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– Jesús -musité, contemplando fijamente las distintas traducciones. Había Biblias para hombres y mujeres respectivamente, Biblias para adolescentes, Biblias ilustradas, Biblias impresas en grandes caracteres, Biblias con grabados de oro. Encontré por fin la versión del Rey James. Sabía poco sobre ella, pero al menos reconocía el título.

La saqué de la balda, busqué el Génesis 6 y leí el pasaje de Erik:

Cuando los hombres comenzaron a multiplicarse sobre la Tierra y les nacieron hijas, los hijos de Dios vieron que las hijas de los hombres eran hermosas, y tomaron por esposas las que más les gustaron.

El Señor dijo: «Mi espíritu no permanecerá por siempre en el hombre, porque es de carne. Sus días serán ciento veinte años.»

En aquel entonces había gigantes en la Tierra (y también después), cuando los hijos de Dios se unieron a las hijas de los hombres, y ellas les daban hijos. Éstos son los héroes de antaño, hombres famosos.

En fin. Eso lo explicaba todo.

Releí el pasaje varias veces, con la esperanza de sacar algo más de él. Al final decidí que Erik debía de haberme dado el número de capítulo equivocado. Después de todo, estaba distraído. Este pasaje, en mi opinión, no tenía nada que ver con ángeles, ni con caídas, ni siquiera con la batalla cósmica entre el bien y el mal. En cambio, parecía tratar el tema de la procreación humana. No hacía falta ser un erudito bíblico para deducir qué significaba lo de que «los hijos de Dios se unieron a las hijas de los hombres», sobre todo cuando se mencionaba su descendencia en la frase siguiente. El sexo había vendido libros en el pasado, igual que los vendía ahora. Me pregunté si Erik habría querido bromear dándome el número de aquel pasaje.

– ¿Has encontrado la fe?

Vi primero la camiseta de PacMan, el rostro inquisitivo de Seth después.

– La encontré y la perdí hace mucho tiempo, me temo. -Cerré el libro cuando se arrodilló junto a mí-. Sólo estaba mirando una cosa. ¿Cómo les va hoy a Cady y O'Neill?

– Están avanzando en su último caso. -Esbozó una sonrisa sincera, y me descubrí estudiando el castaño ambarino de sus ojos. Había cruzado unos cuantos correos electrónicos más con él en los últimos días y disfrutaba con nuestras mini novelas, aunque la conversación en persona había mejorado poco-. Acabo de terminar un capítulo y necesitaba un respiro. Pasear, tomar algo.

– Nada de cafeína, supongo. -Había descubierto que Seth no consumía bebidas con cafeína, lo que me parecía aterrador y antinatural.

– No. Nada de cafeína.

– No deberías despreciarla. A lo mejor aumenta tu volumen de palabras.

– Ah, sí, cierto. Crees que mis libros no salen a la venta lo bastante rápido.

Solté un gemido, acordándome del día en que nos conocimos.

– Creo que mis propias palabras salieron demasiado rápido aquella vez.

– De eso nada. Estuviste brillante. Nunca lo olvidaré.

Su máscara de socarronería se cayó fugazmente, igual que había ocurrido durante la clase de baile, y una vez más vi una sombra de interés y estima masculinos en sus rasgos. En cuclillas junto a él, experimenté una pasajera sensación de naturalidad, como ocurría normalmente cuando estaba con Doug o alguno de los inmortales. Algo amigable y tranquilizador. Como si Seth y yo nos conociéramos desde siempre. Puede que fuera ése el caso, por así decirlo, a través de sus libros.

Y sin embargo, al mismo tiempo, estar tan cerca de él resultaba ser desconcertante también. Turbador. Empecé a fijarme en cosas como los músculos fibrosos de sus brazos y la revuelta mata de pelo que le enmarcaba el rostro. Incluso la pátina dorada de luz reflejada en su vello facial y la forma de sus labios capturaron mi atención. Al darme la vuelta, sentí revolverse en mi interior la sed animal de energía vital, y reprimí el impulso de estirar el brazo y tocarle la cara. El cambio de forma realizado en la calle me había hecho más daño de lo que pensaba. Seguía sin necesitar una verdadera recarga completa, pero el instinto de súcubo comenzaba a volverse irritante. Tendría que aplacarlo pronto, pero sin duda no con Seth.

