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Querido Abner:

He tomado mi decisión.

Si está bien y lo desea, reúnase conmigo en Nueva Orleans en cuanto pueda. Me encontrará en el “Arbol Verde” de Gallatin Street.

Joshua York.

—¡Al infierno con él! —masculló Marsh—. Después de todos estos años, ¿cree ese estúpido que puede mandarme una de sus malditas cartas y obligarme a hacer un maldito viaje a Nueva Orleans? ¡Y sin una palabra de explicación siquiera! ¿Quién diablos se cree que es?

—Yo, desde luego, no lo sé —dijo el ama de llaves.

Abner Marsh se puso de pie.

—Mujer, dónde diablos puso mi tabaco blanco?—rugió.

CAPITULO TREINTA Y UNO

Nueva Orleans, mayo de 1870

Gallatin Street de noche parecía la calle mayor del infierno, pensaba Abner Marsh mientras se apresuraba por ella. Estaba repleta de salas de baile, bares y prostíbulos, todos ellos abigarrados, sucios y estridentes, y las aceras bullían de borrachos, prostitutas y navajeros. Las mujeres lo llamaban al verlo pasar, con cómicas invitaciones que se tornaban en risotadas cuando él no les hacía caso. Hombres de ojos fríos y duros armados de navajas y nudillos de metal le miraban de arriba abajo con abierta enemistad e hicieron que Marsh deseara no parecer tan próspero y tan condenadamente viejo. Cruzó la calle para evitar un grupo de hombres reunidos frente a un salón de baile que mostraban en sus manos cachiporras de nogal, y se encontró frente al “Arbol Verde”.

Era una sala de baile como las demás, un infierno rodeado de otros infiernos iguales. Marsh se abrió paso a un interior de luces mortecinas, humos y gente. Las parejas se movían dentro de una bruma azulada, moviéndose apenas al sol de una música vulgar y estridente. Uno de los hombres, un patán robusto y sin afeitar vestido con una camisa roja de franela, se tambaleaba por la pista con una pareja que parecía estar inconsciente. El hombre se aprovechaba de ella mientras la sostenía y la apretaba contra sí. Los demás bailarines los ignoraban. Las mujeres eran todas típicas muchachas de salas de baile, con descoloridas faldas de percal y zarrapastrosas chinelas. Mientras Marsh las observaba, el hombre de la camisa roja se tambaleó, dejó caer a su pareja y cayó sobre ella, provocando un estallido de risas. El tipo soltó una maldición y se levantó con dificultad mientras la mujer yacía en el suelo abierta de piernas. Después, cuando las risas se apagaron, se inclinó sobre ella, la asió del vestido tiró de él. La tela se desgarró y el hombre la acabó de romper y la apartó, sonriendo. La mujer no llevaba nada debajo, salvo una liga roja alrededor del muslo, en la que tenía una pequeña daga de puño rosa que acababa en forma de corazón. El hombre de la camisa roja había empezado a desabrocharse los pantalones cuando dos gorilas del local se colocaron a ambos lados de él. Eran unos tipos enormes de rostros enrojecidos, armados de puños de metal y cachiporras de roble.

—Llévala arriba —gruñó uno de ellos. El tipo de la camisa roja empezó a soltar una maldición, pero finalmente se cargó a hombros a la mujer y avanzó tambaleándose a través del humo, acompañado de risas burlonas.

—¿Quiere bailar, señor? —le susurró al oído a Marsh una chillona voz femenina. Se volvió y se quedó asombrado. La mujer debía pesar tanto como él. Tenía un color blanco pastoso e iba desnuda como el día que nació, salvo el cinturón de cuero del que colgaban dos puñales. La mujer sonreía y la pellizcó en la mejilla antes de que Marsh pudiera alejarse, abriéndose paso entre la gente. Dio una vuelta a la sala para encontrar a Joshua. En un rincón especialmente ruidoso una docena de hombres se apretujaban junto a una caja de madera, gritando y jurando mientras contemplaban una pelea de ratas. Junto a la barra los hombres se apretaban en doble fila, casi todos armados y de gesto hosco. Marsh, murmurando excusas, se abrió paso apartando a un tipo de aspecto poco recomendable con un garrote dispuesto al cinto, que hablaba acaloradamente con un individuo bajito que llevaba una ristra de pistolas. El tipo del garrote se detuvo y miró a Marsh amenazadoramente, hasta que el otro le gritó algo y volvió a atraerle a la conversación.

