Él, en cambio, la miraba complacido. Como muchos hombres jóvenes, sometidos desde la infancia a una dura disciplina, se había acostumbrado a ocultar su ser íntimo tras una rígida arrogancia exterior. Opinaba que un hombre digno de ese nombre debía ser de hierro. Por lo demás, así era como se había mostrado en la guerra, en Polonia y Francia, y durante la ocupación. Pero obedecía no tanto a unos principios como a la impetuosidad de la extrema juventud. (Madeleine le calculaba unos veinte años, pero aún tenía menos: había cumplido los diecinueve durante la campaña de Francia.) Se mostraba benévolo o cruel según la impresión que le causaran las cosas y las personas. Si le cogía ojeriza a alguien, se las arreglaba para hacerle la vida imposible. Tras la debacle del ejército francés, le encomendaron conducir a Alemania el lamentable rebaño de prisioneros y, durante esas terribles jornadas, en las que la orden era abatir a los que flaquearan, a los que no caminaran lo bastante deprisa, lo había hecho sin remordimientos, e incluso de buena gana con quienes le resultaban antipáticos. En cambio, se había mostrado infinitamente humano y compasivo con ciertos prisioneros que le cayeron en gracia, y que en algunos casos le debían la vida. Era cruel, pero con la crueldad de la adolescencia, producto de una imaginación muy viva y sensible, totalmente ensimismada, absorta en su propia alma: el adolescente no se compadece de las desgracias ajenas, no las ve, sólo se ve a sí mismo. En esa crueldad había una parte de afectación, debida a su edad tanto como a cierta inclinación al sadismo. De tal modo que, si bien se mostraba implacable con los hombres, era extraordinariamente considerado con los animales. A su inspiración se debía una orden de la Kommandantur de Calais fechada unos meses antes. Bonnet había observado que, los días de mercado, los campesinos llevaban los pollos cabeza abajo, agarrados por las patas. «Por motivos humanitarios», tal comportamiento quedó terminantemente prohibido. Los campesinos no hicieron el menor caso, lo que aumentó la aversión de Bonnet por los franceses, «incivilizados y vanos», que por su parte estaban indignados ante semejante bando, colocado junto a otro que informaba de la ejecución de ocho hombres en represalia por una acción de sabotaje. En la ciudad del norte donde había estado acantonado, Bonnet se había encariñado con su patrona por la sencilla razón de que, un día que tenía gripe, la mujer se había tomado la molestia de llevarle el desayuno a la cama. Bonnet se acordó de su madre y de su infancia, y con lágrimas en los ojos dio las gracias a la señora Lili, antigua madame de un burdel. A partir de ese día hizo todo lo que pudo por ella: le conseguía vales de gasolina y permisos de todo tipo, pasaba las veladas con la antigua alcahueta porque, según decía el joven, estaba sola, era mayor y se aburría, y siempre que iba a París por asuntos del servicio le traía algún regalo, que le salía caro, porque no era rico.
En ocasiones, esas simpatías tenían su origen en reminiscencias musicales, literarias o, como la mañana de primavera en que se presentó en casa de los Labarie, pictóricas: Bonnet era un joven muy culto y dotado para todas las artes. La granja de los Labarie, con aquella atmósfera un tanto lúgubre y húmeda que le daba el día lluvioso, con sus gastadas baldosas rojizas, su pequeña hornacina vacía, en la que el joven teniente imaginaba una estatua de la Virgen retirada durante la última revolución, con la rama de boj bendecida encima de la cuna y el brillo de un calentador de cobre en la penumbra, tenía algo que recordaba un «interior» de la escuela flamenca. Aquella joven sentada en un sillita baja, con su hijo en brazos y un delicioso pecho medio desnudo y reluciendo en la penumbra, aquel rostro encantador de mejillas sonrosadas y frente y barbilla muy pálidos, se merecían por sí solos un cuadro. Contemplándolos, admirándolos, casi se sentía como en un museo de Munich o Dresde, solo ante una de esas telas que le producían una incomparable embriaguez sensual e intelectual aun tiempo. A partir de ese momento, esa mujer podría mostrarse fría u hostil hacía él; no le afectaría, ni siquiera lo advertiría. Lo único que le pedía, a ella como a todo lo que la rodeaba, era que le procuraran un placer puramente estético, que conservaran aquella iluminación de obra maestra, aquella luminosidad de la carne, aquel terciopelo del fondo.
