Como Abby no era madrugadora y al fin y al cabo era domingo, Taryn llamó levemente a su puerta hacia las nueve.
– ¿Qué tal estás?
Abby hizo un esfuerzo por incorporarse; no tenía mejor aspecto que la noche anterior.
– Intento tener en cuenta que soy hijastra de Suzanne y poner buena cara al mal tiempo.
– Hoy no hace falta. Puedes quedarte un rato tumbada. Si quieres, te traigo el desayuno.
– Ni hablar.
– ¿No tienes hambre?
– No quiero ser un incordio. Si no, Jake y tú no querréis quedaros otra vez conmigo.
– Vamos, Abby. No tienes la culpa de sentirte mal. Te traeré algo de beber. No es ningún incordio.
Jake se encontró con ella en la cocina.
– Pensaba que iríamos al campo y que comeríamos en alguna colina verde… -se calló al ver la mirada de Taryn-. No es buena idea.
– Abby sigue fastidiada.
– ¿Es preocupante?
– No creo. No quiere comer, pero le sentará bien pasar el día tranquila. Puedo hacerte un asado si quieres. Aunque tendrás que hacer la compra -añadió con una sonrisa.
– ¿Qué te parece tan gracioso?
– No te imagino empujando un carrito por el supermercado.
– ¿Insinúas que no puedo hacerlo?
Ella se rió al comprobar que había picado el anzuelo.
– ¡Canalla! -exclamó Taryn al a verse atrapada en el maravilloso abrazo de Jake.
– ¿Así es como pensabas llevarme algo de beber? -preguntó una voz desde la puerta.
Jake miró por encima del hombro de Taryn y luego volvió a mirarla a los ojos.
– Ya me ocuparé de ti más tarde -le susurró, y le dio un beso en la punta de la nariz.
Abby se pasó el día entero en un sofá. Aunque decía lo contrario, a Taryn le parecía que no se recuperaba y decidió llevarla al médico si no mejoraba.
Jake volvió de la compra y se metió a trabajar en el despacho, donde pasó toda la tarde.
Esa noche, después de cenar, Taryn decidió retirarse temprano.
– Creo que hoy voy a acostarme pronto -comentó mientras se levantaba.
– Yo también voy a irme al cuarto -Abby se levantó del sofá-. Buenas noches, Jake.
– Subiré dentro de un par de minutos -dijo Taryn al ver que Abby la esperaba.
– Ya, tortolitos… -Abby sonrió y subió las escaleras.
– Bueno -empezó a comentar Jake mientras se acercaba a Taryn-, puesto que ya te he dado las gracias por la mejor comida de la semana y como tengo la triste sensación de que no me encuentras absolutamente irresistible…
– Desde luego que no -mintió Taryn.
– ¿Qué quieres decirme?
– Abby. Si mañana no está mejor, creo que voy a llevarla a un médico.
– ¿Crees que está tan mal? -preguntó Jake con tono asustado.
– Estaría más tranquila si la vieran. Puede ser un virus o algo así, pero…
– ¿Quieres que os acompañe?
– Creo que no hace falta, pero ¿podría llamarte a la oficina si…?
– Naturalmente -la interrumpió él-. Llámame en cualquier caso para contarme cómo ha ido todo -se quedó mudo y la miró fijamente-. Eres maravillosa, en todos los sentidos.
Taryn iba a derretirse.
– ¡Espero que mi buena estrella no desaparezca! -bromeó ella antes de marcharse.
Le costó muchísimo dormirse y, cuando por fin lo consiguió, Abby se presentó en su cuarto para decirle que no se encontraba bien. Taryn encendió la luz y se levantó de un salto.
– ¿Te duele algo?
– Me duele un poco la tripa.
– Exactamente, ¿dónde?
– Por todos lados.
– ¿Has vuelto a vomitar?
– Un poco -contestó Abby.
No había comido casi nada y no podía vomitar mucho. Taryn intentó no ser alarmista, pero algo le recordó que una apendicitis mal tratada podía derivar en peritonitis.
– Espera un segundo.
