Él había entrado a su habitación y la miraba a los ojos.
– ¿Estás segura?
– ¿Sabes qué hora es? -ella no lo sabía, pero necesitaba ganar tiempo para reponerse.
– Ya me has besado antes, cuando ni siquiera lo esperaba -le recordó él.
– Fue… una circunstancia… justificada.
Jake la rodeó con sus brazos y la miró a los ojos.
– No voy a hacerte daño -le aseguró él con delicadeza.
– Yo… confío en ti -replicó completamente hechizada.
La besó.
– No ha estado tan mal, ¿verdad? -preguntó él.
– En realidad -Taryn tragó saliva-, ha estado bastante bien.
– Eres un encanto.
– No lo niego -estaba encantada en sus brazos y convencida de que se caería si no la sujetaba-, pero… Buenas noches.
– Buenas noches, cariño -se despidió él antes de darle el último beso.
Sin embargo, no fue el último beso. Cuando los labios se rozaron, Taryn perdió el poco dominio de sí misma que tenía y lo abrazó. El beso se hizo más profundo y Taryn sólo supo que no quería soltarlo. Él la estrechó contra sí y ella pudo notar toda la virilidad de su cuerpo.
– ¿Sabías que te deseo? -preguntó él.
– Sí… -contestó ella casi sin aliento por el beso.
Jake volvió a besarla y Taryn se estremeció cuando descendió la boca por su cuello.
– ¿Qué te ha parecido? -preguntó él.
Taryn se encontraba en un mundo desconocido para ella, pero lo amaba y hacer el amor con él le parecía perfecto.
– Mmm… creo que ya lo sabes -contestó pudorosamente.
Jake volvió a besarla y Taryn comprendió que no había marcha atrás y que eso era lo que ella quería. Sólo quería corresponder a sus besos. Su bata había desaparecido, como la camisa de él. Jake la abrazaba, le acariciaba la espalda y la abrasaba a través del delicado algodón. Luego, se puso ligeramente tensa al notar las manos sobre la piel.
– No te asustes, cariño -la tranquilizó él.
– No me asusto. Creo que me da un poco de vergüenza.
– Mi amor…
Jake volvió a besarla y sus manos, sus sensibles dedos, fueron ascendiendo lentamente hacia los pechos.
– Jake… Jake… -susurró ella.
– No pasa nada.
Sí pasaba, pasaban muchas cosas. Él se había quitado los pantalones y Taryn, al notar sus muslos desnudos y todo su anhelo, sintió que le ardían las entrañas y empezó a librarse de todas las inhibiciones. Jake le quitó la camisa del pijama para disfrutar mejor de sus pechos y ella ni siquiera parpadeó y se limitó a susurrar con cierta timidez:
– Te deseo, Jake.
Él la estrechó contra sí apasionadamente, la besó en los ojos, en la boca, en el cuello y en los pechos antes de paladear los endurecidos pezones.
Ella, feliz por dejarse llevar, le acariciaba el musculoso pecho. Estaba en otro mundo cuando Jake la llevó a la cama.
– Déjame volver a disfrutar.
Taryn no lo entendió hasta que él le bajó lentamente los pantalones cortos del pijama. Él ya la había visto desnuda una vez.
– Yo… -Taryn se dio cuenta de que todavía sentía vergüenza-. Jake… No…
Él se detuvo con las manos ardientes sobre las caderas de ella.
– Taryn…
La miró a la cara y vio que había adoptado un color casi bermellón y apartó las manos como si se hubiera quemado. Agarró la bata y la envolvió con ella.
– Dios mío, ¿en que estaba pensando? -se preguntó con aspereza.
– ¡No pasa nada! -exclamó ella, que lo deseaba con toda su alma y que temió que él se hubiera echado atrás-. No quería decir que no quisiera, sólo…
– Estoy aprovechándome de la situación -contestó él mientras se ponía los pantalones.
Ella quiso pedirle que se aprovechara, pero vio que él se dirigía hacia la puerta y comprendió que todo se había acabado. Afortunadamente, le quedaba algo de orgullo.
– ¿Temes que no te respete por la mañana? -lo acusó desenfadadamente.
Jake la miró fijamente, como si fuera a tomarla otra vez entre sus brazos, pero tenía un dominio pleno de sí mismo.
– Me… marcho -contestó él vacilante.
