– ¿Alguna extraña ocurrencia más?
Cody sacudió la cabeza, enmarcada por su cabellera rubia como la melena de un león.
– No. Todo está bastante tranquilo. A lo mejor exageré.
– Más vale prevenir que curar -le aconsejé, sintiéndome como una mamá estereotipada-. ¿Qué haces después de esto?
– He quedado en un bar del centro con Peter. ¿Te apuntas?
– Claro. -Estaríamos más seguros en grupo.
La puerta se abrió, y Seth asomó la cabeza.
– Oye, que… oh, lo siento -tartamudeó cuando vio a Cody-. No pretendía interrumpir.
– No, no -repuse, invitándolo a pasar-. Sólo estábamos hablando. -Miré a Seth con curiosidad-. ¿Qué haces aquí todavía? ¿Vas a quedarte para la clase?
– Er, bueno, es decir, Warren me ha invitado… pero no creo que baile. Si se puede.
– ¿Que no vas a bailar? ¿Qué harás entonces, mirar? -pregunté-. ¿Como un voyeur o algo así?
Seth me lanzó una mirada ingeniosa, adoptando por primera vez en mucho tiempo el aspecto del tipo que había escrito las cómicas observaciones sobre agentes inmobiliarias y antiguas novias. El tipo con el que tan torpemente había coqueteado una vez.
– No estoy tan desesperado. Todavía no, por lo menos. Pero será mejor que no baile, créeme. Para quienes me rodean.
– Eso decía yo hasta que me obligó a intentarlo -observó Cody, poniéndome una mano en el hombro-. Tú espera a haber estado en las hábiles manos de Georgina. No volverás a ser el mismo.
Antes de que ninguno de nosotros pudiera responder a su sugerente comentario, Doug apareció detrás de Seth, abandonado su uniforme de director general en favor de su uniforme de músico grunge.
– A ver, ¿empieza la fiesta o qué? He vuelto sólo para esta clase, Kincaid. Más te vale que el viaje haya merecido la pena. Hola, Cody.
– Hola, Doug.
– Hola, Seth.
– Hola, Doug. Solté un gemido.
– De acuerdo. Acabemos con esto.
Nos dirigimos en tropel a la cafetería, donde se estaban recolocando las mesas para hacernos sitio. Presenté a Cody y Seth por el camino. Se estrecharon la mano brevemente, y el joven vampiro me lanzó una miradita cuando comprendió qué Seth debía de ser éste.
– ¿Seguro que no quieres bailar? -le pregunté al escritor, desconcertada aún por su testarudez.
– No. No me da buena espina.
– Ya, bueno, después del día de mierda que he tenido, dirigir esta clase tampoco me da buena espina a mí, pero lo soportaremos. Al mal tiempo buena cara, ya sabes.
Seth puso cara de no saberlo y me dedicó únicamente una sonrisita divertida. Instantes después, esa sonrisa se tambaleó ligeramente.
– Dijiste que habías leído el e-mail… ¿Lo… te…?
– Está bien. Olvídalo. -A lo mejor sus estrafalarias costumbres sociales chocaban con las mías, pero no podía soportar seguir viéndolo preocupado por lo de anoche-. En serio. -Le di unas palmaditas en el brazo, esbocé mi sonrisa de Helena de Troya y fijé mi atención en la escena de la planta de arriba.
La mayoría de los empleados que habían trabajado conmigo ese día remoloneaban por los alrededores, junto a unos pocos otros que, como Doug, habían vuelto. Warren y su mujer esperaban con ellos, al igual que Román.
Éste se acercó a mí con una sonrisa cuando me vio, y me inundó una suave oleada de lujuria, independiente de cualquier instinto de súcubo. Tan apuesto como siempre, llevaba puestos unos pantalones negros y una camisa de cerceta que resplandecía como sus ojos.
– Cita en grupo, ¿eh?
– Por mi seguridad. Siempre he pensado que lo mejor es tener unas pocas decenas de carabinas a mano.
– Te harán falta unas pocas decenas más con ese vestido -me advirtió en voz baja, violándome con la mirada de la cabeza a los pies.
Me sonrojé y retrocedí unos pasos para alejarme de él.