—Whisky —pidió Marsh, apoyándose en la barra.

—Este whisky le abrirá un agujero en el estómago —le contestó en voz baja el camarero, cuya tranquila voz se hacía oír sin problemas en el estrepitoso ambiente. Abner Marsh abrió la boca, sorprendido. El hombre que le sonreía desde detrás de la barra llevaba unos pantalones muy holgados de una tela basta, sostenidos con un cinturón de cuerda, una camisa blanca tan sucia que parecía gris, y un chaleco negro. Sin embargo, el rostro era el mismo de trece años antes, pálido y sin arrugas, enmarcado por un cabello blanco y liso, un poco revuelto en aquel momento. Los ojos grises de Joshua parecían brillar con luz propia bajo la penumbra cenicienta del salón. Extendió la mano sobre la barra y cogió a Marsh por un brazo.

—Vamos arriba —le dijo con urgencia—. Allí podremos hablar.

Mientras daba la vuelta a la barra, el otro camarero se quedó mirándolo y un tipo de aspecto duro y rostro picado de viruelas se interpuso en su camino.

—¿Dónde diablos crees que vas?—le preguntó—. Vuelve a tu sitio y sigue sirviendo whiskies.

—Me despido —le dijo Joshua.

—¿Despedirse? ¡Y yo te voy a rajar tu maldita garganta!

—¿De veras? —contestó Joshua. Aguardó paseando la mirada por el local, repentinamente silencioso, y retando a todos con su gesto. Nadie se movió—. Estaré arriba con mi amigo por si alguien quiere algo—, dijo a la media docena de gorilas que estaban apoyados en la barra. Después tomó del codo a Marsh y le condujo entre los bailarines hasta una estrecha escalerilla trasera. Arriba había un pequeño distribuidor iluminado por una única luz de gas parpadeante, y media docena de habitaciones. De detrás de una puerta cerrada surgían una serie de ruidos, gruñidos y gritos. Se abrió otra puerta y un hombre se derrumbó en el dintel, medio dentro y medio fuera, con el rostro contra el suelo. Al pasar sobre él, Marsh vio que se trataba del hombre de la camisa roja.

—¿Qué diablos le habrá sucedido?—preguntó Marsh.

Joshua York se encogió de hombros.

—Probablemente, Bridget se ha despertado, le ha atizado y se ha quedado con su dinero. Es un verdadero encanto. Creo que ha matado al menos a cuatro tipos con ese cuchillo que tiene. Por cada uno, hace una muesca en la empuñadura —sonrió—. En cuanto a sanguinario, Abner, su pueblo no tiene nada que aprender del mío.

Joshua abrió una puerta que daba a una habitación vacía.

—Entremos aquí —dijo, cerrando tras ellos después de encender una lámpara. Marsh se sentó pesadamente en una cama.

—Maldita sea —dijo—, vaya condenado lugar para vernos, Joshua. Esto es peor de lo que era Natchez-bajo-la-Colina hace veinte o treinta años. Que me aspen si esperaba encontrarle en un sitio así.

Joshua York sonrió y tomó asiento en un sillón roto y desvencijado.

—Tampoco lo esperarán Julian o Sour Billy. De eso se trata. Sé que me están buscando, pero nunca se les ocurrirá buscar en Gallatin Street y, aunque lo hagan, les resultará difícil localizarme. Julian sería atacado por su manifiesta riqueza, y a Sour Billy le conocen de vista por aquí. Se ha llevado demasiadas mujeres que nunca han regresado. Esta noche había al menos dos hombres abajo que hubieran acabado con Sour Billy nada más verle. La calle, fuera, pertenece a los Muchachos de la Cachiporra, que acabarían a golpes con Billy sólo por el placer de hacerlo, a menos que decidieran ayudarle —se encogió de hombros—. Ni siquiera la policía se atreve a entrar en Gallatin Street. Estoy más seguro aquí de lo que estaría en cualquier otra parte, y en esta calle mis hábitos nocturnos no son raros, sino completamente habituales.