—No lo sé, capitán —contestó Green—. Quiero decir que, si no viene con usted, no tengo ni idea. No ha pasado por San Luis, desde que se lo llevó usted río abajo en julio pasado. Sin embargo, oímos decir que…
—¿Sí? ¿Qué?
—La fiebre, señor. Oímos que había habido un brote de fiebre amarilla a bordo del Sueño del Fevre en Bavou Sara. Llegó la noticia de que la gente moría como moscas; sí, como moscas. Oímos que también usted y el señor Jeffers habían muerto. Es por eso que no esperábamos… Al enterarnos de eso, creímos que lo habrían quemado, capitán. Al barco, claro.—Green se quitó la visera y se rascó la cabeza—. Supongo que ha superado usted la enfermedad, capitán. Me alegro de saberlo. Pero… si el Sueño del Fevre no viene con usted, ¿dónde se encuentra? ¿Está seguro de que no ha venido con él y quizá le ha olvidado? He oído decir que la fiebre le debilita a uno la memoria terriblemente…
Abner Marsh frunció el ceño.
—Yo no he tenido la fiebre, y claro que puedo distinguir un vapor de otro, señor Green. He venido en el Princesa. Estuve enfermo una semana más o menos, es cierto, pero no fue de la fiebre. Pillé un buen resfriado a consecuencia de haber caído al maldito río, donde casi me ahogo. Así fue como perdí el Sueño del Fevre, y ahora pretendo encontrarlo otra vez, ¿me oye?—dio otro bufido—. ¿Qué diablos es todo eso de la fiebre amarilla? ¿De dónde lo ha sacado?
—La tripulación, capitán. Los que bajaron en Bayou Sara. Algunos se pasaron por aquí cuando llegaron a San Luis, hará una semana. Algunos pidieron trabajo en el Eli Reynolds, capitán, pero la tripulación estaba completa, naturalmente, y tuve que decirles que fueran a otra parte. Espero haber hecho bien. Usted no estaba aquí, y tampoco el señor Jeffers, y pensé que los dos estaban muertos, así que no supe de dónde esperar instrucciones.
—No se preocupe por eso —dijo Marsh. Las noticias le animaron un poco. Aunque Julian y su grupo se hubieran apoderado del vapor de Marsh, al menos una parte de la tripulación se había salvado—. ¿Quiénes vinieron?
—Bueno, vi a Jack Eli, el segundo maquinista, y algunos camareros, y un par de fogoneros, Sam Klide y Sam Thompson. Y algunos más.
—¿Queda alguno de ellos por aquí todavía?
Green se encogió de hombros.
—Como no pude darles trabajo, fueron a buscarlo en otros barcos, capitán. No sé…
—¡Maldita sea! —masculló Abner.
—¡Aguarde! —dijo el agente, levantando un dedo—. ¡Ya sé! Fue el señor Albright, el piloto, uno de los que me habló de la fiebre. Estuvo aquí hace cuatro días, y no quería trabajo. Ya sabe, señor, él es piloto de la parte baja del río, así que el Eli Reynolds no le interesaba. Dijo que tenía una habitación en el “Albergue de los Plantadores” hasta que encontrara un puesto en uno de los barcos mayores, en un buen vapor de ruedas a los costados.
—¿Albright, eh? —murmuró Marsh—. ¿Qué hay de Karl Framm? ¿Le ha visto? Si Framm y Algribht han dejado el Sueño del Fevre, el barco no será difícil de encontrar. Sin pilotos cualificados, no puede moverse.
—No —dijo Green moviendo la cabeza—. No he visto al señor Framm.
Las esperanzas de Marsh se esfumaron. Si Karl Framm seguía a bordo, el Sueño del Fevre podía estar en cualquier lugar del río. Podía haberse ocultado en algún afluente, o quizá había regresado a Nueva Orleans mientras él se reponía en aquel puesto de leña al sur de Bayou Sara.
