– No me servirá para olvidarme.
– ¿Qué te juegas? Te daré tan duro que no serás capaz ni de pensar -dijo, yendo hacia la puerta-. Venga, pasaremos a buscar a Jock al bajar y le haremos jugar de portero.
Michael vaciló.
– Me había dicho que revisara estos cajones y viera si podía encontrar unos papeles que parecen antiguos.
– Por hoy estás excusado -dijo MacDuff, que ya cruzaba la puerta-. Necesito un poco de ejercicio.
– ¿Qué hacen esas malditas ovejas en medio del camino? -preguntó Sophie, con las manos tensas sobre la falda-. Alguien debería estar cuidando de ellas.
– Es probable que el pastor esté cerca. En Escocia hay que ser tolerante -dijo Royd, mientras avanzaba lentamente entre el rebaño-. No es grave.
– Ya sé que no es grave -dijo Sophie, humedeciéndose los labios-. Supongo que estoy nerviosa. Por amor de Dios, no las atropelles.
– ¿En serio? Yo jamás habría dicho que estás nerviosa -Royd encendió los faros del coche-. Allá está el castillo de MacDuff, un poco más adelante.
El castillo se alzaba, enorme e intimidatorio, dominando el paisaje de la campiña. A Sophie le recordaba una escena inspirada en Ivanhoe.
– Entonces, acelera. Tengo que ver a Michael.
– ¿Piensas contárselo esta noche?
– No tiene sentido dejarlo para después. Tengo que ser yo quien le cuente lo de Dave. -Frunció el ceño-. No puedo tener absoluta seguridad de que no venga alguien e intente arrestarme.
– Creo que puedes estar segura de que eso no sucederá -aseguró Royd-. Por lo que Jock me ha contado, MacDuff no es alguien a quien puedas coger por sorpresa.
– Yo no estoy segura de nada… ¡Para! -Habían estado a punto de atropellar a una oveja que había vuelto a saltar al camino. Sophie bajó del coche y asustó al animal para que saliera de en medio. Luego, volvió a subir-. Tardaremos toda la noche en llegar a la puerta.
– Creo que ya está despejado -dijo Royd, acelerando con cautela-. Tendré cuidado con el rebaño.
– No es culpa tuya. Este lugar está en el culo del mundo y me extraña que MacDuff no tenga mejores…
– Alto. -Un guardia había salido de la sombra junto a las puertas del castillo. Llevaba un M16 y, cuando el coche se detuvo, los iluminó con el haz de su linterna-. ¿La señora Dunston?
– Sí -dijo ella, y se tapó los ojos para que no la deslumbrara-. Apague eso.
– Enseguida. -El hombre estaba haciendo una comprobación con una foto que tenía en la mano-. Tenía que asegurarme. Al señor no le agradan las visitas inoportunas. Me llamo James Campbell.
– ¿De dónde ha sacado la foto?
– Jock -dijo Campbell, y miró a Royd-. ¿El señor Royd?
Éste asintió con un movimiento de la cabeza.
– ¿Ahora puede apartarse para que podamos pasar?
El hombre sacudió la cabeza.
– El señor MacDuff me dijo que lo enviara a la explanada cuando llegara. Él y el chico están allá -dijo, señalando hacia la derecha-. Pueden bajar y dar la vuelta al castillo yendo hacia el acantilado.
– No me gusta esto. -Royd abrió la puerta-. Iré yo, Sophie. Tú sigue y llega hasta el castillo. No entiendo por qué MacDuff se arriesgaría a dejar que Michael ande sólo fuera del recinto.
– ¿Arriesgarse? -preguntó James Campbell, que paret a indignado-. No hay ningún riesgo. El Señor está aquí.
Era como si hubiera dicho «Superman está aquí», pensó Sophie Era evidente que aquel hombre sentía el mismo respeto que Jok por el señor de aquellas tierras. Aquella similitud era reconfortante.
– Voy contigo -dijo Sophie, y bajó del coche-. ¿Jock está con ellos?
Campbell asintió.
– Entonces llámelo y dígale que vamos hacia allá -dijo Sophie, alcanzando a Royd.
– Podrías haber dejado que yo me ocupara de esto -dijo él, en voz baja.
– Podría -dijo ella, y apuró el paso-. Pero dudo de que haya algo de lo que ocuparse. No creo que los hombres de Sanborne estén apostados en las afueras del castillo.
