– Tenés razón -admití, tragando saliva-, nada cambió demasiado en cuarenta años.
– Nada va a cambiar nunca, viejo. Y ahora dejame dormir.
Volví a manejar el taxi con la misma furia homicida con la que sale a la calle un chivato que gana cuatrocientos mangos y sabe que el comisario levanta veinte mil por mes por no molestar a los traficantes, los quinieleros y los chulos de su jurisdicción. En esos días negros me complazco en apuntar la trompa del auto a los peatones que todavía creen tener derecho a cruzar por las sendas blancas y terminan corriendo, saltando y esquivando coches como soldados que van de una trinchera a otra bajo fuego enemigo. Me va por la sangre una mezcla de adrenalina y asco por la sociedad en la que vivo, un país de culpables que niegan todos los cargos, una republiqueta en la que todavía hay tipos capaces de afirmar muy campantes que no sabían que los militares con la cabeza lavada por los norteamericanos y pagados por los civiles ricos asesinaban a mansalva en la Argentina, como si una dictadura se conformara con pintar las estaciones y las locomotoras del ferrocarril, cambiar el sentido de circulación y el nombre de las calles o cerrar el Congreso para desinfectarlo. El mismo hijo de puta que manda cartas a los diarios diciendo que en Europa esto no pasa, se hacía el otario cuando veía a los camiones del ejército vomitar soldados sobre barrios indefensos y llevarse a estudiantes, delegados sindicales, curas rojos o algún militante revolucionario que se rajaba por las azoteas cagándose a tiros para caer acribillado debajo de un tanque de agua o desangrarse en algún gallinero.
Hizo bien el Chivo en no volver. La guita y el amor le llegaron a contramano y lejos de esta patria carnicera. Pero Victoria Zemeckis, antes Pinto Rivarola, le enseñó cómo puede uno mandarse al buche una granada y taparse los oídos para que la explosión no lo aturda. Al Rubio lo habían enterrado en La Tablada, claro que del lado de afuera del cementerio. Judío, veterano de Malvinas y suicida, con una madre adoptiva que lo obligó a cogérsela a quemarropa apenas él tuvo su primera erección, metido después en la guerra de un grupo de genocidas que se quedaron viendo el mundial de fútbol por la tele. Y poco tiempo antes, en Europa, la relación con el ídolo del rugby, la figura paterna que le hundió la pija hasta hacerlo llorar mientras Venecia como siempre reventaba de turistas y de olor a cloacas, la Piazza San Marcos y los soretes flotando en los canales como en pleno Riachuelo, Chivo loco, Chivo hijo de puta que saltaste desde allá arriba arrastrando a los que se atrevieron a quererte, como un gato que engancha el mantel en un banquete y arrastra la mesa repleta de vajilla, cristalería y manjares. ¿Por qué lo hiciste?, me pregunté esa tarde mientras manejaba por Buenos Aires llevando gente a ninguna parte y apurada por nada: por qué te cogiste al pibe, por qué actuaste como un poli cebado, como un nazi del montón que se prueba el brazalete con la esvástica y se cree el führer. ¿Por la guita? ¿La guita y el amor de una impostora te subieron a alguna clase de pedestal? ¿Te creíste Dios, negro de mierda?
Hablé con la Pecosa esa noche. Me atendió como a un cliente: prestación oral cincuenta pesos y setenta la completa en un turno de media hora. Cien la hora con todos los chiches menos suplemento anal que sale treinta.
– Decime que no eras vos la que encontré en Mar del Plata -le rogué.
La voz se le cortaba, no por la emoción sino porque hablaba por el celular y en ese momento iba en el tutú de un fulano que la llevaba a bailar.
– Tiene la fantasía de salir con Cenicienta y la verdad que el auto es una carroza de príncipe. ¿Qué querés, Mareco? Estoy laburando. Claro que no era yo, sabés que no me gusta el rock y mucho menos Mar del Plata. La que se te subió al auto debió ser mi melliza.
– Parecía un clon.
– Ponele «mi clon», entonces. ¿Y qué? ¿Las putas no tenemos derecho a tener una copia que vaya por ahí de señorita seria?
Después que el príncipe la llevó a palacio, bailó con ella hasta medianoche y le puso entre las piernas el zapatito, la Pecosa me llamó a casa. Eran las cuatro de la mañana pero yo estaba despierto mirando por tele codificada la versión porno de Calígula dirigida por Tinto Brass y tomando anís porque se me había acabado el Criadores.
– ¿Qué buscás? -preguntó con voz de almeja, la espuma hasta el cuello en un purificador baño de inmersión mientras el camionero patagónico roncaba en su pieza.
– Estoy perdido en la niebla, necesito un gurú -dije.
Tosió suavemente bajo su espumoso mar privado.
– Rabindranath Gore Fernández -dijo-: ése es tu hombre.
31
Cuarenta minutos de tren hasta la estación Virreyes y caminar después apretando los dientes hacia la Panamericana, bajo faroles rotos a pedradas y entre miradas sin luz. Mucho mendigo, mucho pibe dado vuelta con pegamento, jugando al fútbol y agarrándose a trompadas, mucha mina de treinta que parece de cincuenta, mucho paragua y bolita, mucho chulo de putitas de trece o catorce años, desocupados alrededor de una cerveza en almacenes que parecen gallineros pero con precios de boutique del barrio norte: cuatro tablas, chapas, un cartel de Quilmes en la puerta y un sol de noche colgado sobre el mostrador, bebedores sentados a la vereda que es de barro viéndome pasar, aplastándose los mosquitos a cachetazos, mucha radio transmitiendo partidos y chamamés mientras allá afuera un patrullero blanco con los polis adentro y las luces apagadas, vigilando la reserva, el campo de concentración, cobrando peaje a caciques y mercaderes.
Rabindranath Gore Fernández, o el Rabi, atendía al fondo de la villa, cerca del descampado que antecede a la Pa namericana ramal a Tigre, tierra de nadie, de desesperados que destrozan los parabrisas de los autos para desplumar como a gallinas a sus ocupantes cuando frenan para no estrellarse. Por allí da el Rabi sus consejos, orienta a los débiles y consuela a los perdedores. No fue fácil llegar a él porque tiene secretaria, una vieja apestosa y desdentada que dice protegerlo de los que vienen a hacerle perder el tiempo, de los que no creen o de los que de tanto en tanto lo meten preso por ejercicio ilegal de la medicina. Pero el Rabi sobrevive, se sobrepone, entra y sale, alguien paga a sus abogados, gente de dinero que ha encontrado gracias al Rabi su sentido de la vida, «ayudar al prójimo nos abre las puertas del cielo -me dijo la vieja a manera de anticipo de la entrevista que al final decidió autorizar-, pero muchos no lo entienden y siguen juntando oro, monedas acuñadas con el dolor de los necesitados, que los llevarán al más negro y profundo de los infiernos».