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– Ya. Eso es lo que me dijo su señora.

– Pues es la verdad. Pasamos la mayor parte del camino durmiendo, y no estamos diciendo que no entrara nadie, sino que no vimos a nadie -subrayó el jubilado de Astilleros. Mire, anoche dormimos mal, pues nos quedamos cuidando a mis…

– A sus nietos, ya lo sé.

Se hizo de nuevo un silencio.

– Muy bien -continuó Quintero-. ¿Alguien del vagón salió durante el viaje?

– Ni siquiera nos enteramos cuando el tren se detuvo en Córdoba. Estábamos dormidos. ¿Cómo podríamos saber lo que sucedió?

– Es obvio que no oyeron disparo alguno.

– Por supuesto que no -esta vez contestó decididamente la mujer, que parecía haberse recobrado de su angustia anterior.

– ¿Les suenan los nombres de Manex Olavarria y Ander Arrufe?

Con cara de desconcierto, se miraron entre sí los interrogados, y al unísono respondieron:

– No, ni idea. ¿Quiénes son?

El inspector no respondió; sólo hizo un gesto de asentimiento.

– Muy bien -dijo-. Antes de irse a su casa un compañero les tomará las huellas y les realizará una prueba rápida.

– ¿Qué prueba? -preguntó el jubilado alarmado.

– No se preocupe, es rutinaria. Se trata de saber, que no será así, si tienen restos de pólvora en sus manos. ¿Se oponen?

– No, por supuesto que no -dijo la señora con cierta sensación de alivio.

– Pues de acuerdo. Ahora el compañero les conducirá. Y, por cierto, deben estar localizables por si les necesitamos. Preferimos que no salgan de la ciudad, y si lo hacen nos lo comunican.

El matrimonio, que ya se había puesto en pie, asintió confirmando que así lo haría. Aliviados, salieron de la sala tras un policía uniformado.

Cuando el inspector y el abogado quedaron solos, mientras traían a otro de los pasajeros del fatídico vagón, aquél se volvió hacia el amigo:

– Vamos a tener a toda la prensa y los partidos políticos metiendo las narices en este tema

Víctor Saltero hizo un gesto de asentimiento, mientras veía entrar para el nuevo interrogatorio a un joven con el pelo negro recogido en una coleta.

Daban las cinco de la madrugada cuando se iban a descansar tras terminar los interrogatorios de pasajeros y tripulantes.

El inspector se sentía cansado y frustrado. Nadie parecía haber visto nada en el vagón. Todos decían dormir. El tren iba muy callado y vacío, invitando al sueño, según afirmaban. Era evidente que los disparos deberían haber sido hechos con silenciador, pero resultaba difícil de creer que nadie hubiese observado nada especial. ¿Quién mentía? ¿Alguno o todos?

Las azafatas del AVE explicaron hasta la saciedad, aún con el alma encogida, cómo al llegar con el carrito de los recuerdos, una vez pasado Córdoba, observaron que los seis ocupantes del vagón ocho dormían. De hecho, habían dudado entrar para no molestarlos, pero lo hicieron. Entonces es cuando vieron a aquellos dos hombres, cubiertos hasta el cuello con una manta, los cuales tenían los ojos muy abiertos. Se acercaron y fue cuando descubrieron la sangre que manchaba el suelo bajo ellos. No pudieron evitar la reacción de pánico, y con ella despertaron a los cuatro durmientes que ocupaban asientos dispersos. Las dos salieron inmediatamente para avisar a su superior, e, instantes más tarde, se presentó allí el jefe de tripulación. Este intentó que todo el mundo se serenase, incluidos los pasajeros. ¡Gracias a Dios que eran pocos! Tras ello avisó a su superior, el jefe de tren, y éste conectó, por medio del teléfono de a bordo, con la Policía de Sevilla, que inmediatamente dio instrucciones para bloquear ese vagón y no permitir salir a nadie en los pocos minutos que faltaban para llegar a la estación de Santa Justa.

