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– ¡Tampoco hay que exagerar!

Los dos se rieron y Taryn sintió que lo amaba con toda su alma.

Esa noche, Taryn volvió a su casa con un torbellino en la cabeza. Estaba completamente enamorada de Jake y al día siguiente iba a instalarse en su casa para vivir con él durante toda una semana. No sabía cómo se había apoderado de ella ese sentimiento de amor. Creía que, al principio, él ni siquiera le gustaba, pero, a juzgar por lo que sentía en ese momento, tampoco podía estar muy segura. Le parecía que siempre había amado a Jake, y de una forma muy distinta a lo que había sentido durante mucho tiempo por Brian.

Taryn hizo una maleta muy grande para meterla en el coche a la mañana siguiente. Su madrastra, que había llegado a una tregua con la señora Ferris, no comentó nada cuando le dijo que iba a quedarse una semana en casa de alguien.

– ¿Con una compañera de la universidad? -le preguntó su padre.

Taryn no tuvo fuerzas para mentir a su padre.

– Voy a quedarme con Jake -le contestó, aunque no sabía si él se acordaría de Jake-. Tiene compañía y…

– Vaya, la unión hace la fuerza, ¿eh? -la interrumpió él con una sonrisa-. Si eso te divierte…

Taryn dejó la maleta en el maletero del coche y entró en la oficina con un nudo en el estómago. Si había entendido bien, esa noche estaría a solas con Jake.

Pasó todo el día desasosegada y empezó a plantearse si lo que iba a hacer era sensato. En la oficina podía disimular fácilmente sus sentimientos y eso era lo que tenía que hacer. Sin embargo, ¿podría hacerlo en su casa?

– Hasta la semana que viene -se despidió Kate a las cinco menos diez.

– Espero que llegue pronto.

– No pasará nada -la tranquilizó Kate-. ¿Qué puede hacerte una chica de diecisiete años?

Poco después de que Kate se hubiera ido y con el trabajo terminado, ella empezó a ordenar su mesa. Sobre las cinco y cuarto se abrió la puerta que separaba los despachos y Jake entró.

– ¿Preparada? -preguntó él como si no pasara nada.

– Cuando quieras.

Él asintió con la cabeza, se metió una mano en el bolsillo y sacó una llave.

– Toma.

Ella supuso que necesitaba una llave, que no iba a estar enclaustrada todo el día en casa con Abby.

– Gracias -aceptó con cierta tensión.

Jake lo notó, algo que emocionó a Taryn, y alargó una mano para darle un golpecito en la nariz.

– Te echo una carrera hasta casa -la desafió él.

Taryn se rió y reconoció que, además, era un caballero porque dejó que ella saliera antes. Aun así, él llegó primero, pero estaba esperándola en la puerta para tomar su maleta del maletero y para explicarle dónde podía aparcar.

Ella se alegró de que hubiera llegado antes porque así todo le parecía menos raro.

– Sube -dijo él mientras tomaba la maleta-. Te diré cuál es tu cuarto.

Era un cuarto grande y acogedor, aunque un poco austero. Al fin y al cabo, era la casa de un hombre y no podía esperar colores pastel.

– Muy bonito -susurró ella.

– Te dejaré para que deshagas la maleta. La señora Vincent viene casi todos los días durante un par de horas. Va a hacer una especie de ensalada. Baja cuando quieras.

Una ensalada no se estropearía si esperaba un poco, así que Taryn deshizo la maleta, fue al cuarto de baño contiguo y decidió darse una ducha. Después, se puso unos pantalones, un top amplio y se dejó el pelo suelto. Bajó y se encontró a Jake, que estaba leyendo el periódico en la sala.

– No te levantes -él ya se había levantado-. Iré a echar una ojeada a la cocina. Ya sabes, para reconocer el terreno.

– Lo estás haciendo muy bien.

– Me gusta hacer bien el trabajo -replicó ella para recordarse que era sólo un trabajo.

Para entonces, ya se habían acercado unos pasos y ella se detuvo cuando estaban a metro y medio. Él le recorrió el pelo con la mirada, luego los ojos y la boca, y terminó en los ojos otra vez. Entonces, sonrió.