Me levanté apresuradamente, con la Biblia aún en las manos, deseosa de alejarme de él. Se incorporó conmigo.

– Bueno -empecé con torpeza cuando transcurrió un momento sin que ninguno de los dos dijera nada-, habrá que ponerse a trabajar por aquí.

Asintió con la cabeza; el interés de su gesto dio paso a la aprensión.

– Me…

– ¿Hmmm?

Tragó saliva, apartó la mirada fugazmente y la volvió de nuevo hacia mí, con un brillo de determinación en los ojos.

– Pues, voy a ir a una fiesta el domingo, y me preguntaba si a lo mejor… si a lo mejor no estás ocupada ni tienes que trabajar, podrías, quiero decir, a lo mejor te gustaría venir conmigo.

Me quedé mirándolo, sin habla. ¿Seth Mortensen acababa de pedirme una cita? ¿Y… y no acabábamos de mantener una conversación coherente, para variar? Eso, combinado con el hecho de que me había fijado de repente en lo atractivo que era, hizo que el mundo pareciera volverse del revés. Peor aún, quería aceptar. Había algo en Seth que de improviso parecía natural y adecuado, aunque no se pareciera a la vertiginosa emoción que me invadía cuando estaba con Román. En algún momento de esta relación tan torpe y extraña, había llegado a apreciar realmente al escritor con independencia de sus novelas.

Pero no podía aceptar. Sabía que no podía hacerlo. Me maldije por haber sido la primera en coquetear; aparentemente le había afectado, pese a todos mis intentos por desdecirme y dejarlo en el ámbito de lo platónico. Una parte de mí se sentía desolada, otra complacida. Todo mi ser sabía lo que tenía que hacer.

– No -respondí de sopetón, aturdida todavía.

– Oh.

No tenía elección. De ninguna manera podía permitir que Seth se sintiera atraído por mí. De ninguna manera podía arriesgarme a tener algo más que una amistad distante con el creador de mis libros favoritos.

Al darme cuenta de lo grosera que había sonado, me apresuré a arreglarlo. Debería haber dicho simplemente que tenía trabajo pendiente, pero en vez de eso me descubrí balbuciendo una variante de lo que llevaba años empleando con Doug.

– Verás… en estos momentos no me interesa salir ni implicarme con nadie. Así que, no es nada personal, quiero decir, lo de la fiesta suena estupendo y eso, pero es que no puedo aceptar. Nunca acepto cosas así, de hecho. Como te decía, no es nada personal. Sólo que es más fácil no implicarse. No tener citas. Esto, nunca.

Seth me estudió largo rato, pensativo, y de repente recordé aquella primera noche, cuando puso una cara muy parecida mientras le explicaba mis cinco páginas de reglas con sus libros.

Al final dijo:

– Oh. Bueno. Pero… ¿no estás saliendo con ese tipo? ¿El alto de pelo negro?

– No. No estamos saliendo. En realidad no. Sólo somos, esto, amigos. Más o menos.

– Oh -repitió Seth-. Entonces, ¿los amigos no van juntos a las fiestas?

– No. -Vacilé, deseando de repente haber respondido algo distinto-. A lo mejor a veces pueden tomar café juntos. Aquí, en la librería.

– Yo no bebo café.

Había aspereza en su voz. Me sentí como si acabaran de abofetearme. Nos quedamos allí plantados durante lo que era posiblemente uno de los cinco momentos más incómodos de mi vida. El silencio se agrandó entre nosotros. Al cabo, repetí mi última excusa:

– Tengo que volver al trabajo.

– Está bien. Nos vemos.

Amigos, nada más que amigos. ¿Cuántas veces había empleado esa línea? ¿Cuántas veces había sido más fácil mentir que afrontar la verdad? La había empleado incluso con mi marido hacía tanto tiempo, ocultándome de nuevo de la realidad de un asunto que no quería admitir cuando las cosas entre nosotros se habían agriado.