– ¿Nada más que amigos? -había repetido Kyriakos, fijos en mí sus ojos oscuros.
– Claro. También es amigo tuyo, ¿sabes? Sólo me hace compañía cuando tú no estás, eso es todo. Me siento muy sola sin ti.
Lo que nunca le había contado a mi marido era cuan a menudo venía a visitarme su amigo Aristón, ni cómo parecía que siempre estuviéramos buscando alguna excusa para tocarnos. Un roce accidental de vez en cuando. Su mano para ayudarme a levantarme. O aquel día que ardía aún en mi recuerdo, cuando había estirado el brazo para coger una botella y me rozó un pecho con la mano. Me arrancó un jadeo involuntario mientras se demoraba por espacio de un latido antes de continuar la acción.
Tampoco le había dicho a Kyriakos que Aristón me hacía sentir como en los primeros días de mi matrimonio, inteligente, hermosa y deseable. Aristón me dispensaba todas las atenciones que antes me había dedicado Kyriakos; Aristón amaba el ingenio que en tantos problemas me había metido cuando era una doncella soltera.
En cuanto a Kyriakos… en fin, seguramente él también amaba esas cosas, pero ya no lo manifestaba tanto como antes. Su padre le obligaba a trabajar cada vez más horas, y cuando por fin llegaba a casa era para desplomarse en la cama o para buscar el solaz de su flauta. Cómo odiaba aquella flauta… la odiaba y me encantaba. Detestaba que pareciera atraer su atención más que yo. Sin embargo, algunas noches, cuando estaba sentada en la calle y le oía tocar, me impresionaban su talento y su habilidad para crear tanta dulzura.
Aquello, sin embargo, no cambiaba el hecho de que la mayoría de las noches me durmiera intacta. Cuando le decía que así jamás iba a quedarme embarazada, se reía y respondía que teníamos todo el tiempo del mundo para engendrar descendencia. Esto me preocupaba porque creía, sincera e irracionalmente, que tener un hijo lo arreglaría todo entre nosotros, de alguna manera. Anhelaba uno, añoraba la sensación de sostener a mis hermanas en brazos. Adoraba la honestidad y la inocencia de los niños, y me gustaba pensar que podría ayudar a alguno a convertirse en una persona de provecho. Por aquel entonces nada me parecía más dulce que limpiar rasguños, sostener manitas, y contar cuentos. Más aún, había llegado a un punto en el que necesitaba saber que podía engendrar. Tres años de matrimonio sin descendencia era mucho tiempo por aquel entonces, y había visto la forma en que los demás comenzaban a susurrar que la pobre Letha podría ser yerma. Aborrecía sus lamentaciones y su enfermiza conmiseración edulcorada.
Debería haberle contado a Kyriakos todo lo que me ocupaba la cabeza, hasta el último detalle. Pero era tan dulce y trabajaba tanto para que no nos faltara de nada, que no podía soportarlo. No quería revolver la satisfacción que ostensiblemente llenaba nuestro hogar tan sólo por mi gratificación personal y mi necesidad de atención. Además, tampoco es que Kyriakos descuidara siempre mi cuerpo. Con un poco de incentivo por mi parte, a veces lograba que respondiera a mi deseo. En ocasiones así nos fundíamos en plena noche, moviéndose su cuerpo dentro del mío con la misma pasión que volcaba en su música.
No obstante, al mirar a Aristón algunos días, me daba la impresión de que él no necesitaría ningún incentivo. Y conforme se sucedían los días vacíos sin Kyriakos, aquello empezó a significar algo.
Amigos, nada más que amigos. Allí de pie en la librería, viendo cómo se alejaba Seth, medio me pregunté cómo podía seguir utilizando nadie esa excusa. Pero ya conocía la respuesta, naturalmente. Se utilizaba porque la gente aún creía en ella. O al menos quería hacerlo.
Cuando volví abajo, sintiéndome triste, enfadada e idiota todo a la vez, me topé con una escena que prometía volver el día aún más extraño: Helena de Krystal Starz estaba enfrente del mostrador principal, haciéndoles gestos salvajes a las cajeras.
Helena, aquí. En mi terreno.
