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Era su primer viaje a Nueva York, la única vez que ha puesto el pie fuera del estado de Florida, su viaje inaugural al país del invierno. Miami es la única gran ciudad que conoce, pero no lo es tanto comparada con Nueva York, y él confiaba en que no se sintiera apabullada por su inmensidad y discordancia, que no la desanimaran el ruido y la suciedad, los abarrotados vagones del metro, el mal tiempo. Imaginaba que tendría que mostrarle todo eso con cautela, como quien se adentra en un lago con un nadador novato, dándole tiempo para habituarse a las heladas aguas, dejando que ella le dijera cuándo estaba preparada para meterse hasta la cintura, hasta el cuello, y si quería, cuándo introducir la cabeza debajo del agua. Ahora que se ha ido, no puede comprender por qué sentía tanto miedo por ella, por qué o cómo había subestimado su determinación. Pilar entró corriendo en el lago, agitando los brazos, gritando de frenética alegría mientras el agua helada flagelaba su piel, y segundos después se tiraba en plancha, hundía la cabeza y se deslizaba bajo la superficie con la misma suavidad que una experimentada veterana. La pequeña se había documentado. Durante el largo viaje por la costa atlántica, asimiló el contenido de tres guías y una historia de Nueva York, y cuando el autocar se detuvo en la terminal, ya había confeccionado una lista de sitios que quería visitar, las cosas que quería hacer. Tampoco había echado en saco roto su consejo de venir preparada para las bajas temperaturas y posibles tormentas. Se había comprado unas botas de nieve, un par de jerséis de mucho abrigo, una bufanda, guantes de lana y un elegante anorak verde con una capucha bordeada de piel. Era Nanuk el esquimal, dijo él, su intrépida esquimal preparada para vencer los ataques de los climas más severos, y sí, resultaba adorable con aquella cosa, y una y otra vez le repitió que la tendencia esquimo-cubano-americana estaba destinada a marcar la moda durante años y años.

Subieron a lo más alto del Empire State Building, caminaron por las marmóreas salas de la Biblioteca Pública de la Quinta Avenida esquina con la calle Cuarenta y dos, visitaron la Zona Cero, pasaron un día yendo del Museo Metropolitano a la Colección Frick y al MoMA, le compró un vestido y unos zapatos en Macy's, cruzaron a pie el puente de Brooklyn, comieron ostras en el Oyster Bar de la Grand Central Station, vieron a los patinadores sobre hielo en el Rockefeller Center, y luego, al séptimo día de su estancia, cogieron el metro en dirección norte hasta la calle Ciento dieciséis esquina con Broadway y fueron a echar un vistazo a la Universidad de Barnard, el campus de Columbia al otro lado de la calle, los diversos seminarios y academias de música desperdigados por Morningside Heights, y le dijo: Fíjate, todo esto es posible para ti, tienes los mismos méritos que cualquiera que estudie aquí, y cuando esta primavera te envíen la carta de aceptación, cosa de la que estoy seguro, hay más del ochenta por ciento de posibilidades de que te admitan, piénsalo largo y tendido antes de decidir quedarte en Florida, ¿de acuerdo? No es que le dijera lo que tenía que hacer, simplemente le pedía que considerase cuidadosamente el asunto, que sopesara las consecuencias de aceptar o rechazar lo que con toda probabilidad le ofrecerían, y por una vez Pilar guardó silencio, no queriendo hacerle partícipe de sus pensamientos, y él no insistió para que le contestara, porque por la expresión de sus ojos estaba claro que ya reflexionaba sobre esa misma cuestión, intentando proyectarse en el futuro, tratando de imaginarse lo que podría o no significar para ella el hecho de ir a la universidad en Nueva York, y mientras paseaban por el campus desierto y estudiaban las fachadas de los edificios, sintió que Pilar cambiaba ante sus ojos, que se hacía mayor delante de él, y de pronto se hizo una idea de cómo sería dentro de diez, de veinte años, Pilar en plena lozanía de su desarrollo como mujer, Pilar ya madura personalmente y sin embargo caminando con la sombra de la muchacha pensativa que ahora paseaba a su lado.

