– ¿Y eso a qué punto nos lleva? -el policía parecía irritado-. Incluso en el supuesto de que nos hubiesen mentido sobre ese particular, ya me dirás qué puñetas tiene de importancia para el caso. ¿Te imaginas detenerlos con esos rotundos cargos? Mire usted, señor juez, estos jubilados nos dijeron que la noche anterior…
– ¿Quieres hacer lo que te digo? -Saltero cortó sin contemplaciones la ironía que iniciaba el inspector.
– Está bien, abogado.
– Bueno, pues además de todo lo dicho, profundiza en esos tres que provienen del País Vasco. Hay que investigar su entorno familiar, por si pudiéramos encontrarnos con alguna relación indirecta.
Víctor, tras una breve despedida, colgó el teléfono y se acercó a la ventana para ver la luminosa, aunque fría, mañana de Sevilla mientras reflexionaba.
Capítulo 8
Habían salido de Córdoba. Antes de cuarenta y cinco minutos estarían llegando a la estación de Santa Justa, en Sevilla. Era ahora o nunca. Se decidió. Santiago buscó en el bolsillo interior de su chaqueta, extrayendo de él unos guantes. Se los puso. Tras ello sacó la pistola que, envuelta en un pañuelo, tenía en el mismo bolsillo. Observó que nadie le miraba. Los etarras, de los cuales veía sólo la espalda y cabeza del que estaba en el asiento del pasillo, parecían seguir atentamente el final de la película que les llegaba por los monitores. Tenían los auriculares puestos.
Santiago Freire se dio cuenta de que el galope desbocado de su corazón en el pecho apagaba en su cerebro el suave y rítmico sonido del AVE caminando por los raíles. Tenía que serenarse. Respiró hondo.
Trató de ver qué hacían los otros pasajeros. Se comenzó a levantar despacio, muy despacio. Efectivamente, los dos terroristas tenían los auriculares colocados, viendo la película. Delante de ellos, pero en la hilera contraria de asientos, el joven de la coleta parecía profundamente dormido.
Tuvo que asomarse algo más para poder ver al matrimonio mayor. Éstos también parecían atentos a la pantalla. Incluso pudo observar que sonreían con la trama de la película.
Se volvió a sentar. Notó que las manos le sudaban y se las refregó por los pantalones para secárselas.
De nuevo buscó en el bolsillo interior de su chaqueta, extrayendo un tubo metálico largo y fino: el silenciador. Comenzó a enroscarlo en el cañón. Al principio la rosca entró cruzada y hubo de empezar de nuevo la operación. Ya estaba, ahora cogió bien. Con un ligero ruido metálico, el silenciador terminó encajando perfectamente en el cañón del arma. Por la culata introdujo el cargador con tres balas. Lo había pensado mucho, pero la tercera sólo era por si tenía que rematar a alguno de ellos, no para él, aunque alguna vez lo había meditado. Pero no, no era de los que se suicidan. Era de los que ejecutan una obsesión que le acompañaba desde siempre. Una pesadilla real, profundamente cruel, que le seguía despertando por las noches.
Desde que se enteró de la excarcelación de Olavarria y Arrufe se esmeró en conseguir un arma que no pudiese ser identificada. Con ella practicó en el campo. Fue el comienzo de lo que ahora se proponía hacer. Aunque, en realidad, el principio venía de muchos años atrás.
Desterró los pensamientos. No era momento de reflexión ni de recuerdos, lo era de acción. Tenía que ser aquí y ahora. Estaba totalmente decidido.
Apretó la pistola con la mano derecha y la amartilló. Se levantó muy despacio. El brazo armado lo dejó caer a lo largo del cuerpo. Si en ese momento alguno de esos hombres se volvía, aún tendría tiempo para abortar la iniciativa. Mas no parecía que se hubiesen dado cuenta de lo que iba a ocurrir en unos instantes.
¡Qué poca distancia había desde su asiento hasta el de los etarras! Un par de pasos. ¡Sólo un par de pasos! Que era la distancia justa entre la muerte y la vida; entre la prisión o su libertad; entre sus obsesiones y la paz.
