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Rasgamos la enorme caja, sacando baldas sueltas y paneles, además de toda una colección de tuercas y tornillos. Las instrucciones, parcas en palabras, consistían básicamente en crípticos diagramas repletos de flechas que apuntaban adónde iban ciertas partes. Tras minutos de escrutinio, al final decidimos que el tablero más grande era el punto de partida idóneo, de modo que lo pusimos en el suelo con las baldas y los laterales encima. Cuando todo estuvo correctamente alineado, Román cogió los tornillos y estudió los nexos de unión de los distintos componentes.

Examinó los tornillos, miró a la caja, y nuevamente a la estantería.

– Qué raro.

– ¿Qué pasa?

– Me parece… estos chismes suelen tener agujeros en la madera, e incluyen una llavecita para colocar los tornillos.

Me incliné sobre el panel. Nada de agujeros prefabricados. Ni herramientas.

– Tendremos que hacer los agujeros nosotros. Asintió con la cabeza.

– Tengo un destornillador… en alguna parte. Ojeó la madera.

– No creo que sirva. Me parece que necesitamos un taladro. Estaba impresionada por sus conocimientos de bricolaje.

– De eso sí que no tengo.

Nos dirigimos pitando a una gran tienda de artículos para el hogar, a la que llegamos diez minutos antes de que cerraran. Un agobiado vendedor nos indicó la sección de taladros antes de alejarse a la carrera, gritándonos por encima del hombro que no nos quedaba mucho tiempo.

Las herramientas nos devolvían la mirada; le pedí consejo a Román.

– Ni idea -reconoció finalmente tras un momento de silencio.

– Pensaba que eras «un manitas de primera».

– Ya… bueno… -Adoptó una expresión de timidez inédita en él-. Puede decirse que exageraba.

– ¿Me engañaste?

– No. Exageraba.

– Es lo mismo.

– No lo es.

Lo dejé correr.

– ¿Entonces por qué lo dijiste? Sacudió la cabeza, apesadumbrado.

– En parte porque quería volver a verte. Y en parte… no lo sé. Supongo que la respuesta más breve es que dijiste que tenías algo difícil que hacer. Y quería ayudarte.

– ¿Qué soy ahora, una damisela en apuros? -bromeé.

Me estudió con gesto serio.

– Lo dudo. Más bien creo que eres alguien a quien me gustaría conocer mejor, y quería que vieras que pienso en algo más que en llevarte a la cama.

– Entonces, si te ofreciera sexo aquí mismo, en el pasillo, ¿rechazarías la oferta? -El comentario con toda su picardía se me escapó antes de que pudiera morderme la lengua. Era un mecanismo de defensa, un chiste para disimular la confusión que me había provocado su vehemente explicación. La mayoría de los hombres sólo querían llevarme a la cama. No sabía muy bien qué hacer con uno que no.

Mi descaro consiguió aniquilar lo trascendental del momento. Román recuperó su acostumbrada actitud confiada y encantadora, y yo lamenté casi el cambio que había provocado, preguntándome qué habría ocurrido a continuación.

– Tendría que rechazarla. Ya sólo nos quedan seis minutos. Nos echarían a patadas antes de terminar. -Volvió a concentrarse en los taladros con vigor renovado-. Y en cuanto a mis habilidades de manitas -añadió-, aprendo asombrosamente rápido, de modo que tampoco estaba exagerando tanto. Cuando acabe esta noche seré un maestro.

Falso.

Tras elegir un taladro al azar y volver a casa, Román se dispuso a alinear y colocar las piezas de la estantería. Encajó una de las baldas en el tablero, colocó el tornillo, y apretó el gatillo.

El taladro descendió en diagonal, errando el blanco por completo.

– Me cago en la puta -maldijo.

Me acerqué y solté un gritito al ver el tornillo que sobresalía por el dorso de mi estantería. Lo sacamos y nos quedamos mirando fijamente el manifiesto agujero resultante.

– Seguro que lo tapan los libros -sugerí.

Román apretó los labios hasta formar una línea desprovista de humor e intentó la misma operación. El tornillo hizo contacto esta vez, pero aún visiblemente inclinado. Lo volvió a sacar y consiguió insertarlo por fin a la tercera.

