Consigo llegar al final de la avenida Patisíon empapado en sudor pero sin grandes dificultades circulatorias. Allí cometo el gran error de tomar por la Nacional para entrar en Menidi por Metamórfosi. Por desgracia, nos encallamos a la altura de las obras de la vía Ática. Un guardia de tráfico nos desvía por uno de aquellos caminos que aún quedan de la época en que Metamórfosi era un pastizal de cabras. Me lleva casi media hora y tres metros cúbicos de polvo recorrer una distancia de doscientos metros, presa de una intensa ansiedad, porque el motor se ha calentado y temo que me deje tirado en medio del camino de cabras. Por suerte, pasado este tramo, encuentro carretera libre y tráfico rodado hasta la entrada de Tracios y Macedonios.
Un cuarto de hora después llego a la Villa Olímpica. Voy directo a las obras de alcantarillado de Erige y busco a Karanikas, el encargado. Está pegándoles la bronca a unos obreros metidos en una zanja. Me ve pero no hace caso y prosigue con su trabajo. Aguardo con paciencia a que termine, porque lo necesito.
– ¿Por qué vas detrás de lo rancio cuando hay material fresco? -Es lo primero que me dice al acercarse.
– ¿Qué es lo rancio y qué es lo fresco?
– Favieros es lo rancio y Stefanakos es lo fresco.
Su cinismo me irrita y me entran ganas de propinarle patadas.
– ¿Te parece divertido que la gente se suicide delante de todo el mundo? -pregunto, esforzándome por mantener la calma.
Él se encoge de hombros con indiferencia.
– ¿Qué esperas? ¿Que les tenga lástima por hacerle el juego a la televisión?
– ¿Qué juego?
Karanikas repite, casi palabra por palabra, los argumentos de Adrianí.
– ¡Vamos, no me digas que no te has olido que la emisora los obliga a suicidarse para subir los índices de audiencia y sus ingresos por publicidad! ¡Y dices que eres policía!
– ¿Un empresario y un político aceptan suicidarse porque se lo pide un canal de televisión?
– ¿No has oído lo que dicen? ¡Se trata de un escándalo político! ¿Quién me garantiza que la emisora no lo descubrió y los chantajeó para que se suicidaran y ellos pudieran transmitir las imágenes en exclusiva? ¿Has visto lo que ponen en la esquina superior izquierda de la pantalla? ¡«Imágenes en exclusiva»! ¿No te dice nada?
Menos mal que Adrianí no está aquí para escuchar su teoría perfeccionada. Me daría por inútil.
– Olvídate de la televisión. Yo quería preguntarte otra cosa.
– Pregunta, pero rápido. Tenemos trabajo.
– La última vez que hablamos me aseguraste que Favieros apoyaba a los obreros extranjeros.
Suelta una risotada.
– Sí, pero se acabó la época de las vacas gordas. Ahora tienen que contentarse con algún gato, algún perro suelto o, en el mejor de los casos, con alguna gallina escapada de un gallinero de Menidi. Cada uno según su suerte.
– ¿Sabes si algún inmigrante compró un piso o una casa mientras trabajaba aquí?
– ¿Alguno, dices? ¡La mayoría! No te dejes engañar por su miseria. Puro teatro. Sólo Favieros se lo creía y los ayudaba.
– ¿Les ayudaba a adquirir una vivienda?
– ¡Los animaba a hacerlo! Incluso les daba dinero por adelantado para el contrato de arras, o contribuía para que reunieran la suma necesaria, que después les descontaba poco a poco de su sueldo.
– ¿También ayudaba a los nuestros?
– Aquí no tenemos trabajadores griegos, ya te lo dije. Cuando yo le pedí un adelanto para comprar un coche nuevo, se ofreció a avalarme para un préstamo bancario. A ellos sí que les facilitaba dinero. ¡Por eso lo adoraban como salvador y juraban en su nombre!
