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– Seth

PD: Por cierto, he comprado el apartamento. Mistee se emocionó tanto que me poseyó en el acto, e hicimos el amor en todas las encimeras de granito.

PPD: Vale, eso último me lo he inventado. Como dije antes, soy un hombre. Y un escritor.

Ojerosa aún por la falta de sueño, reflexioné perezosamente sobre el mensaje de la carta. Así que Seth había tenido una novia en serio. Guau. Aunque no sé de qué me extrañaba, sobre todo teniendo en cuenta las escenas de sexo que escribía. Quiero decir, no podía ser simplemente fruto de su imaginación. Aun así, me costaba imaginarme al introvertido de Seth envuelto en todas las ocasiones sociales que requiere normalmente una relación a largo plazo.

Y luego la otra parte, sus motivos para no haber hecho acto de presencia. ¿Qué pensar de eso? Tenía razón al decir que su ataque de inspiración no era excusa para lo que había hecho. Sin embargo, su explicación mitigaba en parte la falta, transformándola de grosera a simplemente irreflexiva. No, a lo mejor irreflexiva era demasiado duro. Distraída, eso era. Tal vez distraída no fuera tan grave, musité, puesto que ignorar el mundo real le permitía trabajar en el ficticio. La verdad, no sabía qué pensar.

Estuve dándole vueltas a esto toda la mañana. Mi enfado de la noche anterior fue enfriándose conforme pasaba el tiempo y especulaba sobre la mente de un escritor tan brillante. Cuando llegó la hora de almorzar, comprendí que había superado el incidente del partido. Seth no pretendía ofenderme, y tampoco era que mi noche hubiera terminado tan mal después de todo. Entrada la tarde, apareció Warren.

– No -dije inmediatamente, reconociendo el brillo en sus ojos. Detestaba su presuntuosidad, pero siempre terminaba preocupantemente atraída por ella-. Estoy de un humor de perros.

– Yo haré que te sientas mejor.

– Ya te lo he dicho, estoy que muerdo.

– Me gusta que me muerdas. -El instinto de alimentación de súcubo comenzó a agitarse en mi interior. Tragué saliva, irritada por mi debilidad.

– Y estoy muy ocupada. Tengo… cosas… qué hacer… -Mi excusa sonó endeble, no obstante, y Warren pareció darse cuenta.

Se acercó a mí y se arrodilló junto a la silla, pasándome una mano por el muslo. Llevaba puestos unos finos pantalones sedosos, y el roce de sus dedos acariciándome a través del suave material era casi más sensual que sobre la piel desnuda.

– ¿Qué tal tu cita de anoche? -murmuró, acercándome la boca al oído, primero, y al cuello después.

Arqueé la cabeza sumisamente, pese a resistirme con todas mis fuerzas, complacida con la forma en que sus labios tanteaban mi piel, en que me provocaban sus dientes. Distaba de ser mi novio, pero así y todo era lo más parecido a una relación consistente que tenía. Algo es algo.

– Bien.

– ¿Follasteis?

– No. Dormí sola, por desgracia.

– Bien.

– Aunque va a volver esta noche. Para la clase de baile.

– ¿En serio? -Warren soltó los dos botones superiores de mi blusa, desvelando el sujetador de encaje rosa. Las puntas de sus dedos trazaron el contorno de uno de mis senos, siguiendo la curva interior hasta donde se encontraba con el otro. A continuación trasladó la mano a ese pecho, jugando con el pezón a través del encaje. Cerré los ojos, sorprendida por mi creciente deseo. Tras ayudar a Hugh a cerrar el contrato con Martin, no creí que necesitaría un chute tan pronto. Sin embargo, el ansia aleteaba en mi interior, mezclada con deseo. Instinto puro-. Se lo presentaremos a María.

María era la esposa de Warren. La idea de pasarle a Román era ridícula.

– Pareces celoso -bromeé. Atraje a Warren hacia mí, y respondió aupándome encima de la mesa. Empecé a desabrocharle los pantalones.

– Lo estoy -gruñó. Se agachó y tiró del sujetador hacia abajo para descubrirme los senos. Cuando acercaba ya la boca a uno de mis pezones, vaciló-. ¿Seguro que no follasteis?

