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Le parece raro estar con ella ahora, otra vez sentado a una mesa de un restaurante neoyorquino, frente a su ex mujer y su marido, extraño porque el amor que una vez sintió por ella ha desaparecido por completo y sabe que Korngold es mucho mejor marido para Mary-Lee de lo que él hubiera sido, y es afortunada de tener a un hombre como ése que se ocupe de ella, que la sostenga cada vez que se tambalee, que le procure los consejos que ella ha escuchado y seguido durante años, que la quiera de un modo que apacigüe sus inquietudes y malos humores, mientras que él, Morris, nunca estuvo a la altura de la tarea de quererla de la forma en que necesitaba ser amada, jamás podría haberle dado consejos sobre su carrera, ni haberla ayudado a mantenerse en pie ni a comprender lo que levantaba remolinos en esa preciosa cabeza suya. Ella es mucho mejor persona de lo que era hace treinta años y todo el mérito es de Korngold, lo admira por haberla rescatado después de dos fracasos matrimoniales, por tirar las botellas de vodka y los frascos de pastillas que empezó a acumular a raíz de su segundo divorcio, por permanecer a su lado en momentos desgarradores, y además de lo que Korngold ha hecho por Mary-Lee, Morris lo admira pura y simplemente por sí mismo, no sólo porque se portó bien con su hijo durante los años en que el muchacho aún estaba con ellos, no sólo porque sufrió la desaparición de Miles como un auténtico miembro de la familia, sino porque además hace muchos años que descubrió que Simon Korngold es una persona absolutamente amable, y lo que a Morris más le gusta de él es el hecho de que nunca se queja. Todo el mundo está padeciendo la crisis, la recesión, cualquiera que sea la palabra que la gente emplee para referirse a la nueva depresión, incluidos los editores de libros, por supuesto, pero Simon se encuentra en una situación mucho peor que la suya: la industria del cine independiente ha quedado destruida, productoras y distribuidoras están cerrando una tras otra y ya hace dos años que realizó su última película, lo que significa que este otoño se ha retirado extraoficialmente y en vez de hacer cine ha aceptado un trabajo para enseñar cinematografía en la Universidad de California, pero no está amargado por eso, o al menos no da muestras de resentimiento, y lo único que dice para explicar lo que le ha pasado es que tiene cincuenta y ocho años y que producir cine independiente es labor para jóvenes. La agotadora búsqueda de capital puede destrozarte la moral a menos que estés hecho de acero, añade, y el fondo de la cuestión es que él ya no tiene temple para eso.

Pero eso viene después. La conversación sobre Winnie y «Salve, sagrada luz» y los hombres de acero no empieza hasta después de que hayan hablado de por qué Mary-Lee ha llamado a Morris hace tres horas para invitarlo a cenar con tan poca antelación. Hay noticias. Ése es el primer punto del orden del día, y momentos después de entrar en el restaurante y ocupar sus asientos a la mesa, Mary-Lee le cuenta lo del mensaje que ha encontrado en el contestador automático a las cuatro de esa misma tarde.

Era Miles, afirma. He reconocido su voz.

Su voz, dice Morris. ¿Quieres decir que no ha dicho su nombre?

No. Sólo el mensaje, un recado breve y confuso. Tal como repito, íntegramente. «Hum.» Larga pausa. «Lo siento.» Larga pausa. «Volveré a llamar.»

¿Estás segura de que era Miles?

Absolutamente.

Korngold dice: Sigo tratando de averiguar lo que quiere decir «lo siento». ¿Siente haber llamado? ¿Siente estar tan azorado como para no dejar un mensaje como es debido? ¿Siente todo lo que ha hecho?

Imposible saberlo, contesta Morris, pero yo me inclinaría por lo de azorado.

Algo va a pasar, asegura Mary-Lee. Muy pronto. Cualquier día.

He hablado con Bing esta mañana, informa Morris, sólo para asegurarme de que todo iba bien. Me ha dicho que Miles tiene novia, una joven cubana de Florida que ha venido a Nueva York a estar con él una semana o así. Creo que se ha marchado hoy. Según Bing, Miles pensaba ponerse en contacto con nosotros en cuanto ella se marchara. Eso explicaría el mensaje.

Pero ¿por qué llamarme a mí y no a ti?, pregunta Mary-Lee.

Porque Miles piensa que todavía sigo en Inglaterra y no estaré localizable hasta el lunes.

¿Y cómo sabe él eso?, pregunta Korngold.

Al parecer, llamó a mi oficina hace dos o tres semanas y le dijeron que el día 5 volvería al trabajo. Eso es lo que me ha dicho Bing, en cualquier caso, y no veo por qué iba a mentirme el muchacho.

Le debemos mucho a Bing Nathan, afirma Korngold.

Se lo debemos todo, conviene Morris. Intenta imaginarte estos siete años pasados sin él.