– Tendrás que esperar tu turno, como todo el mundo.
Al darle la espalda, crucé la mirada con Seth por casualidad. Era evidente que había escuchado nuestras palabras. Mi rubor se acentuó, y huí de los dos en dirección al centro de la pista, con Cody detrás.
Puse la llamada «buena cara», aparté el largo día de mi pensamiento y sonreí ante los vítores y silbidos de mis compañeros de trabajo.
– Bueno, tropa, empecemos. Doug tiene un poco de prisa y quiere terminar con esto lo antes posible. Tengo entendido que eso es algo normal en él en más de un sentido… sobre todo románticamente hablando. -Esto provocó comentarios tanto positivos como negativos de la multitud, además de un gesto obsceno por parte de Doug.
Volví a presentar a Cody, quien se sentía menos cómodo que yo siendo el centro de atención, y empecé a evaluar el grupo. Había más mujeres que hombres, como de costumbre, y una amplia variedad de niveles de habilidad. Separé las parejas correspondientemente, poniendo a las féminas más dotadas con otras mujeres, pues estaba segura de que podrían ejecutar la parte masculina de esta práctica y cambiar de tercio sin problemas más tarde. No tenía la misma fe en todo el mundo; algunos de ellos todavía se esforzaban por mantener el compás.
Por consiguiente, comencé la lección repasando los consejos de la última vez, poniendo la música y haciendo que todo el mundo ensayara los pasos básicos. Cody y yo hacíamos de monitores, realizando pequeños ajustes y sugerencias. La tensión que me atenazaba tras la larga jornada se aflojó mientras trabajaba con el grupo. Me encantaba el swing, me había encantado cuando surgió a principios del siglo XX, y me había entusiasmado con su reciente regreso. Sabía que volvería a pasar de moda, motivo en parte por el cual quería trasmitir el conocimiento a otros.
Puesto que no sabía cuál era el nivel de Román, lo emparejé con Paige, una bailarina consumada. Tras observarlos un momento, sacudí la cabeza y me acerqué a ellos.
– Qué chulo eres -le regañé-. Fingías estar todo nervioso por tener que bailar, pero en realidad eres un profesional.
– Lo he hecho un par de veces -reconoció modestamente, mientras ensayaba con Paige un giro que yo aún no les había enseñado.
– Déjalo. Os voy a separar. Hay otros que necesitan vuestros talentos.
– Oh, venga -imploró Paige-. Deja que me quede con él. Ya iba siendo hora de tener aquí un hombre que sabe lo que se hace. Román me miró de reojo. -Lo ha dicho ella, no yo.
Elevé la mirada al cielo y les asigné sus nuevas parejas.
Tras supervisar un rato más, me satisfizo el progreso del grupo en general, convencida de que vería pocos cambios. Decidí subir el nivel, y a continuación Cody y yo les enseñamos a dar patadas de charlestón. Como cabía esperar, pronto se desató el caos. Los más dotados del grupo pillaron el movimiento enseguida, los que habían sufrido antes seguían sufriendo, y quienes se las apañaban con los pasos y giros básicos se vinieron ahora completamente abajo.
Cody y yo caminamos entre los bailarines, intentando paliar el daño, ofreciéndoles nuestras perlas de sabiduría.
– Mantén la muñeca tensa, Beth… pero no demasiado. No te hagas daño.
– ¡Cuenta, maldita sea! ¡Cuenta! El compás sigue siendo el mismo de antes.
– Mira a tu pareja… no la pierdas de vista.
Mi papel de maestra me consumía, y a mí me encantaba. ¿A quién le importaban los cazadores de vampiros y la eterna lucha entre el bien y el mal?
Vi a Seth sentado al margen, tal y como había prometido.
– Oye, voyeur, ¿todavía quieres mirar nada más? -bromeé, sin aliento y animada de tanto correr por la improvisada pista de baile.
Sacudió la cabeza, con una sonrisita aleteando en sus rasgos mientras me estudiaba.
– Hay mucho que ver desde aquí.
Se levantó de la silla, se inclinó hacia delante con familiaridad y me sobresaltó alargando la mano y levantándome la tira del vestido que se había deslizado de mi hombro.