– Puedes ir adonde quieras.

Cenaron a las siete. La señora Vincent había preparado un maravilloso suflé frío, una ensalada de jamón y frambuesas con helado de postre.

– Vives en casa con tu padre, tu madrastra y un ama de llaves imponente, ¿no?

Taryn se acordó de que ya le había contado eso, pero le complació que él no la hubiera llevado a su casa para no hacerle caso.

– La señora Ferris, el ama de llaves, no es tan espantosa cuando llegas a conocerla. Es más, me cae bien.

– ¡No le habrás dicho eso a tu madrastra!

– Ella tampoco es tan mala -replicó Taryn entre risas.

– ¿Le has dicho a tu padre que ibas a pasar una semana aquí?

– El suflé está delicioso. Tengo que pedirle la receta a la señora Vincent.

– ¿Qué dijo?

No podía esquivar la pregunta.

– No podía mentir descaradamente a mi padre -contestó ella con seriedad.

– No esperaba que lo hicieras -Jake conservaba la expresión amable.

– Le dije que iba a quedarme contigo, que tenías compañía. Él dedujo que íbamos a ser unos cuantos y me deseó que lo pasara bien.

– ¿Te sientes cerca de él?

– Me sentí cerca durante mucho tiempo. Él es… una especie de científico experimental jubilado, pero a su cerebro, que no está jubilado, le cuesta dejar de sumergirse en asuntos científicos y experimentales -Taryn sonrió-. A veces está solo en su planeta.

– ¿Tiene la cabeza en otro mundo?

– Casi siempre -contestó ella.

– ¿Por eso se fue tu madre a África?

– Conoció a alguien que se daba cuenta de que ella existía.

– ¿La echas de menos?

La cosa estaba poniéndose demasiado personal, pero no le importó contestar.

– Sí, pero ella es feliz con su nuevo marido y con su nueva vida -Taryn sonrió para quitar tensión al momento-. Yo tengo a mi tía Hilary para que me dé un abrazo si estoy decaída.

– ¿Te pasa mucho? Lo de estar decaída.

– En su momento fue un poco desconcertante. Tenía quince años y me encontraba dividida entre las ganas de ayudar a mi padre, que parecía perplejo porque mi madre fuera a dejarlo, y la sensación de que yo podría haber hecho algo para que mi madre se quedara. Pero mi tía siempre estuvo a mi lado. Ya lo he superado.

Taryn decidió que ya le había contado bastantes cosas de su vida y buscó algo que preguntarle a él que no fuera de trabajo ni demasiado personal.

Sin embargo, Jake se sentó enfrente de ella y la miró a los ojos.

– ¿Qué pasó entre Brian Mellor y tú? -preguntó el con delicadeza.

– Ya te lo conté -respondió ella lacónicamente.

– No -replicó Jake sin impresionarse por el tono cortante de ella-. Sé que te despediste, pero no me has dicho por qué.

– Sí lo he hecho.

– Me contaste que te enamoraste de él, pero eso no pasa de repente. ¿Qué pasó para que aquel día te montaras en el ascensor al borde del llanto?

– Estás… metiéndote en un terreno demasiado personal.

– ¿Más personal que decirme que te enamoraste de él?

– Me sacaste de quicio. ¡Si no, no te lo habría dicho!

– Mellor… evidentemente, estaba enamorado de ti -comentó Jake sin hacer caso de la mirada gélida de Taryn.

– ¡No lo estaba! -estalló ella.

– Qué cosa tan rara. ¿Te marchaste por desdén? ¿Porque no te amaba?

– ¡No! -volvió a exclamar ella fuera de sus casillas-. Para que lo sepas, me besó.

Lo miró fijamente con los ojos azules como ascuas. Él la miró impasible.

– Te besó -repitió él sin apartar la mirada de sus ojos-. ¿Te había besado antes?

– No.

– ¿Ni siquiera un besito en la mejilla?

– Ni siquiera.

Jake se encogió levemente de hombros.

– Y el día que decidió darte un besito, todo se…

– ¡No fue un besito! -gritó ella.