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El sábado vio dos apartamentos, pero ninguno le gustó. El domingo habló un rato con Matt por teléfono. Él lo disimuló, pero lo notó decaído. Alison había iniciado el proceso de divorcio.

En general, había sido un fin de semana espantoso. Sin embargo, empezó a animarse en cuanto cruzó la puerta de Nash Corporation. Kate seguía mejorando y Taryn notó que tenía cierta barriguita. Por eso se quedaba en la mesa siempre que aparecía alguien que no fuera Jake o Taryn. Jake llamó a Kate a última hora de la tarde.

– ¿Puedo echarte una mano? -le preguntó Taryn cuando la vio salir del despacho de Jake.

– Lo dejaré para mañana -contestó Kate-. Me voy, salvo que quieras algo…

Eran las cuatro. Kate se iba muy pronto. Taryn negó con la cabeza.

– Nada, gracias.

Taryn la miró mientras se marchaba y se dio cuenta de lo mucho que la echaría de menos cuando se fuera para dar a luz. También echaría mucho de menos ese trabajo, trabajar para Jake y con Kate, cuando tuviera que marcharse. Levantó la cabeza para alejar esos pensamientos dolorosos. Jake la miraba en silenció. Lo miró a esos maravillosos ojos grises, se le desbocó el corazón y comprendió por qué le dolía tanto pensar en tener que irse. Estaba enamorada de Jake Nash…

– ¿Quieres… algo…? -le preguntó mientras intentaba reponerse.

Jake agarró una silla y se sentó enfrente de ella, como si quisiera charlar, algo que no había hecho jamás.

– ¿Qué…? -empezó a preguntarle ella.

– ¿Has encontrado el alojamiento que estabas buscando?

– He visto un par de sitios, pero no son lo que quiero.

– Mmm… Acabo de preguntarle a Kate si puede apañarse sin ti.

Taryn sintió algo muy parecido al pánico.

– ¡Vas a echarme! -exclamó ella.

– No, en absoluto. Me preguntaba si no querrías tomarte una semana libre.

– No. Aunque te parezca raro, me encanta venir -él esbozó esa sonrisa que la derretía y ella tuvo que volver a reponerse-. La semana libre es la zanahoria, ¿cuál es el palo?

– Creo que, en mi posición, puedo hacerte algún favor…

– Como no tengo la costumbre de aceptar favores de caballeros -replicó ella sin alterarse-, tengo la sensación de que hay algún motivo oculto.

Él volvió a sonreír y Taryn estuvo dispuesta a hacer todo lo que él le pidiera, incluso tirarse al Támesis vestida.

– Seré sincero. Anoche me llamó mi hermana.

– No sabía que tuvieras una hermana.

– Yo tampoco sabía que tuvieras un primo. Suzanne me dijo algo que me hizo pensar. Suzanne, su marido y la hija de él habían preparado unas vacaciones para irse el miércoles y volver el martes siguiente -Taryn no dijo nada, aunque estaba verdaderamente intrigada-. El caso es que, Abby, la hijastra de Suzanne, se ha negado rotundamente a ir con ellos a última hora.

– ¿Cuántos años tiene? -preguntó Taryn.

– Cumplió diecisiete la semana pasada. La cuestión es que Stuart, el marido de Suzanne, es un cirujano que trabaja demasiado y que, según mi hermana, necesita por todos los medios un descanso, por muy corto que sea.

– ¡Ah! -a Taryn le pareció vislumbrar un poco de luz-. Pero el marido de tu hermana no se irá de vacaciones si tiene que dejar a su hija.

– Tiene unas convicciones muy firmes sobre la paternidad. Por no decir nada de la fiesta desenfrenada que organizó Abby la última vez que la dejaron una noche sola. Mi hermana empieza a pensar que las vacaciones pueden desvanecerse como el humo si no encuentra un sitio donde dejar a su hijastra con alguien de la confianza de Stuart.

– ¡No estarás insinuando que pase una semana conmigo!

Era lo único que se le ocurría para que le ofreciera una semana de vacaciones.

– No. Abby ha dejado muy claro que si no puede quedarse sola en casa, sólo se quedará… conmigo. Tiene diecisiete años y está malcriada, ¿qué más puedo decirte?

– Así que tu hermana te ha pedido que te la quedes. ¿Ha estado alguna vez contigo?

