Entonces llamó Bing Nathan y todo volvió a ponerse patas arriba. Miles estaba trabajando en Chicago, de cocinero de platos rápidos, y el primer impulso de Morris fue ir para allá y hablar con él -no para presentarle exigencia alguna, simplemente para averiguar lo que pasaba-, pero Willa se opuso y después de llamar a California para dar la buena noticia, Mary-Lee y Korngold se pusieron del lado de ella. Su argumento era el siguiente: el chico tenía veintiún años y estaba capacitado para tomar decisiones; mientras estuviera bien de salud, no tuviese problemas con la justicia, no se encontrara en una institución para enfermos mentales y no les pidiera dinero, no tenían derecho a obligarlo a hacer nada en contra de su voluntad: ni siquiera a hablar con ellos, lo que evidentemente él no tenía intención de hacer. Hay que darle tiempo, concluyeron. Ya lo solucionará él solo.
Pero Morris no les hizo caso. A la mañana siguiente cogió un avión a Chicago y a las tres de la tarde estaba aparcado con un coche de alquiler enfrente de Duke's, una casa de comidas barata y muy frecuentada en un barrio peligroso del South Side. Dos horas después, Miles salió del restaurante con su cazadora de cuero (la que Morris le había regalado por su decimonoveno cumpleaños) y con buen aspecto, muy bueno, en realidad, algo más alto y corpulento de lo que estaba en aquel desayuno dominical de ocho meses y medio atrás; a su lado iba una mujer negra, alta y atractiva, que parecía tener alrededor de veinticinco años, y en cuanto los dos aparecieron por la puerta, Miles rodeó con el brazo los hombros de la mujer, la atrajo hacia sí y le plantó un beso en los labios. Era un beso de alegría, en cierto modo, el beso de un hombre que acaba de terminar sus ocho horas de trabajo y ha vuelto con la mujer que ama, y la muchacha rió ante ese súbito arrebato de cariño, lo abrazó y le devolvió el beso. Un momento después, iban juntos calle abajo, cogidos de la mano y hablando en esa actitud absorta e íntima que sólo es posible en la más estrecha amistad, el amor más profundo, y Morris se quedó allí sentado, inmóvil en el interior del coche alquilado, sin decidirse a bajar la ventanilla y llamar a Miles, sin atreverse a bajar de un salto y correr tras él, y diez segundos después Miles y la mujer torcieron a la izquierda por la primera esquina y desaparecieron de la vista.
Lo ha hecho tres veces más desde entonces, una en Arizona, otra en New Hampshire y la última en Florida, siempre observando desde un sitio donde no podía ser visto, el aparcamiento del almacén en el que Miles cargaba cajas en la parte de atrás de una furgoneta, el vestíbulo del hotel por donde el muchacho pasó precipitadamente ante sus ojos con uniforme de botones, el pequeño parque donde se sentó un día mientras su hijo leía El gran Gatsby para hablar luego con la guapa colegiala que leía el mismo libro, siempre pensando en dar un paso al frente y decir algo, siempre tentado de pelearse con él, de darle un puñetazo, de abrazarlo, de encerrar al chico en un abrazo y darle un beso, pero sin jamás hacer nada, sin decir nada nunca, manteniéndose oculto, observando cómo Miles se hace mayor, viendo cómo su hijo se convierte en un hombre mientras su propia vida mengua y se vuelve trivial, demasiado banal para seguir preocupándose ya por ella, escuchando la invectiva de Willa en Exeter, todo el daño que se ha causado a su pobre, maltratada Willa, Bobby en la carretera, Miles desaparecido, y sin embargo él persevera con todas sus fuerzas, nunca dispuesto del todo a abandonar; aún cree que la historia no ha llegado a su fin, y cuando pensar en ello se hace insoportable, a veces se entretiene con ensoñaciones infantiles sobre cambiar su apariencia física, disfrazarse de tal manera que ni su propio hijo lo reconocería, un demonio del disfraz al estilo de Sherlock Holmes, no sólo ropa y zapatos sino un rostro completamente ajeno, otro pelo, una voz diferente, una transformación completa, un ser que se convierte en otro, y cuántos ancianos distintos se ha inventado desde que se le ocurrió la idea: arrugados pensionistas que cojean con sus bastones o sus andadores de aluminio, viejos con sus canas al viento, su barba blanca larga y suelta, Walt Whitman en su chochez, un simpático anciano que se ha extraviado y aborda al joven para preguntarle el camino, y