– Ya. Quería algo más… -insinuó Jake burlonamente.
Taryn ya le había dicho mucho más de lo que quería haberle dicho y tenía ganas de zanjar esa conversación.
– Para que te enteres, fue un beso… apasionado.
– Mmm… ¿Correspondiste?
Estaba harta.
– No -contestó ella tajantemente antes de ser sincera consigo misma-. Bueno, creo que me habría gustado, pero no lo hice.
– ¿No lo hiciste?
– Me dio miedo hacerlo.
– ¿Por eso saliste corriendo? ¿Te dio miedo dejarte llevar y saliste corriendo porque eres una buena chica y no querías entrar en ese juego?
– ¡Él no quería jugar a nada! -soltó ella con gélidez.
– ¿Sabes mucho de hombres?
Ella ya no amaba a Brian, pero seguía considerándolo bueno y amable y no le parecía el tipo de hombre interesado en tener una aventura al margen del matrimonio.
– Quizá no me diera cuenta en su momento, pero he llegado a la conclusión que Brian no sabía muy bien que era yo la que estaba en sus brazos.
– Él no tiene la costumbre de abrazar a cualquiera, ¿verdad?
Taryn pasó por alto el sarcasmo, pero tuvo la necesidad de seguir defendiendo a su ex jefe.
– Creo que su mujer y él estaban pasando una mala racha. Él necesitaba alguien a quien abrazar, supongo. Alguien que lo abrazara. Ahora estoy segura de que quería abrazar y besar a Angie, su mujer.
– Pero ella no estaba dispuesta.
– Algo así.
– Entonces, te besó a ti y tú, con tu corazoncito puritano, te quedaste espantada de que un hombre, al que deseabas, estuviera tan cerca de ti. Tan espantada que pensaste que podías ceder y corresponder; así que hiciste lo único que podías hacer: te fuiste de allí.
Ya estaba harta. Podía prescindir de las frambuesas y el helado. Se levantó.
– Si has terminado, lavaré los platos.
– ¿Estás tan enfadada que no vas a dejarme ayudarte?
Se lo preguntó con un tono tan encantador que Taryn tuvo ganas de echarse a reír. Se contuvo y consiguió mantener un tono resentido.
– No vas a librarte tan fácilmente.
Como era de esperar, había un lavavajillas y Taryn casi había recuperado la compostura cuando la cocina estuvo recogida. Sin embargo, se había cansado de que indagara en su vida y decidió hacerse de rogar.
– Creo que me subo a mi cuarto.
– A lo mejor deberías echar una ojeada por el piso de arriba -Jake comprendió que no iba a curiosear por todos los cuartos-. Te acompañaré.
Una vez arriba, él le enseñó el cuarto que estaba preparado para Abby, el armario de la ropa blanca y un par de habitaciones. Luego, volvió por el pasillo con ella.
– Buenas noches -se despidió Taryn cuando llegaron a la puerta de su dormitorio.
– Sería conveniente que también echaras una ojeada a mi dormitorio -comentó él como si fuera lo más natural del mundo.
– No creo que haga falta -replicó atropelladamente.
– ¿No? -preguntó Jake con los ojos clavados en ella-. Creía que había dejado claro que se supone que eres mi novia y que vives conmigo.
– ¡No duermo contigo! -bramó ella antes de poder contener las palabras.
– No te asustes tanto -dijo él con un brillo burlón en los ojos-. A lo mejor te gustaba. Pero como no te lo he pedido, dudo que fuera a tener más éxito que los otros hombres.
– ¿Qué quieres decir?
– Por lo que he observado, y aunque me cueste creerlo, diría que ningún hombre te ha convencido para que aceptes, por muy hermosa que seas.
Taryn comprendió que estaba diciendo que sabía que era virgen, aunque no podía entender por qué lo sabía. Abrió la boca para decir algo ingenioso, pero sólo le salió algo desabrido.
– No echas de menos lo que no has tenido.
Se atrevió a mirarlo a la cara y se encontró con que el brillo burlón había dado paso a una mirada casi tierna.
– Taryn… -empezó a decir él con delicadeza antes de recomponerse-. Buenas noches.