Por desgracia, el proceso no hizo sino repetirse mientras continuaba. Tras ver cómo aparecía un agujero tras otro, al final le pregunté si me dejaba intentarlo. Hizo un ademán derrotista y me pasó el taladro. Encajé un tornillo, me agaché, y lo encajé perfectamente a la primera.

– Jesús -dijo-. Aquí estoy completamente de más. Yo soy la damisela en apuros.

– De eso nada. Has traído cereales.

Terminé de colocar las baldas. A continuación, las paredes. El tablero presentaba unas discretas muescas que facilitaban la alineación. Tras un meticuloso escrutinio, intenté igualar limpiamente los bordes.

Resultó ser tarea imposible, y pronto supe por qué. Pese a mis perfectas labores de perforación, todas las baldas estaban torcidas, demasiado a la derecha o a la izquierda. Los laterales no podían encajar así con los cantos del tablero.

Román se repantigó contra mi diván, pasándome una mano por los ojos.

– Ay, Dios.

Reflexioné mientras masticaba un puñado de amuletos de la suerte.

– En fin. Alineémoslas lo mejor que podamos.

– Este chisme jamás sostendrá ningún libro.

– Que sí. Haremos lo que podamos.

Lo intentamos con la primera pared, y aunque tardamos un rato y tenía un aspecto horrible, cumplía con su función. Pasamos a la siguiente.

– Creo que al final tendré que admitir que esto no se me da tan bien -observó Román-. Pero tú parece que tienes un don. Manitas profesional.

– No sé de qué me hablas. Si tengo un don para hacer a duras penas la cantidad de cosas que se me acumulan.

– Cualquiera diría que estás cansada de la vida. ¿Por qué? ¿Tantas cosas tienes acumuladas?

Casi me atraganto de la risa al pensar en mi peligrosa segunda vida como súcubo.

– Se podría decir así. O sea, como todo el mundo, ¿no?

– Sí, claro, pero hay que encontrar el equilibrio con las cosas que te gusta hacer. No te agobies con los «tengo que». De lo contrario, la vida no merece la pena. Se convierte en una cuestión de supervivencia.

Terminé de ajustar un tornillo.

– Esta noche te ha dado por ponerte profundo conmigo, Descartes.

– No seas lista. En serio. ¿Qué quieres realmente? De la vida. De tu futuro. Por ejemplo, ¿piensas trabajar siempre en esa librería?

– Por ahora. ¿Por qué? ¿Insinúas que tiene algo de malo?

– No. Es sólo que me parece algo mundano. Como una manera de ocupar el tiempo.

Sonreí.

– No, definitivamente no. Y aunque lo fuera, se puede disfrutar de las cosas mundanas.

– Sí, pero sé que la gente alberga sueños de índole más emocionante. Demasiado incluso para hacerlos realidad. Demasiado difíciles, demasiado trabajo, o sencillamente demasiado lejos. El empleado de gasolinera que sueña con ser una estrella del rock. El contable que desearía haber estudiado historia del arte en vez de estadística. La gente pospone sus sueños, ya sea porque les parecen imposibles, o porque ya lo harán «algún día».

Había hecho un alto en el trabajo, nuevamente serio.

– Así que, ¿qué es lo que quieres, Georgina Kincaid? ¿Cuál es tu sueño más descabellado? El que te parece que sólo puedes hacer realidad en tus fantasías.

Sinceramente, mi anhelo más profundo era tener una relación normal, amar y ser amada sin complicaciones sobrenaturales. Qué ridiculez, pensé con tristeza, en comparación con sus grandiosos ejemplos. No era descabellado, sino sencillamente imposible. No sabía si quería conocer el amor ahora para compensar el matrimonio mortal que había destruido, o simplemente porque los años me habían enseñado que el amor puede ser más satisfactorio que ser una esclava continua de la carne. No es que eso no tuviera sus momentos, desde luego. Ser querida y adorada era tentador, algo que ambicionaban mortales e inmortales por igual. Pero el amor y el anhelo no son la misma cosa.