– Me reconociste -se acordó Taryn.
– Al instante -Jake sonrió-. Aparecías en mis pensamientos cada dos por tres. Entonces, coincidieron dos cosas. Tú tenías que dejar a mi tío y Kate me comunicó que estaba embarazada. Ella lo había pasado mal y decidí que necesitaba una ayudante y sustituta.
– ¿Pensaste en mí?
– ¿Cómo no iba a hacerlo? Tenías algo especial. Reconozco que nunca había entrevistado a nadie que reaccionara como lo hiciste tú, pero también sabía que tenías que ser tú.
– Así que me contrataste.
– Fue un castigo divino -bromeó él-. Siempre me había gustado venir a la oficina, pero vi que algo raro estaba pasando cuando me di cuenta de que empezaba a gustarme más que nunca y que esperaba en ascuas oírte llegar.
– Ah… -Taryn suspiró.
– Lo que no podía soportar, como comprobaste, era que hombres como Franco Causio, por ejemplo, te invitaran a salir con ellos. ¿Quién era ese Matt al que saludabas tan cariñosamente cuando te llamaba? Confieso que quería que me saludaras igual cuando yo llamaba a la oficina.
Ella lo miró. Sí aquello era un sueño, no quería despertarse.
– Me parece que no llamaste nunca -comentó ella, que no sabía qué decir.
– No tienes corazón. Llamé desde Italia con la esperanza de que contestaras tú y no Kate.
– Kate se había ido a casa -recordó Taryn-, pero dijiste que querías hablar con ella.
– No iba a decir que había tenido un momento de debilidad.
– ¿Un momento de debilidad?
– Sí. Te echaba de menos, aunque todavía no sabía muy bien lo que me pasaba.
– ¿Estabas enamorándote de mí?
– Claro, mi querida Taryn. ¿Por qué si no iba a venir directamente del aeropuerto?
– Apareciste y yo… estaba en tu ducha -recordó ella con cierto sonrojo.
– Efectivamente -Jake sonrió con cariño-. Entonces ya sabía cuánto trabajabas y existía la posibilidad de que te hubieras quedado hasta tarde -sonrió maliciosamente-. Sin embargo, no estabas delante de tu ordenador…
– ¡No me lo recuerdes!
– Creo que voy a tener que hacerlo -los dos se rieron-. Luego te llevé a Italia y me sentó fatal que no quisieras cenar conmigo.
– Lamenté muchísimo haberte dicho que no tenía hambre.
– ¿Querías… cenar conmigo?
– Creo que me tenías confundida.
– ¿Por eso estabas tan hostil en el vuelo de vuelta?
– Si no recuerdo mal, estabas insoportable.
– Lo lamentaré toda la vida. Al día siguiente, estaba ojeando unas cosas en casa cuando sentí la necesidad de verte otra vez. No podía esperar hasta el lunes. Sin embargo, cuando te pedí que fueras para repasar el contrato, no sabía que esa noche te encontraría en el hotel Irwin.
– ¡Se suponía que ibas a estar en el Raven! -Taryn soltó una carcajada.
– Te pedí que hicieras la reserva con la intención de llamar a alguien…
– A Louise, a Sophie, a…
– Dime que te pusiste celosa.
– Me puse celosa.
– Sin embargo -Jake la besó-, de repente empecé a darme cuenta de que no me interesaban las demás mujeres. Cancelé la reserva y fui a esa cena de trabajo con la idea de pasar una velada muy aburrida. Imagínate la sorpresa cuando te vi.
– No creo que fuera mayor que la mía.
– Sin embargo, tu habilidad para los trabajos temporales pronto me fue muy útil.
– ¿Abby?
– Sí. Tu presencia en mi casa debería haber solucionado muchos problemas, pero fue más una fuente de problemas que de soluciones.
– ¡Creía que Abby lo había pasado bien! Ella no tuvo la culpa de ponerse enferma.
– Abby -replicó él- fue un remanso de paz. Tú fuiste el problema.
– ¿Yo? ¿Qué hice?
– Hiciste que me enamorara de ti. Lo supe la noche que fuiste a mi casa. Ya no pude negármelo y no habría podido negármelo aunque hubiera querido.