—Voy a hacerle una visita a Dan Albright —le dijo al agente—. Mientras tanto, quiero que escriba unas cartas. A agentes, pilotos, a todo el mundo que usted conozca desde aquí a Nueva Orleans. Pregúnteles por el Sueño del Fevre. Alguien tiene que haberlo visto. Un vapor como ese no desaparece sin más. Escriba esas cartas esta misma tarde, baje al muelle y métalas en el barco más rápido que vaya a zarpar. Quiero encontrar mi vapor.
—Sí, señor —contestó el agente. Sacó un montón de cuartillas y una pluma, la mojó en el tintero y empezó a escribir.
El empleado de la recepción del “Albergue de los Plantadores”, inclinó la cabeza en señal de bienvenida.
—Vaya, si es el capitán Marsh. Nos enteramos de su desgracia. ¡Qué cosa tan terrible! El “Bronce John” es algo perverso, vaya si lo es. Me alegro mucho de verle, capitán. De verdad.
—Bueno, bueno —contestó Abner, anonadado—. ¿En qué habitación se aloja Dan Albright?
Albright estaba limpiando sus botas. Recibió a Marsh con un frío y cortés gesto de bienvenida, volvió a sentarse, colocó un brazo dentro de una de las botas y reanudó el abrillantado como si nadie hubiera entrado en la habitación. Abner Marsh se sentó pesadamente y no malgastó el tiempo en cumplidos.
—¿Por qué abandonó el Sueño del Fevre?—le preguntó directamente.
—Por la fiebre, capitán —respondió Albright. Estudió brevemente a Marsh y reanudó su labor sin una palabra más.
—Cuénteme algo de la fiebre, señor Albright. Yo no estaba allí.
—¿No estaba?—repitió el piloto frunciendo el ceño—. Tenía entendido que usted y el señor Jeffers habían encontrado al primer enfermo…
—Pues no fue así. Siga contando.
Albright terminó de abrillantar las botas mientras relataba lo que sabía: la tormenta, la cena, el cuerpo que Joshua York, Sour Billy Tipton y el otro hombre había paseado por el salón; la huida de los pasajeros y la tripulación. Lo narró todo con las menos palabras posibles. Cuando hubo terminado, sus botas relucían. Se las calzó.
—¿Se fueron todos? —dijo Marsh.
—No —contestó Albright—. Algunos se quedaron. Había quien no conocía la fiebre amarilla tan bien como yo.
—¿Quiénes?
Albright se encogió de hombros antes de contestar.
—El capitán York, sus amigos, Hairy Mike, los fogoneros los estibadores. Supongo que tenían demasiado miedo a Hairy Mike para escapar, sobre todo en tierra de esclavos. Whitey Blake también debió quedarse, y yo pensaba que también usted y el señor Jeffers.
—El señor Jeffers está muerto —le comunicó Marsh. Alhright no respondió.
—¿Y Karl Framm? —preguntó Marsh.
—No sé decirle.
—Ustedes eran compañeros.
—Eramos muy distintos. No le vi, capitán. No sabría decirle.
Marsh frunció el ceño.
—¿Qué sucedió después de que usted cobrara su sueldo?
—Pasé un día en Bayou Sara y luego viajé con el capitán Leathers en el Natchez. Subí hasta Natchez, pasé casi una semana allí y después continué hasta San Luis en el Robert Fatk.
—¿Qué pasó con el Sueño del Fevre?
—Zarpó.
—¿Zarpó?
—Eso supongo. Cuando me desperté, a la mañana siguiente de haberse declarado la fiebre, el barco ya no estaba en Bayou Sara.
—¿Sin tripulantes?
—Debían quedar suficientes para gobernarlo, supongo.
—¿A dónde se dirigía?
—No sabría decirle —contestó Albright encogiéndose de hombros—. Desde el Natchez no alcancé a verlo, aunque pude haberlo tenido cerca sin percatarme de ello, pues no prestaba atención. Quizá volvió hacia abajo.
—Es usted una ayuda magnífica, Albright —dijo Marsh.
—No puedo decirle lo que no sé —respondió el piloto—. Quizá lo han quemado. La fiebre… No deberían haberle puesto ese nombre, supongo. Ha traído mala suerte.