Arremetí como un búfalo pero los pibes se abrieron para dejarme pasar como promesantes que, camino a Luján, son visitados por el Papa, y me encontré, ya al aire libre, desconcertado por aquella actitud de respeto en medio del caos. ¿Tan viejo soy, tan diferente? Si hubiera tenido un espejo a mano me habría gustado echarme un vistazo para cerciorarme de que seguía siendo el mismo.
Afuera, la multitud era tan compacta como en el interior del bar. El viento, que empezó a soplar con fuerza desde el mar, barrió los últimos aullidos del hit de Megainfierno. Terminaron con su maldito tema y se produjo un breve, milagroso bache de silencio. ¿Por qué suceden esas cosas, por qué de pronto hasta los corazones se detienen como relojes apartados del tiempo y el mundo atraviesa tan campante la fina lámina entre una dimensión y otra?
Fugaz milagro. Vino la ovación y pasó desapercibido el estallido de la vidriera del bar, a mis espaldas. El monoloco debió apretar por fin su gatillo. ¿Quién habría caído? ¿El palo mayor, la piba que aparentaba catorce y decía Carpe diem, abuelo, animate? No quise ni enterarme. Empecé a repartir codazos, los pibes me miraban sin entender, algunos me putearon pero todavía el entusiasmo por el recital era más fuerte que la bronca y pronto estuve solo, caminando apurado por calles solitarias hacia el lugar donde había dejado el auto.
Apretaba la agenda de Dubatti contra el pecho, la había preservado de los empujones, pogo y porro, como si fuera mi propia treinta y ocho y estuviera listo para saltar sobre un mostrador y defenderme, yo también a tiros, de la juventud y la belleza.
26
Ya era hora de recoger a Gargano en el Costa Feliz, pero la pasma había acordonado toda la zona hasta diez cuadras alrededor del Casino. Retrocedí buscando una salida y me topé con carros de asalto, policías en motos y a caballo, vallas y coches cruzados. Por las calles corrían los pibes como los mozos y los turistas en Pamplona durante la fiesta de San Fermín, carros hidrantes en vez de toros iban tras ellos, banderilleros con casco y repartiendo palos: el maldito perro policía no sólo no había muerto sino que contraatacaba mordiendo culos y garrones, la multitud se desbandaba por calles sin salida y, para defenderse de las encerronas, levantaban baldosas de las veredas y se las tiraban a los cuerpos de élite que estaban allí para controlar a los loquitos.
«Mar del Plata no merece este deplorable final para una fiesta de la juventud -dijo por radio el secretario de Turismo que un rato antes negaba que aquélla fuera una ciudad de viejos-, no son jóvenes los que provocaron los disturbios, son inadaptados.» Me pregunté si en esta sociedad se puede ser pendejo y adaptado sin meter el corazón en un armario y echarle el cerrojo de media libra de diazepan y un litro de vodka, pero el burócrata estaba asustado porque veía peligrar su cargo. «La juventud es una caja de Pandora», proclamó un dirigente que se identificó como conservador y al que habían despertado por teléfono a medianoche para que opinara sobre aquella orgía filicida al aire libre, sin que el tipo -que, por la voz, no bajaba de los sesenta- tuviera la menor idea de quiénes eran los de Megainfierno y, con suerte, el último rock que habría escuchado sería Al compás del reloj, por Bill Halley y sus Cometas. «El rocanrol es hoy tan nefasto como lo fue el marxismo leninismo en la década del setenta», se le ocurrió sentenciar desde la probable palangana sobre la que estaría remojando sus hemorroides, y el locutor se quedó con esa frase para pedir opiniones a los oyentes.
Sucedió lo de siempre. Nadie se priva de opinar sobre todo en la Argentina. La población estable de insomnes salió al aire para hablar boludeces mientras los chicos y las chicas corrían por las calles bloqueadas hasta agotarse y dejarse caer en las veredas, esperando a la pasma para volver a escapar si podían, o resignarse a ser encerrados como vacas algo díscolas y asustadas por la proximidad del matadero. Trabé las puertas del auto, dispuesto a esperar a que terminase la recolección de rockeros y a que las fuerzas de élite se dignaran a dejarme pasar, de todos modos Gargano debía estar divirtiéndose entre ricos y famosos y no lamentaría mi demora.
Cerré los ojos y vi a la Pecosa flotando en una nube como un ángel porno, creí que me había quedado dormido pero los golpes en la ventanilla no fueron efectos especiales del subconsciente.
– ¡Abrí, Mareco, que nos están cagando a palos!
Era ella, a cuatrocientos kilómetros del Tango Pub de la calle Brasil. Se zambulló en el interior del auto, asustada, mojada, perfumada, dislocada.
– Mataron a un flaco, hay por lo menos cincuenta chabones en el hospital y centenares presos. Son unos hijos de puta, fachos, ese ese, nazis. ¿Pero qué haces acá estacionado en un auto con radio? No me digas que vos…
Me llevó tiempo aceptar que aquella piba mojada asustada perfumada dislocada que parecía una estudiante de filosofía y letras fuera la prostituta que atendía, celular en mano, en un bar de Constitución. No pude ni tuve ganas de explicarle lo que hacía allí.
– Bajate y seguí corriendo, si no me tenés confianza. Estoy algo crecido para que la pasma me levante en la calle y me tire en un container lleno de melenudos.
Le causó gracia imaginarme como un bagre oscuro y pesado en medio de una captura de fresca y ágil merluza; me dio un beso de hija de quince a la que le permiten ir sola al baile y volver al otro día.
– Me vine a Mar del Plata porque soy fan de Megainfierno, no sabía que estabas acá.
Empezó a reírse a carcajadas en cuanto recuperó el aliento y se dio cuenta de que nos habíamos encontrado como si hubiera existido una cita previa, «¿qué carajo pretende el destino de nosotros?», me preguntó con un asombro que la ponía más linda, como un claroscuro en el que por sus ojos sin pintura se reflejaran las entrañas de otro planeta.
– Sos de otro mundo, Pecosa. No sé si antes te lo habían dicho.
Se apagó de un soplo, como si el alienígena hubiera sido yo y ella recién se diera cuenta. Claro que no se lo habían dicho ni se lo dirían nunca.
– No te hagás el listo conmigo. Soy una puta. Con suerte, me salgo de esto antes de estropearme demasiado y pongo una boutique en Belgrano, un negocio de ropa para minas, eso me gusta. ¿Pero vos, de qué vas? Sos un jeta, así nunca vas a averiguar qué le pasó de verdad al Chivo.
– Creí que te gustaba el tango.
– Que lo cante no quiere decir que me guste. El tango me sangra, como la regla. Con el rock es distinto, pueden partirme la cabeza de un garrotazo esos nazis hijos de puta pero nadie me toca el culo, con el rock no soy puta, Mareco, no soy la Pecosa, soy una flaca de mi generación. Y ni sueñes con que estoy aquí sentada con vos esta noche para que me cojas, viejo choto, viejo verde, viejo perdido, qué diferencia entre vos y el Chivo, la puta madre, qué enorme diferencia con el Chivo, no puedo creer que alguna vez hayan sido amigos. Me bajo, chau.