– Dubatti es una sucia bestia que reacciona por instinto, se alimenta de la caca que dejan en sus nidos los grandes depredadores. Quiso limpiarte en Mar del Plata como quien aplasta un mosquito -dijo Gargano, echándole agua de la canilla al whisky y mientras cortaba rodajas de salame. En su depurado sistema metafórico, caranchos eran los jefes, y sus despachos, los nidos que todo pusilánime se esmera en sobrevolar-. Pero alguien por encima de esa maraca vieja le quitó su presa. No para matarte, si eso te tranquiliza. Por ahora, y si no me falla el olfato, sólo quieren hablar con vos.
– ¿Hablar de qué? Si no sé nada.
– Ése es tu problema, Mareco. Como en el colegio. Que te llamen a dar lección. Pero aquí nadie va a soplarte y si te ponen un uno, seguro que es de plomo y entre los ojos.
La risa de Gargano me cayó tan bien como a su perro lobo, que gruñó en la oscuridad.
– No te asustes. -Levantó su vaso y señaló vagamente hacia el rincón donde ayunaba el mastín-. Tiene pesadillas. No le doy de comer de noche para que no se duerma pero igual sueña despierto, el desgraciado. Sueña que me nombran comisario general, que me dan un despacho con aire acondicionado y lo dejo afuera.
– ¿Eso harías con tu noble mascota?
– Jamás van a ascenderme, Mareco. Son sueños de perro, nada más.
TERCERA PARTE . Fábulas de Esopo
33
La Pecosa cantó esa madrugada mejor que la Tana Rinaldi en la década del ochenta. Probablemente el productor se la hubiera cogido gratis con la excusa de la fama y no apareciese más en su pobre vida, pero ella trinaba como si el pub de la calle Brasil fuera el Viejo Almacén y tuviera a Rivero de segunda voz.
Se alarmó al verme pero le dije que había venido nada más que a chuparme un scotch, el quinto de la noche si computaba los cuatro en el loft boquense de Gargano. La acaricié en un intervalo y siguió cantando como si yo no existiera, aunque antes ensayó una especie de disculpa por agarrárselas conmigo de vez en cuando.
– Te veo tan viejo, tan sin salida, que la furia me sube como un vómito.
– Es normal -la consolé-, la decadencia es un espejo fulero en el que nadie quiere mirarse.
– Pero me gustás -dijo, antes de zambullirse en el mundo de Celedonio Flores-: casi tanto como me gustaba el Chivo.
Sonó la primera nota de Malevaje y se perdió en ella misma. La ciencia progresa, es cierto, pero jamás podrá clonar a estos personajes -pensé, magro consuelo o reivindicación-. Supe que ya no iba a darme bola por el resto de la noche y apuré el scotch para irme. Tampoco sería jamás una Edith Piaf de fin del milenio en Buenos Aires, eso estaba claro, aunque cantara como un gorrión desvelado en los balcones de la noche. Me dio pena dejarla con ese público sin coraje para aplaudirla como se merecía, aunque entendí que retozaba en ellos como en charquitos de agua fresca, los necesitaba para mojar el pico y sacudirse con sus alas la mugre de cada noche.
Volví al auto y me quedé sentado un rato, con el motor en marcha. En cinco minutos llamaría otra vez a Gustavo para avisarle a su contestador automático, tan maricón como él, que estaba vivo. Me había negado a dormir en el piso del aborrecible refugio de Gargano, pese a su afectuosa invitación: un gruñido apenas inteligible que se le escapó antes de desmayarse con la botella en la mano y sin decir hasta mañana. El perro lobo me dejó salir a regañacolmillos, Gargano me había advertido que, si me iba, cerrara el portón de un solo golpe y todo su sistema de seguridad quedaría activado.
– Si cometés la equivocación de quedarte en Buenos Aires, esperame mañana a la tarde en el zoológico -dijo cuando todavía podía enhebrar sus pensamientos-, la última vez que estuve allí, fue para llevar a mi hija más chica: los leones y las cebras todavía eran municipales.
Pidió que no lo llamara al Departamento Central porque hasta las palomas del patio volaban con micrófonos y minicámaras de video.
– Pero mi consejo es que te vayas, Mareco. Yo soy poli y me las arreglo, pero vos estás demasiado expuesto.
A las cuatro en punto llamé a Gustavo. Esta vez atendió el teléfono, rabioso porque lo había despertado.
– Ya estás grande para perder la noche, viejo. Dejá de meterte donde nadie te llama ni te necesita y andá a dormir.
Prometí no joderlo más, aunque le aclaré que, con sus desencantados diecisiete años, Huguito era más responsable y solidario que él y seguramente me ayudaría.
– Pero no te preocupes si me matan, no cargues con la culpa.
– Por supuesto que no -dijo antes de cortar.
Tuve ganas de despertar a mi ex mujer y pasarle una factura de trasnoche por los hijos que había parido, no podía dormir y el mundo me daba la espalda. «Si me matan, que sea trabajando», me dije con tono heroico y empecé a dar vueltas con el taxi.
Pero hasta los asesinos duermen entre las cuatro y las seis de la mañana. Hay cambios de turno, se baldean las conciencias como las veredas y los bares, las ideas están puestas patas para arriba, escurriéndose, y el sol anda todavía en playa de maniobras. Buscando pasajeros en la ciudad desierta, me encontré estacionando en la terminal de ómnibus. En un rato empezarían a llegar los colectivos desde el interior, sólo había que quedarse a esperar el pique.
Apenas apagué el motor, un tipo de melena grasienta y bigote recortado eligió la puerta izquierda y no la de los pasajeros para acercarse al taxi.
– ¿Por qué paraste aquí, te quedaste sin gasolina? La dotación está completa.
– Pero si no hay un solo auto -protesté.
Se agachó, como para atarse los cordones de los zapatos. Cuando el coche empezó a escorarse, me di cuenta de que me había desinflado el neumático de la rueda delantera izquierda.