– Y tú quieres ver a Michael lo antes posible.
– Ya lo creo que quiero verlo -murmuró ella-. No me hago ninguna ilusión con todo esto y quisiera que acabe.
Royd guardó silencio.
– ¿Me dejarás adelantarme y asegurarme de que todo está bien?
– Estamos en esto juntos. Yo he tomado la decisión. Si es una trampa, entonces…
– Michael.
Ella era la madre de Michael. Tenía que seguir viva para protegerlo. Sophie respiró hondo y se detuvo.
– Vale, ve tú. Si no has vuelto en cinco minutos, volveré al castillo e intentaré esquivar a Campbell en la entrada.
– No es nada fácil esquivarlo. -Era Jock, que de pronto había aparecido en el sendero. Llevaba el torso desnudo y estaba bañado en sudor, pero sonreía-. Y si lo consiguieras, tendría que despedir al pobre hombre -añadió, alzando la mano a manera de saludo y frunciendo la nariz-. Hola, Sophie, te abrazaría pero mi estado es un poco asqueroso. MacDuff y Michael me han dejado hecho un trapo.
– ¿Qué dices?
– Venid conmigo -dijo.
Dio media vuelta y desapareció en la oscuridad.
Sophie frunció el ceño mientras lo seguía. ¿Hecho un trapo? ¿De qué diablos hablaba?
Y entonces doblaron una esquina del castillo y vio la explanada. Era un trozo de terreno llano flanqueado a ambos lados por rocas enormes y lisas.
Y corriendo de un lado a otro estaban Michael y un hombre alto de pelo oscuro, con el torso desnudo e igual de sudado que Jock. Tenía el pelo recogido con un pañuelo. Los dos estaban sin aliento y reían como si no tuvieran preocupación alguna en el mundo.
Sophie se quedó mirando, asombrada. No era el Michael que ella se había imaginado durante el viaje. Parecía… libre. Sintió una ola de alegría que, enseguida, fue barrida por un sentimiento de espanto, al pensar que estaba a punto de destruir esa alegría.
– ¡Mamá! -Michael había alzado la mirada y la había visto. Ya corría hacia ella.
Sophie cayó de rodillas cuando él se lanzó a abrazarla. Lo abrazó a su vez y lo apretó con fuerza. Michael olía a sal, a sudor y a jabón. Dios, cómo lo quería. Se aclaró la garganta.
– ¿Qué haces aquí fuera? ¿Estás jugando? ¿No deberías estar en la cama durmiendo?
– Te estaba esperando -dijo Michael, y retrocedió un paso-. Y al señor MacDuff no le importa. Dice que el fútbol es bueno para el alma a cualquier hora, de día o de noche.
– Me temo que no estoy de acuerdo -dijo ella, apartándole un mechón de la frente-. En cualquier caso, no tienes mal aspecto.
– Estoy bien -dijo él, mirando por encima del hombro-. Le presento a mi madre. Mamá, te presento al conde de Connaught, Señor del castillo de MacDuff. Tiene muchos otros nombres pero no puedo recordarlos todos. Supongo que tendremos que dejarlo por hoy, señor.
– Qué pena. -MacDuff se acercaba a paso tranquilo-. Encantado de conocerla, señora Dunston. Espero que haya tenido un viaje sin sobresaltos.
– Así ha sido. Hasta que nos topamos con su rebaño de ovejas por el camino.
– ¿De verdad? -preguntó él, frunciendo el ceño.
– De verdad -dijo Sophie, que se obligó a soltar a Michael-. Tengo que hablar con mi hijo a solas. ¿Nos puede dejar un momento?
– No. -MacDuff se giró hacia Royd y le tendió la mano-. ¿Usted es Royd?
– Sí. -Royd se inclinó y estrechó la mano que MacDuff le tendía.
– ¿Puede usted acompañar a Michael y a la señora Dunston de vuelta al castillo? Tengo que hablar con Jock. Le diré que llame a James para que les enseñe sus habitaciones.
– Michael y yo podemos hablar aquí -dijo Sophie.
MacDuff negó con un gesto de la cabeza.
– Para Michael este lugar ahora es especial. No quiero que quede manchado. Hable con él en algún otro sitio. -MacDuff se giró y fue hacia donde estaba Jock.