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—No me gusta nada —se quejó Marsh a Jonathon Jeffers—. No es nada limpio. Y le diré más: no quiero llevar cargamentos de esclavos en mi barco. Nadie va a ensuciar el Sueño del Fevre con una carga de ese tipo ¿entendido?

Jeffers le dedicó una irónica mirada de duda.

—Vaya, capitán, si no traficamos con los esclavos, perderemos un buen montón de dinero. Habla usted como un abolicionista.

—Yo no soy uno de esos condenados abolicionistas —replicó vehementemente Marsh—, pero tengo las ideas claras. Si un caballero quiere llevar consigo uno o dos esclavos como criados, de acuerdo. Les daremos pasajes de camarote o de cubierta, no me importa. Utilizar algunos como estibadores tampoco está mal. Pero no voy a llevarlos como carga, todos encadenados por algún maldito traficante.

A la séptima noche en la ciudad, Abner Marsh se sentía extrañamente inquieto, ansioso por irse. Esa noche Joshua York apareció en la cena con algunos mapas del río en las manos. Marsh había visto muy poco a su socio desde que llegaron.

—¿Qué tal le sienta Nueva Orleans?—preguntó Marsh a York cuando éste se hubo sentado.

—La ciudad es encantadora —contestó York con una voz extrañamente turbada que hizo que Marsh levantara la vista del bollo que estaba untando de mantequilla—. Vieux Carré ha despertado mi admiración. Es sorprendentemente distinta a las demás ciudades del río que hemos visitado, casi europea, y algunas casas de la parte americana son casi tan grandes como las de allí. Sin embargo, no me gusta.

—¿Cómo es eso? —inquirió Marsh, ceñudo.

—Tengo un mal presentimiento, Abner. Esta ciudad… El calor, los colores brillantes, los olores, los esclavos. Está llena de vida Nueva Orleans, pero en sus profundidades está corroída por la enfermedad. Todo aquí es rico y hermoso: la cocina, los modales, la arquitectura; pero debajo de eso… —hizo un gesto con la cabeza—. Uno contempla los maravillosos patios, cada uno con su exquisita fuente, y luego observa todas esas carretas que venden agua del río en toneles, y se da cuenta de que el agua de las fuentes no sirve para beber. Uno saborea las ricas salsas y las especias de los manjares, y luego advierte que éstas tienen la misión de disimular el hecho de que la carne no está en buenas condiciones. Uno pasea por el barrio de St. Louis y pasea la mirada por sus mármoles y esas deliciosas cúpulas a través de las cuales se filtra la luz sobre las rotondas, y advierte entonces que se trata de un famoso emporio de esclavos donde se venden seres humanos como si fueran ganado. Incluso los cementerios son aquí lugares bellos. No hay simples tumbas y cruces de madera, sino grandes mausoleos de mármol, cada uno más altivo que el anterior, con grandes estatuas encima y refinados pensamientos poéticos grabados en piedra. Y, en cambio, dentro de cada uno hay cadáveres en descomposición, llenos de gorgojos y gusanos. Y esos cuerpos han de estar aprisionados entre piedras porque la tierra no es buena siquiera para enterrar, pues las tumbas se llenan de agua. Y, además, ese aroma pestilente flota sobre la hermosa ciudad como un velo mortuorio. No, Abner —continuó York con una mirada extraña, distante, en sus ojos grises—, me gusta la belleza, pero a veces lo que es bello a la vista esconde en su interior lo más asqueroso y malvado. Cuanto antes abandonemos la ciudad, mejor me sentiré.

—El diablo me lleve —contestó Abner —si sé decir por qué, pero yo también siento lo mismo. No se apure, podemos largarnos de aquí a toda prisa.

—Bien —asintió York con una sonrisa—. Pero antes, tengo que hacer una última tarea.

Apartó su plato y abrió el mapa que había llevado consigo a la mesa.

—Mañana al anochecer, quiero que lleve el Sueño del Fevre río abajo.