¿Por qué no iban a hacerlo? Gracias a él, habían llegado a poseer casa propia, algo que nunca habían conseguido en su país. No sabían que los estafaba y jamás se enterarían. Ni ellos ni Karanikas, que lo tomaba por imbécil.
Capítulo 20
Llego a casa a las cuatro de la tarde, empapado como un pollo hervido. Adrianí está sentada frente a Kula en la sala de estar, con el ventilador entre ambas. Farfullo con esfuerzo un saludo y me dirijo al baño para refrescarme. Me quito la camisa, abro el grifo y pongo la cabeza bajo el chorro. Dejo que el agua corra mucho rato, hasta que se enfría un poco. Me seco, me cambio la camisa y el pantalón y me siento un poco mejor.
Adrianí y Kula se han trasladado a la cocina. La mesa está puesta y me espera, pero el calor, el embotellamiento y la Villa Olímpica me han reducido al lamentable estado de un corredor de maratón que entra en el estadio después de correr cuarenta y dos kilómetros sin fuerzas ya ni para abrir la boca.
– Siéntate a comer -dice Adrianí.
– Ya cenaré. Soy incapaz de probar bocado.
– Siéntate, porque te perderás la sorpresa y te arrepentirás.
Intercambia una mirada juguetona con Kula. Ya empiezan las conspiraciones, pienso. A pesar de ello, decido hacerle este favor para no estropear el buen ambiente que impera en casa. Adrianí me coloca delante un plato de berenjenas imam. Es una sorpresa agradable, porque las berenjenas imam son mis segundas preferidas después de los tomates rellenos. En el fondo, detesto la carne. La única carne que como a gusto es la de los suvlakis.
– ¿Y bien? ¿Qué te parece?
Me llevo un trozo a la boca.
– Muy sabrosas, te felicito.
– A mí no. ¡Las ha preparado Kula! -me corrige, pletórica de satisfacción.
– Con la ayuda de la señora Adrianí -precisa Kula, que se ha puesto colorada.
– Yo sólo le indiqué cuánto aceite tenía que poner. El resto lo hizo sola.
Calculo lo que me costará ajustar el presupuesto familiar para que ahora incluya las clases de cocina a Kula, con los ingredientes gratuitos.
– Te felicito, Kula, está muy sabroso. ¡Mi enhorabuena! -Tras recibir mi visto bueno, están listas para regresar a la sala de estar-. Aparte de cocinar ¿has podido ir a la Cámara de la Propiedad? -Se me escapa la indirecta.
Adrianí sigue su camino hacia la sala. Kula se queda en la cocina, aunque no parece que mi pregunta la haya molestado, porque sonríe relajada.
– No ha hecho falta ir a la Cámara de la Propiedad. Elias me ha proporcionado el nombre del notario.
– ¿Quién es Elias?
– Aristópulos. El empleado de Erige que me explicó lo de la empresa off-shore. -Saca un trozo de papel de su bolsillo-. El notario se llama Atanasio Kariofilis y tiene su despacho en el número 128 de la calle Solónos.
– ¿Qué te ha pedido a cambio de la información? -pregunto con malicia, porque me cuesta asimilar que haya preparado la comida sin dejar de cumplir con su trabajo.
Kula rompe a reír.
– Una copa, esta noche. Hemos quedado a las nueve y media. A las once y media, bajo los efectos del calor y del cansancio, me entrará sueño y me iré a dormir.
– Una muchacha hacendosa -comenta Adrianí cuando Kula ya se ha marchado, con la fiambrera de rigor-. Aprende deprisa, lo lleva en la sangre. -Hace una pequeña pausa y susurra, como para sí-: No como nuestra hija.
– ¿Estás bien de la cabeza? ¿Vas a comparar a Kula con Katerina? -protesto, indignado.
– No las comparo, aunque es una espina que tengo clavada. Los libros, la educación, los doctorados, todo eso está muy bien, pero ¿no podría interesarse un poco en aprender a cocinar un par de platos?