—No —contestó York, y con esto se fue, cortando en seco la escaramuza verbal con Jeffers.
En cuanto se hubo ido, los demás empezaron a levantarse también para acudir a sus tareas, pero Jonathon Jeffers permaneció en su sitio, sumido en sus pensamientos, con la vista puesta en el otro extremo del comedor. Marsh se sentó a terminar su pastel.
—Señor Jeffers, no sé qué sucede en este río. ¡Malditos poemas! ¿Qué bien ha hecho nunca esa palabrería? Si ese Byron tenía algo que decir, ¿por qué no lo expuso llano y claro, en palabras sencillas?
Jeffers le miró de repente, parpadeando.
—Lo siento, capitán —dijo—. Estaba tratando de recordar una cosa. ¿Qué decía?
Marsh se tragó un buen trozo de pastel, lo regó con un poco de café y repitió la pregunta.
—Bien, capitán —dijo Jeffers con una sonrisa de ironía—, lo principal es que la poesía es bella. El modo de encajar las palabras, los ritmos, los cuadros que pintan. Los poemas son bellos cuando se dicen en voz alta. Las rimas, la música interior, la manera de sonar —tomó un sorbo de café—. Es difícil de explicar si no se siente, pero se parece un poco a los vapores, capitán.
—Nunca he visto una poesía más hermosa que un vapor —se rió Marsh.
Jeffers sonrió.
—Capitán, ¿por qué lleva el Luz del Norte ese gran cuadro de la Aurora en la cabina del piloto? No lo necesita. Las palas rodarían igual sin él. ¿ Por qué nuestra cabina, como tantas otras, están adornadas de estrías, tallas y esculturas? ¿Por qué todo vapor que se precie está lleno de buenas maderas y alfombras y cuadros al óleo y marquetería? ¿Por qué llevan la parte superior tan florida nuestras chimeneas? El humo saldría igual si fueran lisas. —Marsh eructó y frunció el ceño—. Se podrían hacer vapores simples y sin adornos —resumió Jeffers—, pero el aspecto que tienen ahora los hace más atractivos a la vista, más agradables para navegar. Lo mismo ocurre con la poesía, capitán. Un poeta puede decir algo directamente, por supuesto, pero cuando le pone ritmo y métrica lo hace más grande.
—Bien, puede ser —dijo Marsh en tono dubitativo.
—Apuesto a que puedo encontrar un poema que incluso a usted le guste —dijo Jeffers—. Uno de Byron, precisamente. Se llama “La destrucción de Senaquerib”.
—¿Dónde está eso?
—Mejor diga ese, no eso —le corrigió Jeffers—. Un poema sobre una guerra, capitán. Tiene un ritmo maravilloso. Galopa como un caballo —se levantó y se estiró el tabardo—. Venga conmigo, se lo mostraré.
Marsh apuró los posos de su café, se retiró de la mesa y siguió a Jonathon Jeffers a popa, a la biblioteca del Sueño del Fevre. Se dejó caer agradecido sobre un gran sillón cargado de cojines mientras el sobrecargo rebuscaba las estanterías llenas de libros que rodeaban la habitación, alzándose hasta el techo.
—Aquí está —dijo Jeffers al fin, asiendo uno de los volúmenes—. Sabía que debíamos tener un libro de Byron por alguna parte.
Pasó las páginas, algunas de las cuales no habían sido cortadas todavía, y procedió a hacerlo con una uña. Al fin, encontró lo que buscaba, adoptó una pose especial y leyó “La destrucción de Senaquerib”.
Marsh hubo de admitir que el poema tenía ritmo, en especial cuando Jeffers lo recitaba, aunque la comparación con el caballo era exagerada. Con todo, le había gustado.
—No está mal —admitió cuando Jeffers hubo terminado—. Aunque no me ha gustado el final. Esos malditos predicadores siempre sacan a Dios por todas partes.
—Lord Byron no era un predicador —se rió Jeffers—. En realidad, era un inmoral, o así se decía.
Adoptó un aire pensativo y empezó a pasar páginas otra vez.
—¿Qué busca?—le preguntó Marsh.
—El poema que intentaba recordar en la mesa —contestó Jeffers—. Byron escribió otro poema sobre la noche, muy distinto a… ¡Ah, aquí está! —sonrió y repasó la página, satisfecho—. Escuche esto, capitán. Se titula “Oscuridad”. Empezó a recitar:
Mientras leía, la voz del sobrecargo había adquirido un tono profundo, siniestro; el poema seguía y seguía, más largo que cualquiera de los anteriores. Marsh perdió pronto el hilo de las palabras, pero aún así éstas le conmovieron y le provocaron un escalofrío que llenó de temor la habitación. Frases y retazos de líneas persistían en su cabeza; el poema estaba lleno de terror, de vanas plegarias y de desesperación, de locura y grandes piras funerarias, de guerra, hambre y hombres como bestias.
Y Jeffers prosiguió la lectura, presentando una imagen malévola tras otra, hasta que al fin concluyó:
Jeffers cerró el libro.
—Delira —dijo Marsh—. Se expresa como un hombre abrasado por las fiebres.
Jonathon Jeffers le sonrió levemente.
—Ya ve como Dios ni siquiera ha aparecido. Byron tenía ideas contradictorias acerca de la oscuridad, me parece. En ese poema hay una preciosa pizca de inocencia. Me pregunto si el capitán York lo conoce.
—Naturalmente —dijo Marsh, levantándose del sillón—. Deme eso —añadió, tendiendo la mano. Jeffers le cedió el libro.
—¿Interesándose por la poesía, capitán?
—Eso no debe preocuparle —replicó Marsh, guardando el libro en uno de los bolsillos—. ¿No tiene asuntos que atender en su oficina?
—Desde luego —asintió Jeffers, antes de despedirse.
Abner Marsh se quedó en la biblioteca tres o cuatro minutos más, sintiéndose bastante raro. El poema le había producido un efecto muy inquietante. Quizás, después de todo, había algo en aquello de la poesía. Decidió echarle un vistazo al libro cuando tuviera un poco de tiempo, y descubrirlo por sí mismo.
Sin embargo, de momento, tenía bastantes asuntos que despachar, y en ello pasó la mayor parte de la tarde y las primeras horas de la noche. Después, se olvidó por completo del libro que tenía en el bolsillo. Karl Framm iba a la ciudad, a cenar en el St. Charles, y Marsh decidió acompañarle. Era casi medianoche cuando regresaron al Sueño del Fevre. Mientras se desnudaba en su camarote, Marsh le echó otro vistazo al libro. Lo dejó cuidadosamente junto a la cama, se puso el camisón y se dispuso a leer un poco a la luz de la lámpara.
El poema “Oscuridad” parecía aún más siniestro de noche, en la soledad mal iluminada del camarote, aunque las palabras escritas no parecían contener la misma fría amenaza que Jeffers les había dado. Con todo, se sentía inquieto ante el poema. Volvió algunas páginas y leyó el “Senaquerib” y el “Ella camina en la belleza” y algunos otros poemas, pero sus pensamientos siguieron dando vueltas en torno al “Oscuridad”. Pese al calor de la noche, a Abner Marsh se le puso piel de gallina.