– Creo que recordaría algo así.

Sonó un golpe en la puerta, y Warren se apartó de mí apresuradamente, subiéndose los pantalones.

– Mierda.

También yo me incorporé y regresé a mi silla. Con los ojos de Warren en la puerta, me apresuré a utilizar un ligero cambio de forma para adecentarme y abrocharme la blusa. Una vez presentables los dos, dije:

– Adelante.

Seth abrió la puerta.

Cerré la boca de golpe antes de que el asombro me bajara la barbilla hasta el suelo.

– Hola -saludó Seth, alternando la mirada entre Warren y yo-.

– No quería interrumpir.

– No, no, nada de eso -le aseguró Warren, metiéndose en su papel de relaciones públicas-. Sólo estábamos teniendo una charla.

– Nada importante -añadí. Warren me lanzó una mirada divertida.

– Oh -dijo Seth, aún con pinta de querer salir por piernas de allí-. Venía sólo para ver si a lo mejor… te apetecía comer. Yo… te he mandado un correo con lo ocurrido.

– Sí, ya lo he leído. Gracias.

Le sonreí, esperando comunicarle mudamente que todo estaba olvidado. Su expresión de preocupación era tan arrebatadora que tuve la seguridad de que su conciencia había sufrido más que mi ego la noche pasada.

– Excelente idea -celebró Warren-. ¿Por qué no vamos todos a comer algo? Georgina y yo podemos aplazar la reunión para más tarde.

– No puedo.

Le recordé lo escasos de personal que andábamos y cómo yo tenía que cubrir las ausencias. Cuando terminé, frunció el ceño.

– ¿Por qué no hemos contratado a nadie?

– Estoy en ello.

Warren terminó por llevarse a Seth, algo que al escritor parecía ponerle sumamente nervioso, y yo me quedé sola, sintiéndome abandonada. No me hubiera importado escuchar qué más tenía que contar Seth sobre la preferencia que tenía la escritura sobre su vida. No me hubiera importado incluso echar un polvo. Nada de eso iba a ocurrir. Ah, qué injusto es el universo.

Aparentemente el karma aún me debía un favor, no obstante. Alrededor de las cuatro, Tammi (la chica pelirroja de Krystal Starz) apareció para resolver mi problema de personal. Como le había sugerido, se trajo una amiga. Una breve entrevista bastó para convencerme de su competencia. Las contraté en el acto, satisfecha de haber tachado una tarea de mi lista.

Cuando la librería cerró al fin, la falta de sueño empezó a pesarme más que nunca. No me sentía de humor para dar ninguna clase de baile.

Al percatarme de que necesitaba cambiarme, cerré la puerta del despacho y alteré mi atuendo por segunda vez ese día. Me sentí como si estuviera haciendo trampas, como siempre. Para bailar elegí un vestido sin mangas, ceñido en el talle y de vuelo vaporoso, perfecto para hacer volantes. Esperaba que el modelo, en tonos de melocotón y naranja, me levantara el ánimo. También esperaba que nadie se hubiera dado cuenta de que había llegado sin ropa de repuesto esa mañana.

Por los altavoces del techo, oí cómo una de las cajeras anunciaba que la tienda cerraba sus puertas, al tiempo que alguien llamaba con los nudillos a la mía. Lo invité a entrar, preguntándome si sería Seth de nuevo, pero fue Cody el que apareció esta vez.

– Hey -dije, obligándome a sonreír-. ¿Preparado para esto? Hacía un año aproximadamente le había enseñado a Cody a bailar el swing, y le había cogido el tranquillo asombrosamente bien, debido en parte a sus reflejos vampíricos, lo más probable. De resultas, pese a su oposición, lo había reclutado como co-profesor en estas improvisadas lecciones para el personal. Él seguía insistiendo en que no se le daba bien, pero en las dos clases hasta la fecha, había demostrado ser increíblemente eficiente.

– ¿Qué? ¿Para bailar? Claro. Ningún problema.

Miré alrededor para cerciorarme de que estuviéramos a solas.