Ojalá hubieran estado solos aquellos once días, viviendo y durmiendo en una habitación o un apartamento sin nadie más, pero la única posibilidad a su alcance era la casa de Sunset Park. Un hotel habría sido perfecto, pero no tenía dinero para eso y además estaba la cuestión de la edad de Pilar, y aunque hubieran podido permitirse un alojamiento por todo lo alto, en Nueva York existía el mismo riesgo que en Florida y no estaba dispuesto a asumirlo. Una semana antes de Navidad, habló con Ellen de la posibilidad de coger las llaves de alguno de los apartamentos vacíos que su inmobiliaria tenía en alquiler, pero poco a poco fueron convenciéndose de que era una idea absurda. No sólo había el peligro de que Ellen se encontrara en un grave apuro y se viera despedida al instante del trabajo, justo una de las muchas cosas horribles que podrían pasarle, sino que imaginaron lo que sería meterse en un sitio sin muebles, sin cortinas ni persianas, sin electricidad, sin cama para dormir, y ambos comprendieron que sería mucho mejor quedarse en la destartalada casucha frente al cementerio de Green-Wood.

Pilar sabe que ocupan ilegalmente la casa y no lo aprueba. No sólo porque no está bien infringir la ley, explica ella, sino porque le da miedo que le ocurra algo a él, algo malo, irreversible, y qué irónico sería, prosigue ella (ya han mantenido esta conversación por teléfono más de una vez), que se hubiera marchado de Florida para no ir a la cárcel y acabaran encerrándolo en el norte. Pero por eso no lo mandarían a prisión, la tranquiliza, lo peor que puede pasar es un desalojo intempestivo, y no debe olvidar que vivir ahí es una componenda provisional para él, porque una vez que vuelva a Florida el 22 de mayo, su pequeña aventura de entrar sin autorización en propiedad ajena habrá terminado. En ese punto de la conversación, Pilar se pone invariablemente a hablar de Angela y maldice a su condenada y avariciosa hermana por haberles hecho eso, qué tremenda injusticia, qué asquerosidad, y ahora vive de continuo con el miedo de que le pase algo y la culpa es exclusivamente de Angela.

Como la casa le daba miedo, quería estar en ella el menor tiempo posible. Por motivos muy diferentes, a él le ocurría lo mismo, con lo cual anduvieron de un sitio para otro durante la mayor parte de su estancia, sobre todo por Manhattan, cenando en restaurantes la mayoría de las veces, en establecimientos baratos para no dilapidar el dinero, casas de comida rápida y pizzerías y puestos de comida china, y el noventa por ciento del tiempo que pasaban en casa se quedaban en la habitación, haciendo el amor o durmiendo. Sin embargo, estaban los inevitables encuentros con los demás, los desayunos por la mañana, las coincidencias frente a la puerta del cuarto de baño, la noche en que volvieron a casa a las diez y Alice los invitó a su habitación a ver una película, que describió como su «obsesión del momento», una película titulada Los mejores años de nuestra vida, porque quería saber lo que opinaban de ella (él le dio un notable alto en conjunto y un sobresaliente en fotografía, Pilar le confirió un sobresaliente por todo), pero el objetivo de Miles consistía en mantener al mínimo los contactos de Pilar con el resto de la casa. No es que no se mostraran amables con ella, pero había observado sus rostros cuando se la presentó la primera noche y después de percibir en ellos el breve instante de conmoción al ver lo joven que era, se sentía reacio a exponerla a situaciones en que pudieran tratarla con condescendencia, hacerla de menos, herirla. Habría sido distinto de medir más de uno sesenta y cinco, de tener más pecho y caderas más anchas, pero Pilar debió de parecerles poquita cosa, muy infantil, igual que a él la primera vez que la vio, y no tenía sentido intentar que modificaran su impresión inicial de ella. Su estancia iba a ser demasiado breve para eso y en cualquier caso la quería para él solo. Para ser justo con ellos, sin embargo, no ocurrió nada desagradable. Alice convino en ocuparse de hacer la cena mientras Pilar estaba en la ciudad y por tanto a él le correspondía únicamente ir a la compra, tarea que cumplía a primera hora de la mañana, y mientras él iba a la tienda, Alice y Pilar se quedaban charlando a solas a la mesa de la cocina. La primera no tardó mucho en ver lo inteligente que era Pilar, y después, cuando salían de casa, ésta le decía lo impresionada que estaba con Alice, cuánto admiraba el trabajo que estaba realizando y lo bien que le caía. Pero Alice era la única que tendía asiduamente la mano a Pilar. Bing parecía desconcertado, un poco perplejo, confuso por su presencia, y al segundo día había adoptado una actitud jocosa para comunicarse con ella (Bing tratando de hacerse el gracioso), hablando con voz de vaquero de película, dirigiéndose a ella como «señorita Pilar» y soltando observaciones tan originales como: ¿Qué tal le va, señorita Pilar, cómo está la linda dama? Ellen se mostraba cortés pero distante, y la única vez que Jake apareció por allí, no le hizo ni caso.