En ese instante, el enorme reloj dio las doce. Bonnet sonrió casi con placer. Aquel sonido grave, profundo y un tanto cascado, que saca de aquella vieja máquina con la caja pintada, era el mismo que en más de una ocasión había creído oír mientras contemplaba un cuadro de algún pintor holandés e imaginaba el olor de los arenques preparados por la señora de la casa o el ruido de la calle que se adivinaba tras una ventana de cristales verdosos; en aquellos lóbregos interiores siempre había un reloj así.
No obstante, quería hacer hablar a Madeleine, deseaba volver a oír su voz fresca y melodiosa.
– ¿Vive aquí sola? ¿Tiene al marido prisionero, quizá?
– ¡No, no! -se apresuró a responder Madeleine.
Al recordar que Benoît se había escapado de los alemanes, volvió a asustarse; de pronto, temió que el alemán lo adivinara y detuviera al fugitivo. «Mira que soy idiota», se dijo, pero instintivamente suavizó su actitud: había que ser amable con el vencedor. Adoptando un tono ingenuo y obsequioso, preguntó:
– ¿Se quedarán ustedes mucho tiempo? Dicen que tres meses.
– No lo sabemos ni siquiera nosotros -explicó Bonnet-. Es la vida del soldado: dependemos de una orden, del capricho de los generales o del azar de la guerra. íbamos camino de Yugoslavia, pero allí todo ha terminado.
– ¡Ah! ¿Ha terminado?
– Es cuestión de días. De todas formas, hubiésemos llegado después de la victoria. Así que creo que nos tendrán aquí todo el verano, a no ser que nos envíen a África o Inglaterra.
– Y… ¿le gusta esa vida? -preguntó Madeleine con fingida candidez, pero sintiendo un leve estremecimiento de repugnancia, como si le hubiera preguntado a un caníbaclass="underline" «¿Es verdad que le gusta la carne humana?»
– El hombre ha nacido para ser guerrero, como la mujer para el descanso del guerrero -respondió Bonnet, y sonrió, porque encontraba divertido citar a Nietzsche ante aquella bonita campesina francesa-. Seguro que su marido, si es joven, piensa lo mismo.
Madeleine no respondió. En el fondo, sabía muy poco sobre las ideas de Benoît, se dijo, pese a que se habían criado juntos. Benoît era taciturno y estaba revestido de una triple armadura de pudor: masculino, campesino y francés. Madeleine no sabía ni qué odiaba ni qué amaba, sólo que era capaz de amar y de odiar. «Dios mío, que no le coja manía a este alemán», pensó.
Madeleine prestaba atención al joven oficial, pero estaba pendiente de los ruidos del camino y apenas le respondía. Las carretas pasaban de largo; las campanas tocaban el ángelus; sonaban una tras otra en el silencio del campo: primero, la de la pequeña capilla de Montmort, alegre como un cascabel de plata; luego, el grave tañido de la iglesia del pueblo, y por último el apresurado repique de Sainte-Marie, que sólo se oía cuando hacía mal tiempo y el viento soplaba de lo alto de las colinas.
– Mi familia no tardará en llegar -murmuró, colocando sobre la mesa un jarrito de porcelana crema lleno de nomeolvides-. Usted no comerá aquí, ¿verdad? -le preguntó de improviso.
El alemán se apresuró a tranquilizarla.
– ¡No, no! Las comidas las haré en el pueblo. Sólo necesito el café con leche del desayuno.
– Eso es bien fácil. Si no es más que eso, teniente…
Era una frase hecha de la región; la gente la decía sonriendo y con voz melosa, pero no significaba absolutamente nada: era una fórmula cortés que no engañaba a nadie ni comprometía a nada, una simple muestra de amabilidad. Si al final la promesa quedaba en nada, existía otra fórmula ad hoc, que, por el contrario, se pronunciaba en tono de pesar y disculpa: «¡Ah, no siempre puede hacer uno lo que le gustaría!» Pero el alemán se quedó encantado.