Las fichas de dominó seguían cayendo. Los nefilim heredan mucho más de la mitad del poder de su progenitor, aunque en ningún caso pueden excederlo. Eso era lo que nos había dicho Jerome la semana pasada, de nuevo sin darle importancia, justo después de mi agresión. Hacía tan sólo unos minutos, me había extrañado que estuviera tan seguro de ser más fuerte que el nefilim, me había preguntado cómo podía estar tan convencido. Pero claro que podía. La genética divina se había encargado de dictar esos parámetros.
– ¿Georgina? ¿Adonde vas? -exclamó Cody cuando salí de la habitación a zancadas, de regreso a la discusión que atronaba aún al final del pasillo.
– Mira -estaba diciendo Cárter-, no tiene nada de malo que…
– Es tuyo -le grité a Jerome, intentando amilanarlo con la mirada… difícil, puesto que era más alto que yo-. El nefilim es tuyo.
– ¿Mi problema?
– ¡No! Ya sabes lo que quiero decir. Tu vástago. Tu hijo… o hija… o lo que sea.
Se hizo el silencio, y Jerome me taladró hasta el alma con aquellos penetrantes ojos negros. Esperaba salir disparada al otro lado de la estancia de un momento a otro. En vez de eso, preguntó simplemente:
– ¿Y?
Sorprendida por su comedida respuesta, tragué saliva.
– Y… y… ¿por qué no nos dijiste nada? ¿Desde el principio? ¿Por qué tanto secreto?
– Como seguramente te imaginarás, no es un tema que me gusta sacar a colación. Y en contra de la opinión popular, siento que tengo derecho a algo de intimidad.
– Sí, pero… -Ahora que lo había soltado, no sabía qué decir, ni hacer, ni pensar-. ¿Qué va a ocurrir? ¿Qué vas a hacer?
– Seguir con el plan. Encontraremos a esta criatura y la destruiremos.
– Pero si es… si es… tu hijo…
Yo, que tan celosa y envidiosamente veía el embarazo en curso de Paige y la caterva de sobrinas de Seth, no podía ni siquiera empezar a imaginarme anunciando tranquilamente el asesinato de mi progenie.
– Eso da igual -dijo sencillamente el demonio-. Es un problema, una amenaza para el resto de nosotros. Su relación conmigo es irrelevante.
– Sigues hablando de él como si fuera una cosa. ¿Tan indiferente eres que ni siquiera puedes… no sé, llamarlo por su nombre? Además, ¿qué es? ¿Varón o mujer?
Vaciló un momento, y detecté una leve traza de nerviosismo en su fachada de desinterés.
– No lo sé.
Me lo quedé mirando fijamente.
– ¿Qué?
– No estaba presente cuando nació. Cuando descubrí que ella… mi esposa… estaba embarazada, me fui. Sabía lo que iba a pasar. No era el primero… ni el último… en tomar por mujer a una mortal. Multitud de nefilim han nacido y han sido destruidos a causa de ello. Todos sabíamos de qué eran capaces. Lo más acertado sería haberlo destruido en cuanto nació. -Se interrumpió, de nuevo perfectamente inexpresivo-. No fui capaz. Me fui para no tener que afrontarlo, para no tener que tomar esa decisión. Me porté como un cobarde.
– ¿La… volviste a ver alguna vez? ¿A tu esposa?
– No.
Sin palabras, me pregunté cómo habría sido. Apenas entendía a Jerome ahora como demonio, por no hablar de antes de su caída. Rara vez mostraba algún tipo de emoción o afecto por nadie; no lograba imaginarme qué clase de mujer lo habría conquistado hasta el punto de hacerle dar la espalda a todo cuanto consideraba sagrado. Y sin embargo, a pesar de ese amor, había desaparecido, para no volver a verla. Llevaría milenios muerta. Jerome se había ido para salvar a su hijo, tan sólo para encontrarse ahora nuevamente con su vida en sus manos. Todo aquello era tan trágico que me daban ganas de hacer algo… abrazar al demonio, quizá… pero sabía que no me daría las gracias por mi conmiseración. Bastante vergüenza le daba ya que hubiéramos descubierto todo esto.
– Entonces, ¿no lo has visto nunca? ¿Cómo estás tan seguro de que es tu vástago?
