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– ¿Me lo desmagnetizas? -le dije, deslizándolo sobre el mostrador.

– Claro -respondió, pasándolo por el escáner-. ¿Quieres usar tu descuento?

Negué con la cabeza.

– No voy a comprarlo. Sólo es un préstamo.

– ¿Se puede hacer eso? -Me devolvió el libro.

– Claro -mentí-. Los gerentes sí.

Minutos más tarde, le mostré mi trofeo a una desinteresada Aubrey y abrí el grifo de la bañera. Mientras se llenaba, comprobé mis mensajes (ninguno) y revisé el correo que había recogido por el camino. Tampoco había nada interesante. Una vez comprobado que ninguna otra cosa requería mi atención, me quité la ropa y me sumergí en las acuosas profundidades de la bañera, con cuidado para que no se mojara el libro. Aubrey, agazapada en una balda cercana, me observaba con los ojos entrecerrados, preguntándose aparentemente por qué querría nadie sumergirse en el agua voluntariamente, y menos durante prolongados periodos de tiempo.

Me imaginaba que podría leer más de cinco páginas esta noche puesto que acumulaba ya un par de días de abstinencia. Cuando terminé la decimoquinta, descubrí que me faltaban tres para el siguiente capítulo. Ya que estaba podía terminar ahí. Una vez conseguido mi objetivo, suspiré y me recliné, sintiéndome decadente y rendida. Qué bendición. Los libros eran mucho menos complicados que los orgasmos.

A la mañana siguiente fui al trabajo feliz y vigorizada. Paige me encontró hacia la hora del almuerzo, sentada en el filo de mi mesa mientras observaba cómo Doug jugaba al Buscaminas. Al verla, me levanté de un salto mientras él se apresuraba a cerrar el juego.

Paige lo ignoró y clavó los ojos en mí.

– Quiero que hagas algo con Seth Mortensen.

Nerviosa, recordé el comentario sobre ser su esclava sexual.

– ¿Como qué?

– No sé. -Se encogió ligeramente de hombros, despreocupada-. Lo que sea. Es nuevo en la ciudad. Todavía no conoce a nadie, así que su vida social debe de ser desoladora.

Acordándome de su glacial recibimiento de ayer y sus dificultades para entablar conversación, la noticia no me sorprendió precisamente.

– Ya lo he llevado de excursión.

– No es lo mismo.

– ¿Qué pasa con su hermano?

– ¿Qué pasa con él?

– Seguro que están viendo gente todo el tiempo.

– ¿Por qué te resistes? Pensaba que eras seguidora suya.

Y lo era, la mayor, pero leer su obra e interactuar con él estaban resultando ser dos cosas muy distintas. El pacto de Glasgow era asombroso, al igual que el e-mail que me había enviado. Su conversación, en cambio… dejaba mucho que desear. Esto no podía decírselo a Paige, naturalmente, de modo que ella y yo nos enfrascamos en un tira y afloja sobre el tema con Doug como espectador fascinado. Al final accedí contra mi voluntad, temerosa de la idea de proponerle siquiera la aventura a Seth, por no hablar de embarcarme en ella.

Cuando me obligué por fin a abordarlo más tarde, estaba completamente preparada para recibir otro corte. En vez de eso, levantó la cabeza de su trabajo y me sonrió.

– Hola -dijo. Su humor parecía haber mejorado tanto que decidí que lo de ayer debía de haber sido una excepción.

– Hola. ¿Cómo va todo?

– No muy bien. -Dio unos ligeros golpecitos con la uña en la pantalla del portátil, entornando los ojos mientras la miraba-. Se están poniendo difíciles. No consigo dar con el tono justo que necesito para esta escena.

El interés se apoderó de mí. Malos días con Cady y O'Neill. Siempre me había imaginado que interactuar con unos personajes así debía de ser un subidón interminable. El trabajo perfecto.

– Me parece que necesitas un descanso. A Paige le preocupa tu vida social.

Sus ojos castaños me observaron de refilón.

– ¿Sí? ¿Y eso?