– Ah…
– Sólo quería abrazarte con todas mis fuerzas.
– Que yo recuerde, lo conseguiste, porque Abby estaba rondando…
– Te engañé -confesó Jake-. Hacía tiempo que se había ido.
– ¿No te da vergüenza? -lo riñó ella entre risas.
– ¿Qué podía hacer? Quería estar a solas contigo, pero nunca encontraba la ocasión -la besó con delicadeza-. Te he echado de menos, mi amor.
– Yo también a ti -lo besó y se abrazaron-. Cuánto me alegro de que nos hayamos encontrado hoy. Si no nos hubiéramos encontrado, nunca habríamos sabido…
– Era imposible que no nos encontráramos -aseguró él.
– ¿De verdad?
Jake sacó un sobre del bolsillo y se lo enseñó. Estaba dirigido a ella.
– Lo llevo desde el martes. Cada vez que estaba camino de tu casa para dártelo en mano, me arrepentía. Pero no habría pasado del fin de semana sin llamarte.
– ¿Me has escrito una carta? -preguntó Taryn sin salir de su asombro.
– No es una carta -contestó Jake con una sonrisa perversa-. He comprobado que también tengo recursos cuando se trata de ti. Más bien se trata de un recordatorio oficial de que estás obligada a anunciarme tu dimisión con un mes de antelación.
– Será oficial, pero la has escrito tú a mano, no Kate -Taryn sonrió.
– Necesitaba un acercamiento. Si conseguía que volvieras un mes, tal vez podríamos hablar… Taryn, te quiero con locura. ¿Qué vas a hacer?
– ¿Qué propones? -a ella le parecía bien cualquier cosa que él dijera.
– Bueno, lo único seguro es que no podemos seguir como estábamos.
– ¿No?
– No. Me he dado cuenta de que un par de veces he traspasado los límites de nuestra relación laboral. No puedo creerme que te besara cuando me disculpé por ponerme celoso con Kenton Harris.
– Fue una disculpa deliciosa.
Se besaron con deleite.
– ¿Por dónde iba? -preguntó él mirándola a los ojos.
– ¿Crees que puedo acordarme?
– Tú no me has contado cuándo supiste que me amabas.
– Creo que el sentimiento fue apoderándose poco a poco de mí. Cuando llevaba un mes trabajando contigo, me di cuenta de que en realidad no quería a Brian Mellor.
– Dijiste que no lo habías querido nunca -le recordó él con un tono algo celoso.
– No me di cuenta hasta más tarde. Me había acostumbrado a creer que lo amaba, pero me di cuenta de mis verdaderos sentimientos cuando el lunes pasado me pediste que te ayudara con Abby.
– ¿Estás segura?
– Completamente -contestó ella.
– Perfecto. Te diré, mi amor, que no estoy dispuesto a pasar otra semana esperando a oír cómo llegas a tu despacho y desesperándome porque no llegas.
– Entonces, ¿tengo que venir el lunes?
– Como algo temporal. Pero como los principios no me permiten tenerte en casa, en la cama y… Te has puesto roja… Bueno, mi amor, no puedo tenerte en casa y en la oficina…
– ¿Por eso…? -Taryn se calló bruscamente-. ¿Por eso no hiciste, no hicimos…?
– ¿El amor? -terminó él-. No te había dicho lo que sentía. Creo que me costaba hacerlo sin saber si mi amor era correspondido. Nunca le había dicho a una mujer que la quería. En cualquier caso, de repente me abrumó pensar que eras una huésped en mi casa y que estaba aprovechándome de la situación cuando estabas haciéndome un favor inmenso con Abby. Además, luego nos veríamos todos los días en la oficina y ¿cómo te sentirías si habías aceptado que me aprovechara cuando no me amabas?
– Caray, ¿pensaste todo eso mientras…?
– No así de claro, pero pasé la noche dándole vueltas. Luego, cuando te vi, tú me atacaste y no supe cuál era mi situación. No pude correr el riesgo de bajar la guardia y decirte que te amaba.
– ¿Habías pensado hacerlo?
– Era lo que había pensado hacer y también había esperado una reacción favorable.
– No estuve muy amable, ¿verdad?