—¿Río abajo?—repitió Marsh asombrado—. Diablos, después de la ciudad no hay nada para nosotros río abajo. Algunas plantaciones, muchos pantanos y meandros, y luego el delta.

—Mire —dijo York. Su dedo trazó un itinerario Mississippi abajo—. Seguiremos el río por aquí hasta este punto, nos desviaremos por esa ensenada y descenderemos unos diez kilómetros más hasta este punto. No tardaremos mucho y podemos volver la noche siguiente a Nueva Orleans para embarcar a los pasajeros para San Luis. Quiero hacer una pequeña bajada a tierra aquí —y señaló un lugar del mapa.

Abner Marsh tenía ante sí un suculento filete pero lo ignoró, al tiempo que se inclinaba hacia adelante para observar el lugar que señalaba York.

—Cypress Landing —leyó en el mapa—. Bueno, no sé…

Echó una mirada alrededor, por el comedor principal, vacío ahora en sus tres cuartas partes al no haber pasajeros a bordo. Karl Framm, Whitey Clake y Jack Ely comían en el extremo opuesto de la gran mesa.

—Señor Framm —dijo Marsh—, ¿puede venir un minuto?

Cuando el aludido llegó hasta ellos, Marsh le señaló la ruta que York acababa de trazar.

—¿Puede usted pilotar río abajo y llegar hasta esa ensenada de ahí, o no se puede con nuestro calado?

—Algunos de estos recodos son muy anchos y profundos, pero en otros habría problemas incluso para pasar con una yola, así que no le digo nada de un vapor —contestó el piloto, encogiéndose de hombros—. Sin embargo, pese a todo, podré conseguirlo. Ahí hay embarcaderos y plantaciones, y otros vapores llegan hasta ellos, aunque la mayoría no son tan grandes como el nuestro. Será un viaje lento, eso seguro. Tendremos que echar la sonda continuamente, y deberemos tener mucho cuidado con los bancos de arena y los tocones flotantes; además, deberemos talar las ramas de los árboles con cierta frecuencia si no queremos que nos destrocen a golpes las chimeneas —se inclinó para observar de cerca el mapa—. ¿Dónde vamos? Yo sólo he hecho ese recorrido una vez o dos.

—Vamos a un lugar llamado Cypress Landing —dijo Marsh. Framm apretó los labios con gesto pensativo.

—No debe ser nada extraordinario. Allí está la plantación del viejo Garoux. Los vapores solían atracar en el embarcadero con regularidad, para cargar batatas y caña de azúcar con destino a Nueva Orleans. Garoux murió hace cierto tiempo, él y toda su familia, y no he oído gran cosa de Cypress Landing desde entonces. Aunque, ahora que recuerdo, corren algunas historias divertidas sobre esa parte. ¿Por qué nos dirigimos allí?

—Cuestión personal —intervino York—. Limítese a intentar llegar, señor Framm. Zarparemos mañana al anochecer.

—Usted es el capitán… —murmuró Framm, antes de regresar a su comida.

—¿Dónde diablos está esa leche?—se quejó Abner. Miró alrededor. El camarero, un joven negro alto y esbelto, remoloneaba junto a la puerta de la cocina—. Tráigame la cena —le gritó Marsh. El muchacho se sobresaltó visiblemente. Marsh se volvió a York—. Ese viaje… ¿es parte de lo que me contó el otro día?

—Sí —dijo simplemente Joshua.

—¿Es peligroso?—preguntó Marsh.

Joshua se encogió de hombros.

—No me gusta nada ese asunto de los vampiros —prosiguió Marsh, bajando el tono de voz hasta hacerlo casi un susurro cuando pronunció la palabra vampiro.

—Pronto terminará todo, Abner. Haré una visita a esa plantación, atenderé unos asuntos pendientes, regresaré con algunos amigos, y todo habrá acabado.

—Déjeme ir con usted en esta ocasión —dijo Marsh—. No digo que no le crea, pero me sería más fácil convencerme si pudiera ver a uno de esos… ya sabe, con mis propios ojos.