– La firma. Cuando la percibo, siento la mitad de mi aura y la mitad de… la de ella. Ninguna otra criatura podría poseer esa combinación.
– ¿Y la has sentido todas las veces?
– Sí.
– Guau. Pero no sabes nada más de él.
– Correcto. Como ya he dicho, me fui mucho antes de que naciera.
– Entonces… entonces tiene sentido que seas realmente un objetivo -le dije, indicando la pared-. Aun con independencia de todo esto. El nefilim tiene motivos especiales para estar cabreado contigo.
– Gracias por tu apoyo incondicional.
– No quería que sonara así. Es decir… los nefilim ya tienen razones de sobra para estar enfadados. Todo el mundo los odia e intenta matarlos. Y éste… bueno, la gente se gasta miles de dólares en terapias para superar las malas experiencias con sus padres. Imagínate la cantidad de neurosis que habrá desarrollado éste tras varios miles de años.
– ¿Acaso sugieres que organice una sesión de orientación familiar, Georgie?
– No… No, claro que no. Aunque… no sé. ¿Has intentado hablar con él? ¿Razonar con él? -Recordé el comentario de Erik sobre los nefilim, que sólo querían que los dejaran en paz-. A lo mejor podríais llegar a algún acuerdo.
– Vale, está conversación se está volviendo cada vez más absurda, si eso es posible. -Jerome se giró hacia Cárter-. ¿Quieres llevarlos a casa?
– Me quedo contigo -declaró solemnemente el ángel.
– Por el amor de Dios, creía que ya habíamos dejado claro…
– Tiene razón -intervine-. La fase de advertencia ha terminado. Ahora estoy a salvo.
– No sabemos…
– Además, no se trataba tanto de mi seguridad como de que Cárter me impidiera descubrir la verdad sobre tus problemas familiares. Ya es demasiado tarde para eso, y estoy harta de carabinas. Quédate tú con él, y todos dormiremos mucho más tranquilos, aunque corramos peligro de excedernos.
– Bien dicho -se rió Cárter.
Jerome volvió a protestar, y todos discutimos un poco más, pero al final, la decisión estaba en manos de Cárter. Jerome no tenía autoridad para darle órdenes; de hecho, si Cárter se proponía seguir al demonio indefinidamente, no había nada que Jerome pudiera hacer al respecto, no realmente. No iban a enzarzarse en ningún combate épico, por enfadados que parecieran.
Cárter accedió a teletransportarnos de vuelta, aunque sospechaba que no era más que un gesto de amabilidad para asegurarse de que Cody y yo no pudiéramos encontrar nunca el hogar de Jerome. Tras dejar al vampiro en su casa, Cárter me teletransportó a mi sala de estar, donde vaciló antes de desaparecer otra vez.
– Es mejor así, creo -me dijo-. Que me quede yo con Jerome. Sé que el nefilim no puede ser más poderoso que él… pero sigue habiendo algo raro. Tampoco estoy convencido de que ya no estés en peligro, pero lo que quiera que pase contigo es otra cuestión completamente distinta. -Se encogió de hombros-. No sé. Hay muchas cosas en juego aquí; ojalá Jerome nos dejara pedir ayuda de fuera. Nada excepcional, claro. Pero algo. Cualquier cosa.
– No te preocupes -le tranquilicé-. Me las apañaré. No puedes estar en todas partes a la vez.
– Qué gran verdad. Cuando todo esto termine, tengo que preguntarle al nefilim cómo se las apaña él.
– No se puede interrogar a los muertos.
– No -convino con gesto adusto-. No se puede. -Se dio la vuelta para marcharse.
– Es curioso… -comencé lentamente-. Toda esta idea de que Jerome pudiera amar a alguien. Y cayera en desgracia a causa de ello.
Me dedicó una de sus inquietantes sonrisitas.
– El amor no hace que los ángeles caigan en desgracia, Georgina. Si acaso, puede surtir el efecto contrario.
– ¿Entonces qué? ¿Si Jerome se enamorara de nuevo, podría volver a ser un ángel?
– No, no. No es tan sencillo. -Al notar mi desconcierto, soltó una risita y me dio un rápido apretón en el hombro-. Cuídate, hija de Lilith. Llama si necesitas ayuda.