Desde el punto aventajado de observación de Abner Marsh en la cubierta superior, parecía que la ciudad entera de Nueva Orleans estuviera en llamas y que todos los barcos se dispusieran a huir. Abner se sentía incómodo como si los demás capitanes supieran algo que él ignoraba, como si también el Sueño del Fevre debiera dar presión al vapor y prepararse para regresar rio arriba. Marsh estaba ansioso por zarpar. Pese a la riqueza y esplendor del comercio de Nueva Orleans, añoraba los ríos que conocía: el alto Mississippi con sus peñascos y sus espesos bosques, el salvaje y fangoso Missouri que se zampaba los vapores sin esfuerzo, el estrecho Illinois y el rápido y peligroso Fevre. El viaje inaugural del Sueño del Fevre, Ohio abajo, le parecía ahora casi un idílico recuerdo de días mejores y menos complicados. No habían transcurrido aún dos meses y parecía una eternidad. Desde el momento que zarparon de San Luis río abajo, las cosas se habían ido complicando y cuanto más al sur llegaban, peores se ponían.
—Joshua tiene razón —murmuró Marsh para si mientras contemplaba Nueva Orleans—. Aquí hay algo podrido.
Hacía demasiado calor y demasiada humedad, había demasiados insectos capaces de hacer pensar a un hombre que el lugar era victima de una maldición. Y quizá así fuera a causa de la esclavitud, aunque Marsh no estaba muy seguro. Lo único que sabia con certeza era que deseaba decirle a Whitey que pusiera en marcha las calderas, y arrastrar a Framm o a Albright a la cabina del piloto para apartar el Sueño del Fevre del muelle y empezar a remontar la corriente. Y quería hacerlo de inmediato, antes del anochecer, antes de que llegaran ellos.
Abner Marsh deseó tanto gritar aquellas órdenes que casi se materializaron aunque permanecieron mudas en su lengua, produciendo un gusto amargo. Sentía una especie de presentimiento supersticioso acerca de la noche que se aproximaba, aunque se repetía una y otra vez que no era un hombre supersticioso. Sin embargo, tampoco estaba ciego: El cielo era cálido y sofocante y al oeste se estaba formando una tormenta, una de las grandes, quizá la misma que Dan Albright había olfateado un par de días atrás. Los barcos zarpaban, uno tras otro, por docenas. Marsh los observó alejarse río arriba y desvanecerse en las oleadas de aire cálido y se sintió cada vez más solo, como si cada barco que desaparecía en la distancia se llevara consigo una parte de su ser, un retazo de valor, un trozo de certidumbre, un sueño o una pequeña y confortadora esperanza. Cada día zarpaban muchos barcos de Nueva Orleans, se dijo, y aquel día no era distinto, sólo un día más en el río en el mes de agosto: cálido, lleno de humos y lentitud, con todo el mundo moviéndose despacio, a la espera quizá de un soplo de aire frío, o de una lluvia fresca y limpia que quitara del cielo, la humareda.
Sin embargo, otra parte de su ser, una parte más antigua y profunda, sabía que lo que estaban aguardando no era frío ni limpio, y no incluiría alivio alguno contra el calor, la humedad, los insectos y el miedo.
Abajo, Hairy Mike rugía a sus estibadores y hacia gestos amenazantes con su barra negra de hierro, pero los ruidos del muelle y las campanas y sirenas de los demás vapores ahogaban sus palabras. En el embarcadero aguardaba una montaña de carga, casi mil toneladas, que era la capacidad máxima del Sueño del Fevre. Apenas se había amontonado en la cubierta principal una cuarta parte de aquel volumen de mercancías. Llevaría horas subir el resto a bordo. Aun en el caso de estar dispuesto a hacerlo, Marsh no hubiera podido marcharse, con toda aquella carga aguardando en los muelles, Hairy Mike, Jeffers y los demás creerían que se había vuelto loco.
