Выбрать главу

Me pregunté si habría caído en la cueva de una especie de gurú socialista, de guerrillero místico, a la manera de un Che Guevara manosanta del fin del milenio. La fiebre de la desorientación es cíclica, no pasa mucho tiempo sin que la gente encuentre líderes capaces de llevarlos cantando al matadero, flautistas de Hamelín que, mirándolos con amor y sabiduría, les prometen que cruzarán sin ahogarse los torrentes y que para salvarse no hay que aprender a nadar porque alcanza con cantar y obedecer.

Pero el Rabi no lucía como un jefe guerrillero. Esmirriado y amarillento, inmovilizado por las secuelas de una poliomielitis en un sillón que parecía de director de cine, atendía en un rancho tan precario como los del resto de la villa. Sólo lo distinguía el gentío que rondaba como moscas hasta que uno a uno eran llamados por los números que, sin correlación alguna, como los de una lotería, distribuía la vieja.

– Me acuerdo bien de Robirosa -dijo el Rabi, después de cuatro horas de espera que soporté jugando al chinchón con un grupo de albañiles sin trabajo-. Ya mayor, el hombre. Llegó aquí con una mocosa que parecía prostituta.

– Pecosa.

– No recuerdo que tuviera pecas -me corrigió y pareció arrepentirse de haberme recibido-; no doy informes personales, soplar a la policía destruiría mi karma.

Le aclaré que no era poli y me desnudó con la mirada hasta hacerme temblar.

– Usted debe cuidarse -dijo-, hay gente que empieza a sentirse muy molesta por su sola presencia en este mundo.

Le pregunté entonces si me estaba amenazando por cuenta propia o de terceros, o si lo suyo era una percepción, la sintonía fina con el otro lado que le había dado su discreta fama en los arrabales. Llamó a gritos a su secretaria y dijo que la entrevista había terminado, pero antes de que la vieja convocara a un par de levantadores de camiones que actuaban como personal de seguridad del brujo suburbano, prometí lavarle los pies y besar sus anillos si me decía qué le había pasado al Chivo Robirosa.

– Fui su amigo -dije, buscando su compasión reciclada, el lado tierno, la solidaridad, como quien cirujea en busca de un simulacro de comida o un despojo de abrigo. Chasqueó sus dedos y la secretaria vieja se esfumó como en un pase de magia de Fumanchú.

– Empiezo a ver que a su modo usted lo quería -admitió aliviado, y de pronto aquel rancho miserable se llenó con la paz de un monasterio.

Descifrando sus susurros me enteré de que el Chivo y yo teníamos un aura muy parecida, algo como una placenta en común que, en la percepción del gurú, con sólo pisar ese sitio nos había convertido en recién nacidos, en aterradas criaturas a las que había que hacer llorar para que no murieran de asfixia.

– Vino a verme por unos fuertes dolores en la zona lumbar. Le impuse mis manos y pareció aliviarse, pero volvió azotado por la angustia, tenía la espalda llagada como la de un esclavo sometido al castigo de cien latigazos. «No quiero morir -decía-, a lo mejor porque no hice todavía suficiente daño en este mundo», aferrado al salvavidas de un grosero cinismo: esa mocosa que parece prostituta lo acariciaba como a un viejo perro al que se lleva al veterinario para que se encargue de darle una muerte digna.

– Pero no fue digna -lo interrumpí.

– Contra eso luchamos -dijo el Rabi-: la tentación de emboscar al mensajero que cabalga con los despachos y los sellos siempre es grande entre los renegados de Dios.

– ¿Por qué lo mataron? ¿Quién?

– Son preguntas para la policía, no para mí.

– ¿Por qué se envileció de esa manera?

– No puedo decírselo, no lo sé -bufó cansado el gurú-. La tercera y última vez que anduvo por aquí, los dolores se le habían generalizado en todo el cuerpo, «como si alguien me golpeara mientras duermo y yo no pudiera despertar», me explicó. La imposición de manos fue entonces un recurso inútil, me sentí vacío y percibí a su alrededor el hedor de una ya intensa descomposición. Le pedí que me trajera algo, algún efecto personal y, si era posible, una imagen de aquél o aquellos que él sentía que podían dañarlo. Ya no volvió, pero un día llegó un sobre con su nombre como único remitente.

El Rabi materializó a la vieja secretaria -que no había desaparecido, navegaba entre las sombras, vigilándome- y le ordenó que le trajera ese sobre. Cada consultante tenía allí su legajo y el Chivo no había sido la excepción; en vez de radiografías e informes sobre análisis, en unos polvorientos anaqueles construidos con madera de cajón de frutas el Rabi atesoraba mechones de pelo, pañuelos, llaveros, cartas y fotografías, clasificados y ordenados según el inescrutable arbitrio que usaba la vieja para repartir los números allá afuera.

El sobre enviado por el Chivo no había sido abierto.

– Cada veintinueve de febrero hago una hoguera con las pertenencias de todos los consultantes que no han venido a verme entre un año bisiesto y otro. Lo que me traen tiene una energía que se volvería en mi contra si no pudiera librarme oportunamente de ella. Usted llegó a tiempo.

Lo dijo porque estábamos recién en la primera quincena de enero, aunque me pidió que no abriera ese sobre en su presencia. Conmigo había hecho una excepción, se ocupó de aclarar, a lo mejor porque a su manera estaba tratando de que yo no cayera en una emboscada parecida.

– Váyase, desaparezca, viaje hasta olvidar de dónde viene -fue su consejo final.

– Al Chivo no le fue muy bien borrándose -recordé.

– Nadie escapa a su destino, pero podemos huir por un tiempo de nuestra perversa idiosincrasia, borrar las huellas, cruzar los ríos y dinamitar los puentes detrás nuestro. Usted vino a verme con preguntas cuyas respuestas ya conoce. Lo mismo que Robirosa. Llegan aquí tan inocentes, como si nada ni nadie los persiguiera, pero esto no es una cálida posada en medio de la estepa. Mire a su alrededor cuando salga, vea la gente que por aquí no más se enferma y muere sin que nadie los atienda, cuente a los cirróticos y a los drogones que arden por dentro de cara al sol y a las tormentas, a los chicos de seis años alucinados por el pegamento y las palizas de sus padres violadores. Lo que haya en ese sobre no va a revelarle seguramente nada que usted no sepa. Aunque se haya pasado la vida tratando de olvidarlo, usted y Robirosa vienen de la misma placenta metafísica. Si acepta esa realidad y huye ahora mismo, a lo mejor tiene una pequeña chance de no terminar retorciéndose con los mismos dolores que atormentaron a su amigo. Si no lo hace, si se empecina en quedarse y tratar de averiguar, va a pedir a gritos que alguien llegue a dibujarle un círculo rojo en el entrecejo.

Fue suficiente. Pagué mi consulta y me alejé de aquel brujo loco sin despedirme. Corrí por el villorrio como un soldado de las fuerzas aliadas por las playas de Normandía. En la estación Virreyes seguía vivo. Subí al tren y me senté en el último asiento del último vagón. Recién al llegar a San Isidro abrí el sobre. No tenía mis gafas, no pude ver con claridad los rostros, aunque ninguna lente de aumento iría a aportarme las definiciones que negaba mi conciencia.

Diez fotos, por lo menos, había en el sobre. Casi la misma toma en todas, como si el fotógrafo hubiera temido que algo fallara en su cámara: repitió obsesivamente el registro.