Jake se apartó para que pudiera entrar en su dormitorio. Ella no se entretuvo. Ya le había deseado las buenas noches y entró en su habitación sin decir nada.
Capítulo 6
Para su sorpresa, Taryn durmió como hacía años que no dormía. Se despertó con la cabeza muy despejada y se dio cuenta de que Jake tenía razón: si querían que Abby pensara que vivían juntos, tenía que saber cómo era el dormitorio de él. Se levantó y aguzó el oído, pero no oyó nada. Miró el reloj; eran las siete pasadas. ¿Se habría ido a la oficina? Siempre llegaba el primero…
Se duchó y se vistió con la esperanza de que Jake supiera a qué hora iba a llegar Abby y de que se tomara una hora libre para estar allí cuando llegara. Salió del cuarto convencida de que él se había ido. Estaba en lo más alto de las escaleras cuando se quedó pensativa. Aquello era absurdo. Jake creía que tenía que saber cómo era su dormitorio, pero ¿por qué no podía decir que era una amiga, sin más, que estaba pasando unos días allí? Aunque, pensándolo bien, y teniendo en cuenta el atractivo de él, ¿se lo creería una chica de diecisiete años? No. Taryn decidió no bajar y avanzar por el pasillo hasta la única habitación que no conocía. Giró el picaporte y entró. El cuarto, aunque más grande, era muy parecido al suyo. La cama estaba deshecha. Estiró un poco las sábanas y agarró la almohada para sentirse cerca de él. En realidad, estaba más cerca de lo que se imaginaba. Un movimiento a sus espaldas hizo que se le pusieran los pelos de punta. Se dio la vuelta y se puso como un tomate. Él, sin embargo, no parecía alterado. Estaba desnudo, con una toalla atada a la cintura, y la saludó con aparente naturalidad.
– Buenos días, Taryn. ¿Has dormido bien?
Ella tenía los ojos clavados en ese pecho tan viril ligeramente cubierto por vello mojado y se puso más colorada aún cuando consiguió mirarlo a los ojos.
– Dijiste… yo… lo siento -balbució ella-. He pensado que tenía que ver tu cuarto.
– No hace falta que hagas la cama.
Él había captado perfectamente su bochorno, pero no parecía nada abochornado de enseñar sus largas piernas por debajo de la toalla.
– Yo… mmm… me voy -ella tenía que rodearlo, pero él se lo impedía-. Creía que te habías ido a la oficina… -farfulló mientras se acercaba a él.
– No sé por qué, pero me lo imaginaba.
Taryn bajó la mirada al captar un brillo malicioso en sus ojos, pero no pudo evitar preguntarse si estaría riéndose de ella.
– Perdona… -le pidió ella.
– Claro -replicó Jake sin moverse un centímetro.
Estaba empezando a sentirse incómoda.
– Estás un poco… desvestido.
– Es verdad, pero espero que eso no te altere.
Ella lo miró directamente a los ojos y tuvo la espantosa sensación de que sabía perfectamente lo que pasaba por la cabeza de Jake. Tragó saliva.
– En absoluto -mintió.
– Dame cinco minutos -le pidió él mientras se apartaba, como si hubiera recapacitado-. Nos encontraremos abajo.
Taryn salió de allí como alma que lleva el diablo. Cinco minutos no iban a ser suficientes para reponerse. Él, afortunadamente, tardó diez.
– Esto no va a salir bien -dijo precipitadamente en cuanto lo vio.
– Saldrá bien -replicó él tranquilamente-. Sólo ha sido un levísimo incidente, y como estoy seguro de que harás todo lo posible para que no vuelva a pasar, ¿por qué no nos sentamos y tomamos una taza de té?
– ¡Qué paternalista!
Taryn, sin embargo, tuvo que reírse cuando él se rió al darse cuenta de que, efectivamente, había sido muy paternalista.
Mientras desayunaban, Jake le explicó que su hermana y su cuñado dejarían a Abby en cualquier momento, de camino al aeropuerto, y que la señora Vincent llegaría alrededor de las nueve.
– ¿No le parecerá raro a Abby que no conozca a tu ama de llaves? Supongo que te irás a la oficina lo antes posible.