Mientras atravesaba entonces mi mar de erecciones y nostalgias, me olvidé del mundo y de Gargano. Casi no lo reconozco cuando volví a verlo al regreso de mi viaje, las manos atadas a la espalda, amordazado.
29
Después de guardarnos en el sótano se habían olvidado de nosotros. Durante horas estuvimos mirándonos a los ojos. Yo, grogui por la droga, y Gargano, por el cachiporrazo con que lo recibieron en la planta alta del convento. Debió transcurrir por lo menos la mitad del día hasta que sentí que volvía a tomar posesión de mis capacidades motrices; pese a estar amordazado y atado como un bebé meón, con mucho esfuerzo y paciencia pude acercarme a Gargano y aflojar sus ligaduras. Sentir sus manos libres lo ayudó a recuperar su autoestima: se frotó primero las muñecas y después todo el cuerpo entumecido, y me quitó de mala gana la mordaza.
– Debería dejarte aquí pero me da pena por las ratas, podrían intoxicarse si te pegan un mordisco -dijo mientras me desataba sin apuro-. Hay que ser pelotudo.
– ¿Dónde está mi odalisca?
Emergimos del sótano a una casa que parecía la cárcel de Caseros después de un motín. Botellas, copas y gente tirada, y mucamas de uniforme pasando el lampaso por entre los cuerpos de los rezagados que todavía dormían sus monas, volcándolos a un lado y otro para que no quedara baldosa sin repasar. En los jardines, risas de chicos en las piletas y un par de buenas minas sin corpiños.
– ¿Qué es esto, una colonia de nazis en vacaciones?
– Tuvimos una pesadilla, Mareco. Mejor olvidarla.
Salimos de la residencia del Franciscano sin que nadie nos preguntara quiénes éramos ni nos dijera vuelvan pronto.
No encontramos el auto. Gargano llamó a la agencia para denunciar el robo pero le dijeron que ellos mismos habían pasado a buscarlo esa mañana, advertidos por un señor muy educado que pagó todos los gastos con tarjeta Diners. ¿Qué señor? Pidió absoluta reserva sobre su identidad, le dijeron a Gargano que, celular en mano, parecía un campeón de boxeo en decadencia y contra las sogas en su último combate.
Decidimos, decidió Gargano, volver a Buenos Aires en tren.
– Por las dudas, la ruta se pone peligrosa en verano -dijo sin convencerme.
Durante el viaje se encerró en el coche bar y se tomó un whisky cada cincuenta kilómetros.
– La ley de las compensaciones, no probé un trago en toda la noche, no estuve de fiesta como vos -se justificó mientras me compadecía porque se me partía la cabeza y tomaba coca diet y aspirinas.
– ¿Qué pasó en la planta alta? -le pregunté por vigésima vez cuando llegamos a Constitución, al pie del taxi que había llamado para él solo.
– Volvé a tu casa en colectivo, Mareco, necesito inmediatas vacaciones de tu cara.
– ¿Qué viste allá arriba? -insistí.
Subió a su taxi y un pibe le cerró la puerta. Gargano le dio una moneda, diciéndole que se la gastara en pegamento.
Transpiraba y miraba el mundo por la ventanilla del auto con el desolado cansancio de un viejo perro san bernardo echado junto a la estufa.
– ¿Qué vi? Una reunión de gabinete con todos los ministros, eso vi.
Subió la ventanilla y el auto arrancó despacio. «Borrate, Mareco», insistió todavía, lo leí en sus labios detrás del vidrio.
Volví a casa en colectivo.
30
Una de cal y otra de arena. Llamé a Gustavo, mi hijo mayor, y comimos juntos esa noche. Gustavo eligió un bonito restorán en las Barrancas de Belgrano y me contó que Matías, el fabricante de calzado, se separaba de la bruja para irse a vivir con él. Se lo veía feliz.
– ¿Y los críos?
– Como en cualquier separación. Sufrirán, supongo.
– Pero no es «cualquier separación».
– Sos un dinosaurio, viejo. Un divorcio es siempre un divorcio, los pibes son las arterias y el paquete de nervios del brazo que te amputan. Pero todo a la larga cicatriza.
Alarmado tal vez por mi mirada, me explicó para evitarme un colapso andropáusico que los hijos del zapatero se quedarían con su madre, papá se separaba y se iba a vivir con un amigo, les dirían, sin mencionarles que el amigo soñaba con que algún día aquel par de huérfanos posmodernos le dijeran mamá.
– Pero hay que saber esperar. Aunque los prejuicios y los miedos estén en retirada, todavía presentan batallas -dijo, tan seguro como Fidel Castro después del asalto al Moncada, de que el porvenir le daría la razón y la Historia lo absolvería.
Más que dinosaurio, soy un pterodáctilo. Me cuesta penetrar en el complejo follaje de las relaciones humanas. Veo la foto aérea, el paisaje desde arriba parece bonito, regular: el campo con sus potreros sembrados, las ciudades cuadriculadas, los ríos serpenteantes y las voluptuosas costas del mar. Pero ese perfecto mapamundi se me hace trizas cuando aterrizo y tengo ante mis narices relaciones como la de Gustavo.
Llamé a mi ex mujer para desahogarme pero en el pecado, la penitencia: la culpa era sólo mía.
– ¡De qué culpa me hablás si se lo ve espléndido! Es arquitecto, le va bastante bien con su profesión y consiguió al hombre que lo quería. Ojalá yo, a su edad, hubiera encontrado una mujer que me quisiera y comprendiera como el zapatero a Gustavo.
Colgó pero volvió a llamar para que la escuchara llorar, quejarse de la vida que se le había arruinado por compartir conmigo los mejores años, «a lo mejor vos tenés la misma inclinación sexual de Gustavo y nunca te atreviste a ser maricón con todas las de la ley», dijo y colgó con furia sacrosanta. Le envié por Gustavo el dinero que me reclamaba y así pude comprarme una tregua. Gustavo dijo «lo que pasa es que la vieja está muy sola, tiene que lidiar con Huguito, que dejó el colegio y vive de noche, vuelve en pedo a las ocho de la mañana y duerme todo el día, tendrías que hablar con él, viejo, hacerte cargo, no sé, ponelo a manejar el taxi, que haga algo, ese atorrante».
Le hice caso a Gustavo, sólo para comprobar una vez más que el diálogo con adolescentes no es mi especialidad.
– ¿Por qué dejaste el cole? -le pregunté cuando conseguí despertarlo a las siete de la tarde y que atendiera el teléfono.
– No me jodas, viejo, el colegio es una mierda, no te enseñan nada útil, los profesores son burros y autoritarios, hay celadores que se creen guardiacárceles, la profe de historia todavía niega que San Martín era un mercenario de los ingleses y que Belgrano conduciendo tropa perdió todas las causas que pudo ganar como abogado, te enseñan trigonometría como si fueras a cruzar el mundo en un barco a vela y no en la clase turista de un avión de nuestra aerolínea de bandera que se compraron los españoles para vendérsela ya fundida a los norteamericanos, te hacen cantar el himno y marcar el paso, mi clase está llena de fachos que sueñan con aniquilar a los judíos, en los baños fuman marihuana y se cogen a los maricones, y las tres cuartas partes de los alumnos quieren ser contadores públicos, licenciados en comercio exterior o administradores de empresas, ni un albañil, viejo, ni qué decir de alguno que quiera ser carpintero o poeta.