Capítulo 8
Había dormido poco y era temprano, pero a Taryn no le apetecía seguir en la cama. Se duchó, se vistió y empezó a hacer la maleta. Nunca olvidaría aquellos besos, pero tenía que afrontar la cruda realidad. Se había entregado completamente a él, pero no la había aceptado.
Oyó unos ruidos y supo que tendría que encontrarse con él. Quiso desparecer sin verlo, pero también se dio cuenta de que tendría que resignarse. De nada servía pensar en lo que pudo haber ocurrido. Tenía que atenerse a los hechos. Ella lo había deseado. En un momento de pasión Jake la había llamado «cariño» y «mi amor», pero ¿era eso una declaración de amor?
Jake estaba en la cocina preparándose un café. Estaba de espaldas y Taryn aprovechó el momento para observarlo. Era un encanto… ¡Era un canalla!
– Me marcharé esta mañana.
Él se dio la vuelta y la miró fijamente.
– ¿Qué ha pasado?
Lo preguntó sinceramente, como si no lo supiera. Taryn notó que se le desbordaban los sentimientos e hizo un esfuerzo por contenerlos.
– Creo que es mejor que me vaya -contestó ella con toda la calma que pudo.
– ¿Por lo de anoche? -preguntó él con delicadeza.
Aquello era excesivo. ¿Cómo podía rechazarla y luego hablar de ello como si nada?
– Yo… -Taryn no siguió.
No quería comentarlo. Estaba enamorada.
– ¿Lamentas…? -él también se calló.
– Sí. Lo lamento mucho -confirmó ella con frialdad para terminar la conversación.
Él entrecerró los ojos. No pareció muy contento con el tono de ella.
– Te preocupa haber comprobado que eres una mujer normal con los deseos normales de una mujer…
– ¡No quiero acostarme contigo!
– ¿Te avergüenza que anoche estuvieras tan entregada? -preguntó con menos delicadeza-. ¿Te sientes rebajada en algún sentido?
– No quiero… -replicó ella atropelladamente-. Quiero ampliar mi preparación y ser una secretaria de dirección muy buena. Y…
– ¿Y? -preguntó Jake con una expresión muy seria.
– Y… no creo que sea conveniente para mí…
– ¿No crees que sea conveniente para ti acostarte con tu jefe?
A Taryn le abrasaban las mejillas, pero estimulada por el hecho de que Jake la había rechazado, sólo le quedaba la esperanza de poder ocultar el amor que sentía por él y de que él entendiera que su relación sólo podía ser profesional.
– Lo has podido comprobar tú mismo. Las cosas se nos fueron de las manos y, efectivamente, no quiero acostarme contigo -no le importó la repentina mirada de hostilidad de él-. Es posible que tenga que ir de viaje contigo y que… Bueno, no quiero y me respeto lo suficiente como para…
– ¿Ahora te parece que te ofendí por querer hacer el amor? Es una pena que no lo pensaras anoche, cuando me recibiste con los brazos abiertos en tu cama.
Taryn estuvo a punto de morirse, pero ese último comentario acabó con cualquier posibilidad de que ella cediera y le dejó muy claro que Jake no había captado, ni remotamente, que estaba enamorada de él.
– No volverá a pasar -concluyó él.
– Supongo que luego llamarás al hospital.
– Ya he llamado -replicó Jake con un gesto sombrío.
– ¿Qué…? -empezó a preguntarle Taryn.
– No es apendicitis. Abby volverá hoy mismo.
– Ah… -la decisión de marcharse se tambaleó-. ¿Quieres que me quede?
– No te preocupes -contestó él con una mirada gélida-. No te necesito tanto como había pensado.
Taryn se quedó boquiabierta. Jake avanzó hacia ella, pero pasó de largo. Se encerró en el despacho y ella, a punto de echarse a llorar, se fue a su habitación. Se quedó allí hasta que oyó que él se iba de la casa. Jake no se despidió. Tampoco tenía motivos. Ella había querido que no se notara lo enamorada que estaba de él y había conseguido enfadarlo. Él también tenía su orgullo. Si creía que ella se había sentido rebajada por acostarse con él, lo normal era que dejara las cosas en su sitio. Le había dicho que no la necesitaba tanto como había pensado y eso podría significar que podía apañarse solo con Abby, pero también significaba otras cosas, como que no la necesitaba en el trabajo.