– Lo haré -le aseguré mientras se desvanecía, aunque contactar con un inmortal superior nunca era fácil. Jerome podría presentir si me hacían daño, pero invitarlo para charlar de trivialidades sería mucho más complicado.
Me fui a la cama poco después, fatigada después de todo lo que había ocurrido, demasiado cansada para preocuparme por que el nefilim pudiera atacarme mientras dormía. Mañana me tocaba el turno de cierre, y era mi última jornada antes de otros dos días libres. Necesitaba el descanso.
A la mañana siguiente me desperté tarde, aún con vida. Al entrar en la librería me tropecé con Seth, armado con su portátil, listo para afrontar otro día al teclado. El recuerdo de la clase de baile con él apartó el asunto del nefilim temporalmente de mi pensamiento.
– ¿Tienes mi libro? -le pregunté mientras me abría la puerta.
– Pues no. ¿Tienes mi camisa?
– Pues no. Me gusta la que llevas puesta, eso sí. -Su camiseta temática del día lucía el logo del musical Los miserables-. Mi canción preferida de todos los tiempos sale de ahí.
– ¿En serio? -preguntó-. ¿Cuál es?
– «Soñé con ser otra mujer.»
– Qué tema más deprimente. No me extraña que no quieras tener citas con nadie.
– ¿Y cuál es tu favorita? -Le había planteado mi pregunta estándar a Román, pero no a Seth.
– «Ultraviolet», de U2. ¿La conoces?
Nos dirigimos al mostrador de la cafetería. Allí estaba Bruce, que empezó a preparar mi moca incluso antes de que se lo pidiera.
– Conozco algunos de sus temas, pero ése no. ¿De qué trata?
– Del amor, naturalmente. Como todas las buenas canciones. El dolor del amor mezclado con su poder redentor. Un poco más optimista que la tuya.
Recordé el comentario de Cárter de la noche anterior. El amor no hace que los ángeles caigan en desgracia.
Seth y yo nos sentamos y empezamos a conversar; la conversación fluía ahora como la seda entre nosotros. Pensé que era difícil creer que alguna vez hubiera existido alguna incomodidad. Era tan confortable.
Al final, sabiendo que debía trabajar un poco, me obligué a ir a ver cómo estaba el resto del personal antes de retirarme a mi despacho. Sólo pretendía comprobar el correo, sin embargo; hoy me sentía sociable y quería estar en la tienda. Dejé el bolso encima del escritorio y empecé a sentarme en la silla cuando vi un sobre blanco de aspecto familiar que llevaba mi nombre.
Se me cortó la respiración. Vaya con haber dejado de ser el principal objetivo del nefilim. Cogí el sobre y lo abrí con dedos torpes y temblorosos.
¿Me echabas de menos? Supongo que habrás estado ocupada con tus amiguitos inmortales, cerciorándote de que todo el mundo esté sano y salvo. Supongo también que habrás estado igual de ocupada con tu fascinante vida social, sin tiempo casi para pensar en mí. Qué cruel, habida cuenta de todo lo que he hecho por ti.
Me pregunto si te preocupas tanto por los mortales de tu vida como por los inmortales. Reconozco que las muertes de los mortales son mucho menos trascendentales. Después de todo, ¿qué son cincuenta años menos comparados con los siglos de un inmortal? Los mortales parecen indignos de tanta molestia, y sin embargo tú haces como si te importaran. ¿Pero te importan realmente? ¿O no son más que un entretenimiento para sobrellevar el paso de los siglos? ¿Qué hay de tu novio? ¿Es otro juguete, otro pasatiempo? ¿Significa algo realmente para ti?
Averigüémoslo. Convénceme. Tienes hasta el final del turno para garantizar su integridad. Ya conoces las reglas: llévalo a un lugar seguro, rodéalo de gente, etcétera, etcétera. Yo estaré contigo, observando. Convénceme de que te importa realmente, y le perdonaré la vida. Demuéstramelo. Fracasa… o implica a alguno de tus contactos inmortales… y no habrá «salvaguardia» que valga.