Se puso una bata de algodón y corrió al cuarto de Jake. Entró sin llamar y lo encontró leyendo en la cama con el pecho desnudo.
– ¡Taryn! -exclamó él.
Dejó caer el libro y se destapó un poco. Ella vislumbró una pierna y tuvo la espantosa sensación de que estaba desnudo. Se dio la vuelta, pero dos manos la agarraron de los hombros y la giraron.
– Abby -dijo ella precipitadamente antes de darse cuenta de que él se había puesto un albornoz-. Está en mi cuarto. No se siente bien. No se queja, pero creo que le duele.
– ¿Sabes qué puede pasarle? -preguntó él sin alterarse.
– Podría ser apendicitis. ¿No podemos llamar a un médico? Preferiría no esperar.
– Si crees que es apendicitis, entonces, vamos al hospital -Jake sonrió tranquilizadoramente-. Dame un par de minutos para que me vista.
– Yo también voy a vestirme.
– No hace falta que nos quedemos todos sin dormir. Prepárala a ella.
– Ni hablar. Yo también voy.
Parecía imposible, pero una hora y media más tarde, Jake y ella estaban otra vez en su casa. Los médicos habían examinado a Abby y le habían diagnosticado una gastroenteritis, pero habían preferido que se quedara en observación aquella noche.
– ¿Quieres beber algo? -preguntó Taryn.
– Yo lo haré.
Ella lo acompañó a la cocina.
– Siento haber sido tan alarmista -se disculpó ella.
– ¡Eh! Yo también vi a Abby. No íbamos a quedarnos de brazos cruzados con el dolor que tenía. Incluso pensé en llamar a su padre.
– ¿Preferiste esperar al diagnóstico?
– Ya se preocupa bastante por ella.
– ¿Habría vuelto?
– En el primer avión.
Taryn sonrió, pero también cayó en la cuenta de que si Abby ya no estaba allí, no había motivo para que se quedara y prefirió adelantarse a que él se lo insinuara.
– Yo… será mejor que recoja mis cosas.
– ¿Tus cosas? -repitió él sin saber a qué se refería-. ¿Para qué?
– Bueno… ya no hace ninguna falta que me quede…
– Hace toda la falta -la cortó él tajantemente.
– ¿Por qué?
– Porque pueden llamar del hospital para que vaya a recogerla.
– ¿En plena noche?
– ¡No quiero que te vayas!
A Taryn le habría encantado que hubiera sonado como si no quisiera que ella se fuera y no como si temiera quedarse con una enferma.
– ¡Ya! -replicó ella con la intención de que él entendiera que le daba igual que la hablara en ese tono-. ¡Olvídate del café!
Taryn salió de la cocina detestándolo y detestando quererlo tanto. Una vez en su cuarto, sintió furia hacia él. Estaban cansados y habían pasado una hora y media muy tensa, pero ¿quién se había creído que era para hablarle en ese tono? Como si pudiera darle órdenes… Se iría en ese instante. Por otro lado, amaba a ese majadero mandón. Se iría por la mañana.
Taryn se había cambiado para acostarse, pero seguía enfadada con Jake cuando oyó unos golpecitos en la puerta. Se puso la bata y fue a abrir dispuesta a no ceder ni un ápice.
– Si crees que voy a ponerme a tomar notas a estas horas de la noche…
Notó que Jake estaba vestido y tuvo que callarse cuando observó que él, lejos de amilanarse por la hostilidad de sus palabras, estaba sonriendo.
– Soy un bárbaro.
– Es verdad -replicó ella con frialdad-. ¿Quieres pasar a otro asunto?
– El siguiente asunto es si podrás perdonarme.
– Estás perdonado -contestó Taryn secamente y fue a cerrar la puerta.
– No parece un perdón muy sincero -él sujetó la puerta con una mano.
– Estás perdonado -repitió ella en un tono más amable.
Jake retrocedió, pero volvió a acercarse como si no quisiera alejarse.
– Perdóname como Dios manda.
Ella lo miró fijamente como si no lo entendiera bien del todo. Entonces, se dio cuenta de que él estaba mirándola a la boca y lo entendió perfectamente.
– Ni hablar -Taryn retrocedió.