Tragándome mi confusión sobre Seth, me acerqué dando zancadas con mi mejor porte profesional, portando aún la Biblia.
– ¿Te puedo ayudar en algo?
Helena giró sobre sus talones, haciendo que los cristales que le rodeaban el cuello tintinearan al chocar unos con otros.
– Es ella… ésta es. La que me ha robado el personal.
Miré de soslayo detrás del mostrador. Allí estaban Casey y Beth, con cara de alivio al verme. Tammi y su amiga Janice debían de encontrarse en otra parte de la tienda, por lo que di gracias. Mejor que no se mezclaran en esto. Mantuve la voz fría, plenamente consciente de los clientes que estaban observándonos.
– Te aseguro que no sé a qué te refieres.
– ¡No me vengas con ésas! Sabes perfectamente a qué me refiero. Entraste en mi tienda, montaste una escena y engatusaste a mis trabajadoras. ¡Se fueron sin decir nada!
– Algunas personas han presentado su currículo aquí recientemente -respondí sin inmutarme-. La verdad, no puedo seguir la pista de sus anteriores lugares de trabajo. Como subdirectora, sin embargo, entiendo el inconveniente que puede suponer el que los empleados se vayan sin avisar.
– ¡No sigas! -Exclamó Helena, que no guardaba la menor similitud con la diva fría y distante de la semana pasada-. ¿Te crees que no sé qué mientes? ¡Caminas en las tinieblas, tu aura está envuelta en llamas!
– ¿Qué está en llamas?
Aparecieron Doug y Warren, evidentemente atraídos por el creciente espectáculo.
– Ella -proclamó Helena, señalándome, usando su voz new age más ronca.
Warren me miró con curiosidad, como si realmente estuviera buscando indicios de fuego.
– ¿Georgina?
– Me ha robado las empleadas. Se presentó sin más y se las llevó como si tal cosa. Podría presentar una demanda, ¿sabes? Cuando se lo diga a mis abogados…
– ¿Qué empleadas?
– Tammi y Janice.
Me encogí y esperé a ver qué desencadenaba este nuevo giro. Pese a sus muchos defectos, Warren poseía un fuerte sentido del servicio al cliente y la profesionalidad. Me preocupaba lo que pudiera ocurrir si se investigaba detenidamente mi caza furtiva.
Warren frunció el ceño, aparentemente intentando ponerles caras a los nombres.
– Espera… ¿una de ellas no me ha arreglado hoy el coche?
– Ésa fue Tammi.
Soltó un bufido de desdén.
– No vamos a devolverlas.
Helena se puso como un tomate.
– No puedes…
– Señora, lamento las molestias, pero no puedo devolver unas empleadas que han firmado un contrato con nosotros y no están dispuestas a seguir trabajando para usted. Siempre hay gente esperando una oportunidad. Seguro que encuentra a alguien enseguida.
Helena se giró hacia mí, esgrimiendo aún el dedo.
– No me olvidaré de esto. Aunque no pueda hacerte pagar por esto, el universo castigará tu naturaleza cruel y retorcida. Morirás miserable y sola. Sin amor. Sin amigos. Sin hijos. Tu vida no habrá servido de nada.
Vaya con el amor y la bondad de la nueva era. Sus comentarios sobre mi muerte no me afectaban, pero el resto de adjetivos escocían un poco. Sin amor. Sin amigos. Sin hijos.
Warren, sin embargo, no compartía la misma opinión sobre mí.
– Señora, Georgina es la última persona a la que yo acusaría de poseer una naturaleza «cruel» o llevar una vida sin sentido. Mantiene este sitio de una pieza, y confío en su buen juicio sin reservas… incluida la contratación de sus antiguas empleadas. Ahora, a menos que desee comprar algo, debo pedirle que se marche antes de que me vea obligado a llamar a las autoridades.
Helena nos lanzó otro puñado de maldiciones y malos augurios, para indudable disfrute de los clientes que hacían cola frente a la caja. Para mi sorpresa, Warren se mantuvo en sus trece. Generalmente se desvivía por limar asperezas con los clientes y daba siempre el brazo a torcer, incluso a expensas de sus empleados. Hoy no parecía tener ganas de complacer a nadie. Era una novedad agradable.