– Sólo una noche. Hace seis meses. ¡Fue una pesadilla!

Pareció verdaderamente avergonzado y Taryn se dio cuenta.

– Pobrecito -le compadeció con una sonrisa-. Está prendada de ti, ¿verdad?

– Basta -gruñó él para confirmar el bochorno que estaba pasando.

Ella no se había imaginado que vería avergonzado a Jake Nash, pero estaba pasándolo fatal por tener que reconocer que esa chica de diecisiete años estaba prendada de él.

– En cualquier caso, me negué -siguió Jake-… al principio. Le dije a Suzanne que no iba a quedarme con Abby y le expliqué el motivo, aunque ella ya lo sabía. Le dije que lo sentía, que podría pasar una noche debajo del mismo techo que ella, pero que me aterraba la idea de pasar seis noches los dos solos en la misma casa.

– Y a tu hermana no le hizo ninguna gracia tu respuesta, claro.

– Suzanne ya estaba desesperándose y yo me sentí como el hermano más ruin del mundo. Entonces, mi hermana me preguntó por qué no llevaba a una amiga mientras Abby estaba conmigo.

Taryn sintió vértigo. Quiso negarse con un grito y también sintió una punzada de celos.

– Dije que ni hablar, pero mi hermana es muy convincente. Suzanne me hizo ver que no era nada permanente y eso me dio una idea.

Taryn tenía la cabeza nublada por los celos. Si no, habría estado más atenta a la conclusión de todo aquello y no habría preguntado lo que preguntó.

– ¿Qué idea?

– ¿Quién?, me pregunté, ¿es especialista en todo tipo de trabajos temporales?

– ¡No…! -Taryn retrocedió.

– ¿Quién?, seguí preguntándome, ¿está buscando un alojamiento?

– ¡No!

Taryn tenía que empeñarse en que su respuesta fuera «no» porque estaba deseando con toda su alma que fuera «sí».

– ¿Ese es el favor que podías hacerme? -siguió Taryn cuando asimiló lo que había oído-. Quiero una carrera profesional, pero no como niñera.

– Te prometo que conseguirás esa carrera, pero ayúdame con esto.

Taryn notó que estaba ablandándose.

– ¿Por qué no te niegas rotundamente? -preguntó para fingir cierta resistencia.

– ¿Como tú te niegas a tu tía?

Se sintió atrapada y lo miró fijamente. Claramente, a Jake también le importaba su familia. Curiosamente, eso no hacía que le pareciera más débil, sino más fuerte.

– Si fuera a tu casa, podría seguir viniendo a trabajar.

– Si acepto la propuesta de Suzanne, tiene que ser un compromiso al cien por cien. Abby es muy inteligente, pero a veces tiene poco sentido común. Es imposible saber lo que haría si estuviera sola y a sus anchas.

– Me confiarías…

– Confío en usted, señorita Webster -volvió a interrumpirla-. Además, no tienes inconveniente en mentir si se te provoca y quieres mantener tu orgullo. He trabajado lo suficiente contigo para saber que puedo confiar plenamente en ti.

Ella estuvo a punto de derretirse.

– Mmm… ¿Y Kate? En realidad, yo estoy aquí para ayudarla.

– He hablado con Kate. Me ha dicho que os compenetráis a la perfección, pero también me ha prometido que si se siente desbordada, dará a alguien parte del trabajo.

Taryn comprendió que se había quedado sin argumentos y que, con el corazón desbocado, iba a aceptar. Le apasionaba la idea de pasar una semana en su casa.

– Entonces, a ver si he entendido bien. ¿Quieres que me mude a tu casa el miércoles por la mañana?

– Mejor el martes por la noche. No sé a qué hora del miércoles me dejarán a Abby y quiero que estés instalada cuando ella llegue.

– Ya. ¿Tengo que comportarme como una especia de señorita de compañía?

– De novia -le corrigió él-. Quiero que finjas ser mi novia.

Taryn tragó saliva, pero sintió ganas de ser un poco maliciosa.

– Mmm… ¿Eso significa que me serás fiel durante una semana?

– Vaya, Taryn Webster, no eres lo que parece a simple vista, ¿verdad? Te prometo cenar en casa todas las noches y dedicarme a ti en exclusiva.