Tendríamos que hacer algo por él, sugiere Mary-Lee. Extenderle un cheque, regalarle una vuelta al mundo en crucero, algo.

Lo he intentado, contesta Morris, pero no quiere dinero. Se mostró muy ofendido la primera vez que se lo ofrecí, y aún se incomodó más la segunda. Me dijo: No se cobra dinero por comportarse como un ser humano. Un joven con principios. Eso es de respetar.

¿Qué más?, pregunta Mary-Lee. ¿Alguna noticia sobre cómo le va a Miles?

No mucho, contesta Morris. Dice Bing que en general se muestra muy reservado, pero que a la demás gente de la casa le cae estupendamente y él se lleva bien con todos. Callado, como de costumbre. Un tanto deprimido, como es habitual, pero luego se animó cuando llegó la chica.

Que ya se ha ido, recuerda Mary-Lee, y él ha dejado un mensaje en mi contestador diciendo que volverá a llamar. No sé qué voy a hacer cuando lo vea. ¿Cruzarle la cara de un bofetón…, o darle un abrazo y besarlo?

Las dos cosas, sugiere Morris. Primero la bofetada y luego el beso.

Después de eso dejan de hablar de Miles y pasan a Días felices, el futuro del cine independiente, la extraña muerte de Steve Cochran, las ventajas e inconvenientes de vivir en Nueva York, la novedosa opulencia de Mary-Lee (que inspira las mejillas infladas y el comentario de preciosa hipopótama), las próximas novelas de Heller Books, y Willa, ni que decir tiene que hay que preguntar por Willa, es de rigor, pero Morris no tiene deseos de contarles la verdad, ninguna gana de desahogarse y hablarles de su miedo a perderla, de que ya la ha perdido, de manera que dice que Willa está radiante, en plena forma, que el viaje a Inglaterra ha sido como una segunda luna de miel y que le resultaría difícil recordar una época en que haya sido tan feliz. Esa respuesta viene y se va en cuestión de segundos, y luego pasan a otras cosas, otras digresiones, otros comentarios sobre una serie de asuntos importantes e insignificantes, pero Willa ya está en su cabeza, no puede quitársela del pensamiento, y al ver a Korngold y su ex mujer al otro lado de la mesa, la intimidad y afabilidad de su forma de relacionarse, la furtiva y tácita complicidad que existe entre ellos, comprende lo solo que está, la soledad en que vive, y ahora que la cena está llegando a su conclusión teme volver al piso vacío de la calle Downing. Mary-Lee ha bebido el vino suficiente para encontrarse en uno de esos estados suyos expansivos y pródigos, y cuando salen los tres a la calle y se despiden, abre los brazos y le dice: Dame un abrazo, Morris. Un largo y fuerte abrazo para esta vieja gorda. Él abraza el voluminoso abrigo lo bastante fuerte para sentir la carne en su interior, el cuerpo de la madre de su hijo, y entonces ella le responde con la misma fuerza, y luego, con la mano izquierda, le da unas palmaditas en la nuca, como diciéndole no te preocupes más, pronto acabarán estos tiempos aciagos y todo quedará perdonado. Vuelve a la calle Downing a pie, con todo el frío, la bufanda roja bien enrollada al cuello, las manos hundidas en los bolsillos del abrigo, y esta noche el viento que sopla del Hudson es especialmente fuerte mientras él se dirige por Varick hacia el West Village, pero no se detiene a parar a un taxi, esta noche quiere andar, el ritmo de sus pasos lo tranquiliza como a veces lo hace la música, como los niños se calman cuando sus padres los mecen para que se duerman. Son las diez, no muy tarde, aún pasarán varias horas hasta que se vaya a la cama, y piensa que cuando abra la puerta del piso se instalará en el cómodo sillón del cuarto de estar y pasará las últimas horas del día leyendo un libro, pero cuál, se pregunta, qué libro entre los miles que atestan las dos plantas del dúplex, quizá la obra de Beckett si llega a encontrarla, piensa, la que Mary-Lee está representando ahora, de la que han hablado esta noche, o si no esa de Shakespeare, el pequeño proyecto que ha emprendido en ausencia de Willa, releer todo Shakespeare, las palabras que han llenado sus horas durante estos últimos meses entre la salida del trabajo y el sueño, y ahora le toca La tempestad, según cree, o quizás El cuento de invierno, y si esta noche le resulta imposible leer, si sus pensamientos están tan enredados con Miles y Mary-Lee y Willa como para no poder concentrarse en la lectura, verá una película por televisión, el único sedante en el que siempre se puede confiar, el tranquilizador parpadeo de imágenes, voces, música, el tirón de las historias, siempre las historias, los miles, los millones de narraciones, y sin embargo uno nunca se cansa de ellas, siempre hay espacio en el cerebro para una más, para otro libro, otra película, y tras servirse un whisky en la cocina, se dirige al salón pensando en cine, se decidirá por una película si es que esta noche ponen alguna que merezca la pena ver.