Deseó haber podido hablar con ellos, tal como había intentado, para concertar algún plan. Sin embargo, le había faltado tiempo. Todas las cosas empezaron a precipitarse y, aquella noche, al ponerse el sol, el tal Damon Julian subiría a bordo para cenar. No hubo tiempo para hablar con Hairy Mike o con Jonathon Jeffers, ya no había tiempo para explicar, convencer o resolver las dudas y preguntas que indudablemente surgirían. Así pues, aquella noche Abner Marsh estaría solo, o casi solo, él y Joshua en una sala llena de ellos, del pueblo de la noche. Marsh no contaba a Joshua con los demás. Era diferente, de algún modo. Y Joshua había dicho que todo saldría bien. Tenía su bebida y estaba lleno de maravillosas palabras y sueños. Sin embargo, pese a todo, Abner Marsh tenía malos presentimientos.
El Sueño del Fevre estaba tranquilo, casi desierto. Joshua había enviado a tierra a casi todos; la cena sería lo más privada posible. No era lo que Marsh hubiera querido, pero no había manera de disuadir a Joshua cuando se le metía algo en la cabeza. En el comedor, la mesa ya estaba dispuesta. Todavía no se habían encendido las lámparas, y el humo, el vapor y la tormenta que se acercaba conspiraban para hacer que la luz que se filtraba por las claraboyas pareciera mortecina, sombría y cansada. Marsh sintió que el anochecer había llegado ya al salón y al barco entero. Las alfombras parecían casi negras y los espejos estaban llenos de sombras. Tras el gran mostrador del bar, de mármol negro, un camarero limpiaba vasos, pero incluso éste parecía difuso, como una aparición. Pese a todo, Marsh le hizo un gesto de cabeza y continuó hacia la cocina, a popa de las palas. Tras las puertas de la cocina bullía la actividad; un par de pinches de Toby removían el contenido de grandes ollas de cobre o freían pollos, mientras los camareros aguardaban gastándose bromas unos a otros. Marsh olfateó los pasteles que se cocían en los enormes hornos. Se le hizo la boca agua, pero siguió adelante impertérrito. Encontró a Toby en la galería de estribor, rodeado por todas partes de pilas de jaulas llenas de pollos y palomos y, aquí y allá, algunos patos y petirrojos y aves semejantes. Los pájaros armaban un escándalo terrible. Toby alzó la vista cuando entró Marsh. El cocinero había estado matando pollos. Junto a donde se encontraba, estaban amontonados tres animales sin cabeza, y un cuarto luchaba infructuosamente por liberarse en el tajo. Toby tenia en la mano una cuchilla de carnicero.
—Hola, capitán Marsh —dijo con una sonrisa—. ¿Qué puedo hacer por usted?
—Sólo quería decirte que esta noche, cuando esté hecha la cena, quiero que bajes del barco. Nos sirves como hay que hacerlo, y luego te bajas, y te llevas a los pinches y a los camareros. ¿Comprendes, verdad? ¿Oyes lo que te digo?
—Claro que si, capitán —respondió Toby con una sonrisa—. Claro que sí. Van a hacer una pequeña fiesta, ¿no?
—No te preocupes de eso —dijo Marsh—. Limítate a bajar a tierra en cuanto termines el trabajo, ¿de acuerdo?
Se volvió para irse, con el rostro rígido y severo. Sin embargo, algo le hizo volverse:
—Toby.
—¿Si, señor?
—Ya sabes que nunca he sentido mucho aprecio por la esclavitud, aunque tampoco haya hecho gran cosa por combatirla. Lo haría, pero esos malditos abolicionistas son como predicadores. Sólo quería decirte que he estado pensando y me parece que, después de todo, los abolicionistas tienen razón. No se puede andar utilizando a otro tipo de personas como si no fueran tales personas. ¿Sabes a qué me refiero? Esto debe terminar, tarde o temprano. Será mejor si termina pacíficamente, pero si no es así, tendrá que ser a sangre y fuego, ¿sabes? Quizá sea eso lo que vienen diciendo los abolicionistas desde hace tiempo. Hay que ser razonable, desde luego, pero si así no funciona, hay que volverse resolutivo. Hay cosas que están muy mal, y hay que terminar con ellas.