– Supongo que estaréis estudiando las posibles conexiones de esas tres personas vascas con los movimientos de la izquierda nacionalista -dijo Víctor.
– Estamos en ello.
– ¿No se ha podido descubrir ninguna conexión entre los pasajeros del vagón ocho y ETA?
– Realmente no, como ya viste, cuando les interrogamos, aparentemente son personas totalmente normales -respondió reflexivamente Quintero-. Parece ser que dijeron la verdad. El matrimonio mayor es de Carmona; no hay conexión aparente. El chico más joven, Óscar, el de la coleta, es de Sevilla, informático en busca de empleo; y el otro, Santiago Freire, aunque de raíz gallega, vive en Madrid, donde tiene su propio negocio: una tienda de ropa masculina a medida, en la calle General Perón, que lleva con su mujer. En fin, esto es más o menos todo. Por cierto, ¿estás leyendo la prensa?
– Sí, claro. Este asunto está levantando ampollas. Sobre todo en el País Vasco con los de siempre, que intentan hacer planear la sombra de un nuevo GAL.
– Pues ya te puedes imaginar la que me ha caído en comisaría -se lamentó con un expresivo gesto el inspector-. Los políticos presionan a mi jefe, y éste me asfixia a mí.
Ambos hombres quedaron en silencio bebiendo de sus copas.
– Es evidente, en principio -continuó Víctor- que este asunto no tiene pinta de tratarse una venganza dentro de la propia banda terrorista, puesto que a los muertos no se les conocen manifestaciones o acciones que a la dirección de ETA le pudiese hacer pensar en una traición.
– Efectivamente -confirmó Quintero-. Además, por lo que veo, nadie tiene el más mínimo interés en darle carácter de un asunto de terrorismo. De haber sido así, me hubiesen hecho un gran favor, ya que el caso habría pasado a otros grupos especializados del Cuerpo.
– En definitiva, como se preveía, se está tratando como un tema normal de inseguridad ciudadana, y es posible que pudiese ser así.
– En cualquier caso -apuntó el inspector-, el asunto me gusta cada vez menos, pues yo no estoy tan seguro de que no puedan existir implicaciones de la propia banda terrorista. En realidad, cualquiera de los que viajaban en ese tren, ochenta y seis pasajeros más la tripulación, podría haber matado a esos dos tipos.
– ¿Encontrasteis algo especial en la cooperativa vasca para la que trabajaban?
– Aparentemente es una compañía normal, aunque tiene en su plantilla a varios ex etarras. En conclusión: que son simpatizantes.
– Efectivamente -dijo Saltero reflexivo-, eso descarta definitivamente que se pueda tratar de ninguna venganza dentro de la propia ETA. Pues de no ser personas gratas para ella, no les habrían facilitado trabajo tras la salida de la cárcel.
– ¡Vete a saber! Con esa gente todo es posible.
– En conclusión: que no tenéis ni idea.
– Hasta ahora no. Pero si nos dejan trabajar lo averiguaremos. Son muchas entrevistas y datos que hay que comprobar tras los interrogatorios. Hace falta tiempo, y eso es en lo que insisto diariamente al comisario.
De nuevo degustaron sus bebidas, mientras por las ventanas se continuaban viendo las luces de la noche sevillana.
– Abogado, estoy en un buen apuro. Si tienes el cerebro que te supongo, y más tras la exhibición del Casino, éste es el momento para que lo pongas en marcha.
Víctor Saltero miró al amigo con una vaga sonrisa.
Capítulo6
Los estaba viendo sentados delante de él.
Santiago Freire García era un hombre paciente. Pero ahora los tenía allí, a tiro.
El tren pasaba por los túneles de Despeñaperros, aunque apenas se notaba pues era noche cerrada. Lo que variaba era el ruido del AVE: cuando avanzaba por campo abierto el sonido era suave, monótono; cuando entraba en un túnel la reverberación lo hacía cambiar de registro, aumentándolo.
Miró de nuevo a sus perseguidos. Aparentemente, con los auriculares puestos, parecían seguir la película que emitían por las pequeñas pantallas colocadas en el techo.
Pensó si hoy, por fin, sería el día tanto tiempo deseado. Las dificultades estaban claras: el chico de la coleta que estaba sentado por delante de los etarras y, más allá, el matrimonio mayor. Suponían tres posibles testigos para los cuales no tenía solución, pues no estaba dispuesto a sacrificarlos.
¿Tendría que esperar otro momento? Pero ¿alguna vez los encontraría con menos gente alrededor? No, no sería fácil.
En las múltiples veces que los había seguido, desde que salieron de la cárcel, nunca los había encontrado en tan escasa compañía. Incluso en el propio AVE, las otras ocasiones, siempre habían estado en un tren lleno de pasajeros. Pero hoy no, hoy realmente eran muy escasos.
En su mente comenzó a imaginar el momento: sacaría la pistola, le enroscaría el silenciador, se acercaría a ellos, y con un disparo directo al corazón terminaría con estaba en el asiento del pasillo. A éste no le daría tiempo de saber que moría. Pero el otro sí contaría con unos cortos segundos para que supiese que iba a morir. Tras ello, contemplando su cara de pánico, le enviaría otra bala al centro del corazón; en el pecho, al lado izquierdo.
Por un instante esas imágenes inundaron su mente y sus emociones. Pero se preguntó: ¿qué pasaría con los otros pasajeros? ¿Cómo reaccionarían? Naturalmente suponía que con pánico al principio. ¿Y después? ¿Se querría hacer el héroe el chico de la coleta? Probablemente no, pero ¿quién puede saberlo? El matrimonio mayor no tenía pinta de ser un problema en esas circunstancias. Mas ¿qué haría si alguno intentara salir a dar la alarma? Evidentemente nunca dispararía sobre ellos. No, ése no era un precio aceptable. Pero, por otro lado, le gustaría contar con alguna mínima posibilidad de escapar tras la acción que tenía prevista. Sabía que tendría que improvisar.
Ya había aceptado que había un riesgo alto de que terminaran deteniéndole, mas una vía de escape debería formar parte del plan.
¡Cuántas veces había soñado con este momento!: tenerlos a solas. La cuestión era si podría existir alguna ocasión más propicia que la presentada hoy, con menos testigos. Era fácil que no fuese así.
Su mujer no sabía nada. Siempre le había ocultado este tema, que quemaba sus entrañas desde hacía mucho tiempo. Tenía la impresión que desde siempre.
Sus viajes los justificaba como visitas a posibles proveedores o clientes. Pero nunca, a su esposa, le había contado lo que un día, hacía tiempo, había ocurrido. La amaba demasiado y no quería hacerla sufrir. Cuando todo hubiese terminado, se lo explicaría. Estaba seguro de que lo entendería. Pero quisiera que se enterara por él, no por la Policía o por la prensa.
Dejó su mirada vagar por los campos oscuros que pasaban veloces ante sus ojos, a través de las ventanas. De vez en cuando el paisaje era salpicado por la tenue luz de alguna casa aislada.
La megafonía del tren comunicó que en unos momentos llegarían a Córdoba, donde harían una breve parada.