La nota se cayó de mis manos heladas. ¿Qué clase de juego perverso era éste? No tenía sentido. El nefilim me pedía en una línea que protegiera a alguien, para implicar en la siguiente que daba igual, que no había protección posible. Era una estupidez, otra disección, sacudir el estatus quo tan sólo para observar mi reacción Miré a mi alrededor, nerviosa, y me pregunté si el nefilim no estaba conmigo ahora. ¿Acechaba invisible a mi espalda la rencorosa progenie de Jerome, riéndose de mi turbación? ¿Qué debería hacer?
Por último, y quizá lo más importante, ¿quién diablos era mi novio?
Capítulo 21
No tenía ningún «novio». Pese a todas las incertidumbres que poblaban mi mundo, eso al menos era algo de lo que podía estar segura. Por desgracia, aparentemente este nefilim tenía una idea más optimista de mi vida sentimental.
– No sé a quién te refieres -le grité al despacho vacío-. ¿Me oyes, hijo de perra? ¡No sé de quién cojones me hablas! No respondió nadie.
Paige, que pasó por delante de mi puerta un momento después, asomó la cabeza.
– ¿Me llamabas?
– No -refunfuñé. Llevaba puesto un vestido que se ceñía visiblemente a su abultada barriga. No ayudó a mejorar mi humor-. Estaba hablando sola. -Cerré la puerta cuando se fue.
Mi primer impulso fue correr en busca de ayuda. Cárter. Jerome. Alguien. Cualquiera. No podía enfrentarme a esto sola.
Fracasa… o implica a alguno de tus contactos inmortales… y no habrá «salvaguardia» que valga.
Maldición. Ni siquiera sabía a quién se estaba refiriendo. Desesperada, intenté dilucidar a quién de entre mis amistades mortales podría haber confundido el nefilim por algo más. Como si no fuera ya lo bastante difícil ser amigo mío.
Sorprendentemente -o tal vez no tanto- mis cavilaciones pronto derivaron hacia Seth. Pensé en nuestra reciente conversación. Censurada y comedida, sin duda, pero cálida a pesar de todo. Agradable y natural. Aún se me cortaba el aliento a veces cuando nos tocábamos.
No, qué estupidez. Mi fascinación por él era superficial. Sus libros me hacían sufrir de adoración por sus héroes, y nuestra amistad se había reforzado de rebote por lo ocurrido con Román. Cualquier posible sentimiento o atracción que hubiera ejercido sobre él debía de estar reduciéndose aprisa. No había vuelto a dar muestras de sentir algo más que una tierna amistad, y mi distanciamiento debía de estar surtiendo efecto. Además, no dejaba de desaparecer para asistir a misteriosas reuniones, probablemente con alguna chica sobre la que su timidez le impedía hablarme. Pecaría de presuntuosa si considerase siquiera encajarlo en la categoría de novio.
Sin embargo… ¿sabría el nefilim todo eso? ¿Quién sabía lo que pensaba el muy bastardo? Si nos había visto a Seth y a mí tomando café, podría asumir cualquier cosa. Atenazada de temor, quise levantarme y subir corriendo a ver cómo estaba Seth. Pero no. Sería una pérdida de tiempo, por ahora al menos. Estaba escribiendo, en público, rodeado de gente. El nefilim no lo asaltaría en semejante escenario.
¿Entonces quién? ¿Tal vez Warren? Ese voyeur de nefilim nos había visto practicando el sexo. Si eso no contaba como algún tipo de relación, no sé qué lo haría. Por supuesto, el nefilim también habría observado que Warren y yo casi nunca nos relacionábamos de ninguna otra manera. Pobre Warren. El sexo conmigo ya lo había dejado agotado; sería una crueldad innecesaria que se convierta en una víctima del retorcido y equivocado sentido del humor del nefilim. Por suerte, había visto a Warren entrar a trabajar hoy. Estaba atareado en su despacho, aunque quizá eso contara como lugar seguro. Puede que estuviera a solas, pero los gritos de un ataque del nefilim llamarían la atención inmediatamente.
¿Doug? Él y yo siempre habíamos coqueteado. Sin duda alguien podría pensar que sus esporádicos intentos por conquistarme indicaban algo más que una simple amistad. Sin embargo, en las últimas semanas, él y yo no habíamos hablado mucho. Estaba demasiado distraída por los ataques del nefilim. Y por Román.