Quintero sabía que esa noche, en realidad lo poco que aún quedaba de ella, no conseguiría conciliar el sueño ni un minuto. Pero necesitaba urgentemente descansar para aclarar sus ideas. Habían levantado los cadáveres por orden del juez. La Policía científica había terminado su trabajo, pero el arma homicida no había aparecido. En cualquier caso, ese tren quedaría precintado, aunque se permitió que lo trasladasen a una vía muerta con el objeto de normalizar cuanto antes la actividad de la estación. Tendrían que seguir buscando pistas y, sobre todo, el arma, o las armas, que hubiesen usado en los asesinatos.

Como era natural, la prensa ya había aparecido por la estación. Pero Quintero no la atendió, estaba demasiado cansado.

Poco después se despidió de sus hombres y de Víctor Saltero, preguntándose cómo diablos su amigo conseguía siempre parecer tranquilo y lúcido, cuando todos los demás estaban agotados y confusos.

Capítulo 4

Por poco pierden el tren. La Castellana, a esa hora, siempre era lo más parecido al caos. El problema consiste en eso que se llama hora punta; es decir, que todo el mundo se pone de acuerdo para salir de los trabajos y comercios a la misma hora. Vicente Zamora y su mujer habían estado en Uruguay durante unas vacaciones, concretamente en Montevideo, encantándoles la solución tan simple que allí se aplicaba para resolver este asunto: horarios escalonados de fábricas, comercios, funcionarios y colegios. Con esta sencilla fórmula conseguían evitar las aglomeraciones de coches en las calles. "No estaría mal copiar aquellas ideas que funcionan", había comentado Vicente a su señora, "pero en fin, por suerte llegamos a tiempo".

La estación de Atocha estaba tan animada como siempre. No faltaban más de cinco minutos para la salida cuando el matrimonio subía al tren. Vieron que apenas había cuatro personas más. Saludaron con un cortés "buenas noches", costumbre que lamentaban hubiera perdido la gente de la ciudad y que aún se mantenía en su pueblo. Mirando el billete localizaron sus asientos: 2 C y D. Él escogió la ventanilla, tras poner en la repisa de arriba el equipaje de mano. Observó que, por casualidad o no, todos los viajeros iban sentados en la dirección de la marcha.

Como siempre, la visita a casa de su hija los rejuvenecía. Pero no tanto por ella como por los dos nietos de dos y tres años, que con sus juegos y, sobre todo, con esa maravillosa capacidad que tienen los niños para asombrarse de las cosas más nimias, a ellos mismos se las volvían a descubrir.

Cuando Óscar Mejías Prado se montó en el AVE no había nadie en el vagón. Había estado haciendo tiempo en la estación, pues la entrevista de trabajo que le había llevado a Madrid terminó a media tarde, antes de lo que esperaba. No tenía muy buena impresión. El tipo que le había entrevistado le echó una opaca mirada a su coleta. Ya se lo había advertido su madre: "Ninguna empresa decente te va a contratar con esa pinta". Pues a lo mejor tenía hasta razón. Pero Óscar opinaba que debían juzgarle por su cualificación profesional, y no por su aspecto. Él solía argumentar a su progenitora "que si las cosas fuesen como ella pensaba, las empresas sólo contratarían tías buenas como secretarias", y la realidad no era taclass="underline" las había de todos los aspectos. En cualquier caso se consideraba un buen programador, y era eso lo único que debería importar. En fin, tendría que seguir buscando. Sabía que en Sevilla iba a ser complicado; su profesión tenía más oportunidades en Madrid y, por otro lado, tampoco le importaría vivir en esta ciudad. Pensándolo bien, en realidad le apetecía.

Vio que aquel tren iba muy vacío, mientras ocupaba su asiento 4 A. Al poco entraron dos hombres altos, que, hablando un castellano norteño, se sentaron unos cuantos asientos detrás.

Viajaban con frecuencia a Sevilla desde que la cooperativa les nombró representantes para la zona sur. Aunque la central estaba en Bilbao, ellos dependían de la oficina de Madrid y ahí tenían su residencia actual. Ironías de la vida, siempre luchando contra España y ahora viviendo en la capitaclass="underline" para reírse. Pero bueno, era lo que les habían ofrecido cuando salieron de la cárcel. Vendían congelados, y todas las semanas hacían una visita a los distribuidores de Sevilla y Málaga. Cierto que estos viajes eran algo más amenos al poder ir los dos juntos.