entonces se ponen a charlar, el viejo invita al joven a tomar una copa y poco a poco se hacen amigos, y ahora que Miles vive en Brooklyn, ahí mismo, en Sunset Park, junto al cementerio de Green-Wood, se le ha ocurrido otro personaje, un personaje neoyorquino que él llama Botellero, uno de esos hombres viejos y acabados que rebuscan comida en contenedores de basura y botellas y latas en depósitos de reciclaje, a cinco centavos la botella, ardua manera de ganarse la vida, pero son tiempos difíciles y no hay que quejarse, y en su imaginación Botellero es un mohawk, descendiente de los indios que se asentaron en Brooklyn a principios del siglo pasado, la comunidad de mohawks que llegó aquí antes que los obreros de la construcción para trabajar en los altos edificios que se levantaban en Manhattan, mohawks porque por alguna razón los miembros de esa tribu no tenían miedo de las alturas, se sentían a gusto en el aire y eran capaces de bailar entre las vigas y travesaños sin sentir el menor miedo ni el temblor del vértigo, y Botellero es un descendiente de aquella gente intrépida que construyó las torres de Manhattan, un tipo chiflado, lamentablemente, que no está muy bien de la cabeza, un viejo chalado que se pasa la vida empujando el carrito del supermercado por el barrio, recogiendo latas y cascos vacíos que le reportarán cinco centavos cada uno, y cuando Botellero hable, con frecuencia salpicará sus observaciones con lemas publicitarios absurdos, estrafalariamente inadecuados, como: «Andaría kilómetros por un Camel», «No salga de casa sin ella», o «Extienda la mano y toque a alguien», y a Miles quizá le haga gracia un hombre dispuesto a caminar kilómetros por un cigarrillo, y cuando Botellero se cansa de sus eslóganes, se pone a citar la Biblia, diciendo cosas como: «El viento tira hacia el sur y rodea al norte, va girando de continuo», o «¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará», y justo cuando Miles está a punto de dar media vuelta y marcharse, Botellero acerca la cara a la suya y grita: «¡ Recuerda, muchacho! ¡La bancarrota no es el final! ¡Sólo un nuevo comienzo!».
Son las diez de la mañana del primer día del nuevo año y está sentado en un reservado de Joe Junior's, la casa de comidas en la esquina de la Sexta Avenida con la calle Doce donde habló con Miles por última vez hace más de dos mil setecientos días, sentado, por casualidad, a la misma mesa en que estuvieron aquella mañana, comiendo huevos revueltos con tostadas untadas de mantequilla, mientras juega con la idea de convertirse en Botellero. Joe Junior's es un local pequeño, un sitio sencillo en un barrio venido a menos compuesto por un mostrador de formica con moldura cromada, ocho taburetes giratorios, tres mesas junto al ventanal delantero y cuatro reservados a lo largo de la pared norte. La comida, en el mejor de los casos, es normal y corriente, el típico menú barato compuesto por dos docenas de combinaciones de desayuno, sándwiches de jamón y queso a la plancha, ensaladas de atún, hamburguesas, bocadillos calientes de pavo y anillos de cebolla fritos. Nunca ha probado los anillos de cebolla, pero cuenta la leyenda que uno de los antiguos parroquianos, Carlton Rabb, ya fallecido, sentía tal pasión por ellos que incluyó una cláusula en su testamento para estipular que antes de que entregaran su cuerpo al eterno descanso metieran de contrabando en su ataúd una ración de anillos de cebolla de Joe Junior's. Morris es plenamente consciente de las deficiencias de Joe Junior's como establecimiento de comidas, pero entre sus ventajas se cuenta la total ausencia de música, la oportunidad de escuchar sin querer conversaciones estimulantes, a menudo muy divertidas, el amplio espectro de su clientela (de mendigos sin hogar a propietarios acomodados) y, lo más importante, el papel que desempeña en su memoria. Joe Junior's era el escenario del ritual del desayuno de los sábados, el sitio adonde llevó cada semana a los niños durante toda su infancia, los tranquilos sábados por la mañana cuando los tres salían del piso de puntillas para que Willa durmiera un par de horas más; y sentarse ahora en ese local, en ese pequeño y anodino restaurante de la esquina de la Sexta Avenida con la calle Doce, es volver a esos innumerables sábados de hace tanto tiempo y rememorar el Edén en que un día vivió.