– Cree que no sales lo suficiente. Que todavía no conoces a nadie en la ciudad.

– Conozco a mi hermano y a su familia. Y a Mistee. -Hizo una pausa-. Y también a ti.

– Lo que está bien, porque me dispongo a ser tu guía turística. Los labios de Seth temblaron ligeramente; a continuación meneó la cabeza y volvió a mirar la pantalla.

– Es un detalle… tanto por tu parte como por la de Paige… pero no hace falta.

No estaba despreciándome como el día anterior, pero aun así me irritó que no aceptara mi generosa oferta, sobre todo teniendo en cuenta que lo hacía obligada.

– Venga -dije-. ¿Qué otra cosa tienes que hacer?

– Escribir.

Eso no podía rebatírselo. Escribir esas novelas era una obra divina. ¿Quién era yo para interferir con su creador? Y sin embargo… Paige me había dado una orden. Lo cual era casi un mandamiento divino en sí mismo. Se me ocurrió una solución intermedia.

– Podrías hacer algo, no sé, en plan investigación. Para el libro. Dos pájaros de un tiro.

– Ya tengo toda la información necesaria para ésta.

– ¿Y qué tal, esto, algo para desarrollar los personajes? Como… ir al planetario. -A Cady le fascinaba la astronomía. A menudo señalaba constelaciones y las relacionaba con alguna historia simbólica análoga al argumento de la novela-. ¿O… o… un partido de hockey? Te hacen falta ideas nuevas para los juegos de O'Neill. Se te van a agotar.

Sacudió la cabeza.

– No. Además, nunca he visto un partido de hockey.

– ¿Que no… Qué? Eso es… no. ¿En serio? Se encogió de hombros.

– Entonces… ¿de dónde sacas la información sobre el juego? ¿Los partidos?

– Conozco las reglas básicas. Saco cosas de Internet y les doy forma luego.

Me quedé mirándolo fijamente, sintiéndome traicionada. O'Neill estaba absolutamente obsesionado con los Red Wings de Detroit. Esa pasión moldeaba su personalidad y se reflejaba en sus acciones: rápidas, hábiles y, en ocasiones, brutales. Creyendo como creía que Seth era meticuloso en cada detalle, había asumido de forma natural que debía de saberlo todo sobre el hockey para lograr un rasgo tan definitorio en su protagonista.

Seth me observaba, desconcertado por cualquiera que fuese la expresión de perplejidad cincelada en mis rasgos.

– Vamos a ver un partido de hockey -sentencié.

– No, vamos…

– Vamos a ver un partido de hockey. Espera un momento.

Bajé las escaleras corriendo, aparté a Doug del ordenador de una patada y conseguí la información que buscaba. Tal y como sospechaba. La temporada de los Thunderbirds acababa de empezar.

– Seis y media -le dije a Seth minutos después-. Reúnete conmigo en el Key Arena, frente a la taquilla principal. Ya compro yo las entradas.

Parecía dubitativo.

– Seis y media -repetí-. Verás qué bien te viene. Podrás tomarte un respiro y sabrás cómo es un partido de verdad. Además, tú mismo has reconocido que hoy estás bloqueado.

No sólo eso, sino que cumpliría con las órdenes de Paige sin necesidad de tener que hablar mucho. El estadio sería demasiado bullicioso, y estaríamos demasiado ocupados viendo el partido como para necesitar ninguna conversación.

– No sé dónde está el Key Arena.

– Puedes llegar caminando desde aquí. Tú ve en dirección a la Space Needle. Los dos están en el centro de Seattle.

– Me…

– A ver, ¿a qué hora hemos quedado? -había una nota de advertencia en mi voz, desafiándolo a contradecirme. Hizo una mueca.

– A las seis y media.

Después del trabajo, me dispuse a ocuparme de mis propios quehaceres. No tendría nada nuevo con lo que investigar el enigma del caza vampiros hasta que Erik se pusiera en contacto conmigo. Lamentablemente, la vida real me imponía aún una serie de requisitos, de modo que pasé casi toda la tarde lidiando con diversos asuntos.