Vio cerca la nuca de uno de ellos. Unas décimas de segundo dudó en pegarle el tiro así, en la cabeza, por detrás. Igual que entonces. Pero lo rechazó. Observó que de golpe le había desaparecido la sensación de angustia. En su mente vivía el momento a cámara lenta.
De repente, vio la cara del individuo que estaba sentado en el asiento del pasillo. Sólo tenía ojos para él. Nunca le había visto tan cerca. Alzó la mano y, apenas con el ruido de una botella de champán que se descorcha, sonó el disparo que fue directo al corazón. Vio la sorpresa reflejada en la mirada de aquel hombre, cuando notó el boquete en el pecho por el que comenzó inmediatamente a brotar sangre. Murió sin darse cuenta. Con ojos de asombro.
El otro, sentado junto a la ventana, frenéticamente se intentó quitar los auriculares, que se enredaron entre sus manos. Hizo un gesto fallido para incorporarse con el terror pintado en el rostro. Miraba obsesivamente el brazo de Santiago que, empuñando aquella pistola, giraba hacia él. Supo que iba a morir en unos instantes. De hecho, ni oyó el disparo; sólo sintió que una mano invisible, violentamente, le empujaba por el pecho hacia atrás, al tiempo que una fuerte luz cegadora le quemaba las pupilas. Después, nada.
Santiago Freire García comprendió que todo había terminado.
De repente se sintió agotado y cayó pesadamente en el asiento contiguo a los dos hombres muertos.
Permaneció un rato, nunca sabría decir cuánto, con los ojos cerrados y el arma, aún humeante, colgando de su mano hacia el pasillo.
Poco a poco desapareció la percepción de que todo transcurría a cámara lenta; entonces levantó la mirada y vio cómo era observado por tres pares de ojos quietos, muy abiertos, con la sorpresa y el pánico escritos en ellos.
Capítulo 9
Irene tendría unos veinte años menos que Víctor, pero esto nunca supuso un obstáculo para que la complicidad y comunicación entre ellos se desarrollara con gran riqueza de matices e intensidad. Amaban la aventura de vivir un mundo diferente, conscientes de que, por no existir, tendrían que crearlo. Descubrieron que ninguno de los dos estaba dispuesto a dejar los sueños olvidados en la interminable lista de frustraciones y deseos insatisfechos en que se desenvuelven, habitualmente, los seres humanos. Compartían que era preferible errar por intentar cumplirlos, que por abandonarlos. Ambos sabían que la búsqueda de la felicidad no podía ser, simplemente, una frase vacía y tópica; era una obligación para con uno mismo, quizá la única realmente importante.
La última noche que pasaron juntos, la de ayer, había sido tan plena como otras muchas, y, ahora, mientras relajadamente en el baño caliente con los ojos cerrados escuchaba música, Víctor se dejó llevar por un variado caudal de sensaciones, mientras la recordaba.
Se preguntó de pronto: si ella tenía veinte años menos que él, ¿con qué edad la conoció? Pues no más de veinte y muy pocos, concluyó; mas nunca había tenido la percepción de estar con una niña. No, ya entonces, desde el principio, le pareció una mujer en plenitud: hermosa, inteligente y sensual.
Hur, como siempre, le había seleccionado una deliciosa combinación de canciones para disfrutar del baño. Hoy, especialmente y no sabía por qué, el agua a la temperatura perfecta y la música le arrastraban por recuerdos que llenaban su memoria.
Sonaba en ese momento Je ne t'aime plus, de Cristophe.
Le vinieron las imágenes de aquella noche; de aquella que sin palabras decidieron que sería hermoso unirse para compartir la aventura de vivir. Fue hermosa. aunque tal vez como tantas otras, pero tuvo algo especial. Sucedió al poco tiempo de conocerse. Estaban citados en el restaurante Becerrita. Irene llegó como una princesita sensual, envuelta en un traje blanco de frágiles tirantes sobre los hombros y unas delicadas sandalias de tacón que poseían la virtud de realzar las suaves curvas de sus piernas. Sí, porque ella no tenía ángulos; su cuerpo era la suma de unas curvas delicadas que, involuntariamente, le hacían destacar la profunda sensualidad de su decidida feminidad.