19
Mientras volvíamos a cruzar la ciudad fantasma en que el temporal había convertido a Mar del Plata, el chofer recibió un llamado por el teléfono celular. Respondió con monosílabos y protestó sordamente, no pareció gustarle lo que le pedían y cortó de mal humor.
– Este trabajo es ingrato -dijo-, usted me había caído bien, pese a ser taxista en Buenos Aires, donde a los chóferes que no son del gremio no los quieren ni pintados. Pero ahora tengo que dejarlo aquí.
Le aclaré que, si era por la vieja rivalidad entre taxis y coches, yo pensaba que todos tenemos derecho a trabajar, y el pasajero, a elegir el auto que más le guste. Pero no hubo caso. Detuvo el coche en la explanada junto a los balnearios de La Perla, bonito lugar en un día de sol pero, en noches de tormenta, lo más desprotegido que pueda ofrecer la ciudad de los alfajores Havanna.
– Lo lamento, compañero. Si no obedezco, me quitan el auto y el laburo.
– Pero…
– Abajo.
Empujada por un viento que no quitaba el pie del acelerador, la lluvia me envolvió apenas bajé como las olas a una almeja. El remís se perdió hacia el centro y desde la dirección opuesta apareció, milagrosamente, un taxi con cartelito de «libre». Con el aguacero obligándome a entrecerrar los ojos no alcancé a ver que el taxista, que tan gentilmente arrimaba el coche a la vereda, venía acompañado.
Por eso me sorprendió el primer balazo, la explosión a pocos centímetros de mi tórax, en plena columna del alumbrado público. Después, supongo, una y otra lluvia confundieron sus resonancias, pero no me detuve a intentar discriminar cuál era de agua y cuál de balas. Salté el murallón de la costanera como jamás lo habría hecho ni con cuarenta años menos, mi afición por el deporte no pasa de mirar algún partido de fútbol por la tele, nunca comprometí mi físico en una sola clase de gimnasia. Del otro lado había por lo menos tres metros de vacío, no me rompí el cuello porque caí parado y un revolcón en la arena, aunque húmeda, siempre es más benévolo que rodar sobre un acantilado, si uno piensa mandarse de cabeza sin otro cálculo que la imperiosa necesidad de salvar el pellejo. Creí que no lo lograría, pese a mis buenos reflejos. Los animosos pasajeros del taxi bajaron y vaciaron literalmente los cargadores desde el murallón, como agentes de Fidel en una playa de Cuba donde estuviera desembarcando una expedición de gusanos de Miami. Por suerte tiraban a ciegas, la lluvia era tan intensa que me borró de sus miras probablemente infrarrojas y me dio tiempo a tomar un saludable baño de mar.
El agua estaba helada y el mar revuelto tiraba para adentro, invitándome a compartir la posteridad con Alfonsina Storni. Me dejé llevar como un pez y aparecí detrás de una escollera, dibujada ante mí por el resplandor de unos enormes carteles luminosos de Pepsi Cola. Puedo decir que esa publicidad salvó mi vida y, de ser un tipo agradecido, debí haber abandonado el whisky para consumir nada más que esa fucking gaseosa.
Una ola me arrojó contra uno de los pilotes de la escollera y a él me abracé hasta que mi corazón, ayudado por la temperatura del agua, frenó su galope. El mismo resplandor del cartel de Pepsi me permitió identificar la sombra de una escalera y, como en ese lugar el agua estaba tranquila, no tuve problemas en alcanzarla y subir.
El portero de turno en el Costa Feliz no me dejó entrar. Mi aspecto no ayudaba a ganar la confianza de nadie, debo reconocerlo: trabó la puerta giratoria y me obligó a esperar a la intemperie -para colmo ya casi no llovía, lo que hacía más difícil justificar mi estado- hasta verificar mi identidad en la conserjería. Después vendrían las disculpas y las atenciones dignas de un príncipe destronado, pero no pude disfrutarlas porque me obsesionaba encontrar la forma de desaparecer de aquel peligroso escenario sin abandonar el asunto que me había llevado hasta allí.
Quise atrancar la puerta de mi habitación con algún mueble pero todos estaban como clavados al piso. Debían temer que, por quedarse con un recuerdo del hotel, algún pasajero se tentara con llevarse la cama o la bonita cómoda en la valija. Eché el cerrojo y prendí la tele. Dormí de a ratos, haciendo zapping cada vez que un ruido afuera me sobresaltaba y abría los ojos. Cuando empezó a amanecer, ya la tormenta era apenas una línea de sombra demorando al sol en el horizonte.
En la tele estaban dando el replay de un programa de cocina norteamericana: turno de la repostería, una impresionante torta de cumpleaños rellena con bellotas y crema de leche de castor, y recubierta con chocolate dietético. El zapping me paseó por una película yugoslava, un noticiero de la CNN y un canal equis equis donde se veía, sobre una cama grande como la pista de un circo, un revoltijo de rojizas desnudeces transpiradas que a esa hora temprana me cayeron como desayunar tocino con huevos fritos.
Hora de hacer pis y de pedir refuerzos. Como quien estrella contra una pared la botella de whisky que se bajó durante toda la noche, apagué por fin la televisión.
20
– Ni se te ocurra denunciar a nadie -fue lo primero que dijo Gargano después de putear por escuchar mi voz en ayunas-. Los mismos que te cagaron a tiros terminan a esta hora el turno noche en alguna comisaría de por ahí a la vuelta. Esto te pasa por jugarla de Dick Tracy cuando no te da el cuero ni para una versión geriátrica de Rolando Rivas.
– El Chivo y Dubatti estuvieron muy cerca uno del otro, en algún momento de sus vidas.
– No sé quién es hoy el tal Dubatti, Mareco. Voy a tratar de averiguarlo. Pero nadie parece haber ido a ese hotel para una fiesta de quince. Pagá la cuenta, si podés, y volá.
Le comenté que la cuenta estaba pagada y que a él le decían Tirofijo, lo que le provocó una risa asmática que sonó como frituras en la línea.
– Las hembras del hampa viven de leyendas, ya no soy el que era. Todavía cargo por izquierda pero no porque me lo exijan los tiroteos sino por pura costumbre -dijo Gargano con sincera nostalgia.
Bajé a desayunar antes de irme. Me enteré de que no quedaban turistas en el Costa Feliz, pese a estar en plena temporada. Los organizadores del simposio o lo que fuera habían reservado para ese día casi todo el hotel, aunque sólo ocupaban el veinte por ciento de las habitaciones.
– Razones de seguridad -explicó el conserje cuando recuperé mi depósito en efectivo y estuve en condiciones de ser generoso con sus indiscreciones. Pero no supo o no quiso decirme por qué una reunión de operadores turísticos demandaba tanta seguridad. Si lo sabía, los diez pesos que me había confiscado debieron parecerle insuficientes. Decidió ensayar una explicación sociológica-: El Costa Feliz privilegia esta clase de eventos porque trabaja todo el año con ellos -me instruyó por la misma plata, como un taxista aburrido que decide darle charla al pasajero-, si fuera por los turistas muertos de hambre que vienen a Mar del Plata en verano, este prestigioso establecimiento cerraría sus puertas.
– ¿Quiénes son ésos?