mi culpa, naturalmente.

– La mujer del director ocupó mi lugar. En una situación de tanta emergencia…

– ¡No fue una emergencia! -la interrumpió él bruscamente.

– ¿Cómo dices?

– Lo tenías programado antes de ir a Italia.

– ¡No es verdad! -replicó ella con indignación.

– Dijiste que el sábado tenías una cita.

– Era mentira…

Eso pareció interesarle. Jake se dejó caer contra el respaldo de la butaca y la miró.

– ¿Por qué?

No quería contestar, pero aquellos ojos grises estaban clavados en los suyos…

– Me provocaste. Tú ibas a salir y me pareció una cuestión de orgullo que no se diera por sentado que me quedaba las noches en casa.

– ¿Porque la mujer de Matthew Kiteley no lo dejaba salir a jugar un rato?

Taryn volvió a sentir ganas de estrangularlo.

– ¡No! -contestó airadamente.

– ¿Porque todavía no te has repuesto del amor perdido?

¿De quién estaba hablando? ¿Un amor perdido? Comprendió que estaba refiriéndose a Brian Mellor. No pensaba explicarle que se había dado cuenta de que, en realidad, nunca había estado enamorada de Brian.

– Yo… -farfulló ella sin saber qué contestar.

– ¡Termina con eso! -le ordenó él.

– ¿Con qué tengo que terminar? -preguntó ella sin entender nada.

– Tu trabajo aquí es muy exigente. A veces, las cosas se complican mucho en la oficina. No quiero una secretaria personal, aunque sea temporal, que trabaja las noches y los fines de semana en otro sitio. Tienes que estar despejada cuando vengas, no agotada.

Ella quiso seguir discutiendo, pero comprendió que él no estaba despidiéndola.

– No es… tan fácil.

– ¿Por tu… inclinación… hacia Matthew Kiteley? -le preguntó Jake con aspereza-. Acaba con eso, Taryn.

– Es… difícil.

Ella sabía que si su tía volvía a pedírselo, le costaría mucho negarse.

– ¿Qué tiene de difícil? -le preguntó él implacablemente-. Si quieres seguir trabajando aquí, tendrás que darme tu palabra.

– ¡No puedo!

– ¿No puedes? -él no lo aceptaba.

– Es la familia.

– ¿La familia? -repitió él.

– La señora Kiteley es mi tía -reconoció ella a regañadientes-. Es difícil negarse a la familia.

– ¿La señora Kiteley es tu tía?

– Sí. Ella… -Taryn volvió a callarse al captar una leve sonrisa en la boca de Jake.

– Entonces, ¿Matthew Kiteley, el casado, es el hijo de tu tía?

– Mmm… sí…

– ¿Matthew Kiteley es tu primo?

– Claro. Aunque siempre me ha parecido una especie de hermano mayor.

Jake asintió con la cabeza, pero no había terminado de preguntar.

– Entonces, ¿tú cita con él de la semana pasada…?

– Aquello no era una cita amorosa. Matt está separado, aunque quiere volver con su mujer. Como no tenía pareja, lo acompañé a la cena con baile de su empresa.

Taryn se quedó mirándolo, pero él se quedó callado un rato.

– ¿Qué puedo hacer contigo, Taryn Webster?

– No he sido tan mala…

Para sorpresa de ella, Jake soltó una carcajada y Taryn sintió placer al verlo reírse.

– Pasaré por alto que estabas encantada de hacerme creer que tienes aventuras a diestro y siniestro cuando no es así.

– ¿Vas a dejar que me quede? -preguntó ella en voz baja.

– ¿Qué podría hacer cualquier hombre si lo preguntas tan encantadoramente?

– ¿Es un sí?

– Quiero verte aquí dentro de diez minutos con el bloc de notas.

Taryn se sentía a punto de reventar de felicidad cuando volvió a su despacho. Iba a quedarse y Jake, que ya sabía todo lo que tenía que saber, no le había exigido que dejara de trabajar con su tía si surgía algo urgente.

Esa noche, en el coche, mientras volvía a su casa, se negó a creer que su corazón tuviera algo que ver con todo aquello. No iba a enamorarse de todos los hombres con los que trabajaba. Sin embargo, cuando se tumbó en la cama con la imagen de Jake rondándole por la cabeza, tuvo que reconocer que los cariñosos sentimientos que había albergado hacia Brian no tenían nada que ver con los desaforados sentimientos que Jake desataba en ella. Él conseguía enfurecerla, conseguía que sonriera, conseguía que quisiera matarlo y conseguía que se riera. Se había sentido desolada al pensar que ese día dejaría de trabajar con él y no volvería a verlo.

Cuando se levantó a la mañana siguiente, decidió no volver a pensar en el asunto.

Esa semana, Kate siguió mejorando. Entre las dos, devoraban el trabajo. Aunque, ante la insistencia de Jake, Kate seguía yéndose pronto a su casa.

– ¿Vas a hacer algo que no deberías hacer este fin de semana? -le preguntó Jake mientras recogía la mesa el viernes por la tarde.

– ¿Te refieres al pluriempleo? -preguntó ella con cierto recelo.

– Estoy seguro de que me lo dirías si lo hicieras.

– No voy a hacerlo. Sólo quiero buscar un sitio donde vivir.

– ¿Sigues viviendo con tu malvada madrastra?

– Y con mi encantador padre. Además, no es tan malvada y todo marcha mucho mejor desde que llegó nuestra imponente nueva ama de llaves…

– Están hechas la una para la otra, ¿no?

– No puedes imaginártelo.

Taryn se había dado cuenta de que su madrastra parecía haber aceptado que si la señora Ferris se iba, no iba a encontrar a nadie más. Sin embargo, estaba pensando en otra cosa. Jake no le había pedido que reservara ni en el Raven ni en el Amora ni en ningún sitio.

– ¿Y tú, qué? ¿Vas a hacer algo que no deberías hacer?

Por un momento, se preguntó si habría traspasado el límite de las relaciones entre jefe y empleada, pero él le sonrió de tal forma que ella se estremeció.

– No quieres saber la respuesta, ¿verdad?

Efectivamente, no quería. Era evidente que tramaba algo perverso.

– Creo que es mejor que me ahorres el sonrojo -contestó ella con desenfado antes de irse.