Выбрать главу

Se las arregla con su nueva situación en Florida, pero es la primera vez que vive sola y ha pasado por días difíciles, sombríos, en que ha tenido que luchar contra el impulso de rendirse y llorar durante horas seguidas. Sigue llevándose bien con Teresa y Maria, pero la ruptura con Angela es absoluta y para siempre, y evita ir a la casa cuando está su hermana mayor. Maria sigue saliendo con Eddie Martinez, y el marido de Teresa, Carlos, va a venir cuando concluya su período de servicio: está previsto que en marzo lo saquen de Irak y lo destinen a otro sitio. La aburre el instituto, está harta de ir allí todas las mañanas y tiene que poner mucha fuerza de voluntad para no perderse clases, días enteros, pero sigue adelante porque no quiere defraudarle. Los demás estudiantes le parecen idiotas, sobre todo los chicos, y sólo tiene unas pocas amigas, nada más que dos o tres en clase de inglés con las que vale la pena hablar. Tiene cuidado con el dinero, gasta lo menos posible y el único dispendio imprevisto ha ocurrido justo antes de su viaje a Nueva York, cuando tuvo que poner otro carburador y bujías nuevas en el Toyota. Sigue siendo muy mala cocinera, aunque un poco menos que antes, y no ha perdido ni ganado peso, lo que significa que se las arregla perfectamente a pesar de sus deficiencias. Mucha fruta y verdura, arroz y judías, de vez en cuando un filete de pollo o una hamburguesa (ambas cosas fáciles de cocinar), y un desayuno de verdad por la mañana: melón, yogur natural y frutas del bosque, copos de avena especiales. Ha sido una extraña temporada, le dice en su último día en Nueva York, la época más rara que ha vivido nunca, y desearía que el tiempo pasara más rápidamente allá abajo, que los días no fueran tan largos, pero las manillas del reloj avanzan tan despacio como un viejo gordo subiendo una escalera de cien escalones y ahora que debe volver va a ser aún peor, porque cuando él se marchó a ella le quedaba la ilusión de que en tres semanas iría a Nueva York y eso le daba ánimos, pero ahora que tienen tres meses por delante, apenas puede hacerse a la idea, nada menos que tres meses antes de volver a verlo, y será como vivir en el limbo, corno ir de vacaciones al infierno, y todo por la estúpida fecha en su partida de nacimiento, una cifra arbitraria, un número irracional que no significa nada para nadie. Durante toda su estancia ha estado tentado de decirle la verdad sobre sí mismo, de sincerarse con ella y contarle toda la historia de principio a fin: sus padres y Bobby, su infancia en Nueva York, los tres años en Brown, el delirante autoexilio de siete años y medio, todo. La mañana que deambularon por el Village, pasaron frente a Saint Vincent's, el hospital donde nació, por el colegio 41, a cuyas aulas asistió de pequeño, por la casa de la calle Downing, el edificio donde su padre y su madrastra siguen viviendo, y luego almorzaron en Joe Junior's, la taberna familiar de los primeros veinte años de su vida, toda la mañana y parte de la tarde en el corazón de su antiguo territorio, y aquél fue el día en que más cerca estuvo de hacerlo, pero por desesperado que estuviera por contarle esas cosas de sí mismo, se contuvo y no le dijo nada. El miedo se lo impidió. Podía habérselo explicado entonces, pero no quería estropear los buenos momentos que estaban viviendo. Pilar estaba pasando apuros en Florida, con el viaje a Nueva York se había animado, recuperando su esperanza y energía de antes, y sencillamente no era el momento de confesarle sus mentiras, deprimirla con la sombría crónica de la familia Heller. Lo hará en el momento adecuado, que sólo llegará cuando haya hablado con su padre y con su madre, únicamente cuando haya visto a sus padres, sólo después de haberles pedido que vuelvan a acogerlo en su seno. Ya está preparado para presentarse ante ellos, listo para enfrentarse al horror que les causó, y sólo a Pilar le debe el coraje para hacerlo, porque, a fin de merecerla, ha debido armarse de valor.

Ella salió para Florida el 3, hace dos días. Qué espantosas las despedidas, qué tormento contemplar su rostro por la ventanilla, antes de que el autocar bajara por la rampa y desapareciese. Volvió en metro a Sunset Park y en cuanto entró en su habitación se sentó en la cama, sacó el teléfono móvil y llamó a su madre. No podría hablar con su padre hasta el lunes, pero ahora tenía que hacer algo, después de ver el autocar bajar por la rampa era imposible quedarse sin hacer nada, y si su padre no estaba disponible, entonces empezaría con su madre. Estuvo a punto de llamar primero al teatro, pensando que sería la mejor manera de localizarla, pero luego se le ocurrió que a lo mejor tenía el mismo número de móvil que siete años atrás. Llamó para averiguarlo y allí estaba su voz, anunciando al mundo que viviría en Nueva York durante los próximos siete meses y que si querías ponerte en contacto con ella, ése era el número. Era sábado por la tarde, un frío sábado de principios de enero, y supuso que en un día horrible como aquél su madre estaría en casa, con los pies calentitos y haciendo crucigramas en el sofá, y cuando llamó al número de Nueva York, estaba plenamente convencido de que contestaría al segundo o tercer tono. Pero no cogió el teléfono. Sonó cuatro veces y entonces vino un mensaje, otro mensaje con su voz, diciendo al que llamaba que no estaba en casa y que por favor esperase la señal. Lo desconcertó tanto esa circunstancia inesperada que de pronto se quedó en blanco y lo único que pudo decir fue: «Hum». Larga pausa. «Lo siento.» Larga pausa. «Volveré a llamar.»

Decidió invertir el procedimiento, volver a su plan original y hablar primero con su padre.

Ahora es lunes por la mañana, 5 de enero, y acaba de llamar a la oficina de su padre sólo para enterarse de que volvió ayer a Inglaterra para un asunto urgente. Pregunta cuándo volverá el señor Heller a Nueva York. No está claro, contesta la voz. Llame a finales de semana. Podría haber alguna noticia para entonces.

Nueve horas después, vuelve a llamar a su madre al número de Nueva York. Esta vez está en casa. Ahora coge el teléfono y contesta.

ELLEN BRICE

El dos gana al uno. El uno es mejor que el cuatro. El tres puede bastar o pasarse. El cinco es llegar demasiado lejos. El seis, un delirio.

Ahora va avanzando, adentrándose cada vez más en el inframundo de su propia nada, el lugar de su interior que coincide con todo lo que ella no es. Sobre su cabeza el cielo es gris, azul o blanco, a veces amarillo o rojo, en ocasiones púrpura. Bajo sus pies la tierra es verde o parda. Su cuerpo se yergue en la confluencia del cielo y la tierra, y es suyo y de nadie más. Sus pensamientos le pertenecen. Sus deseos, también. Encallada en el reino del uno, invoca el dos, el tres, el cuatro y el cinco. A veces el seis. En ocasiones incluso el sesenta.

Tras la deplorable escena con Alice el mes pasado, comprendió que tendría que seguir adelante ella sola. Debido al trabajo, no tiene tiempo para matricularse en un curso, no puede perder unas horas preciosas yendo y viniendo en metro a Pratt, Cooper Union o SVA. La pintura es lo que cuenta, y si quiere hacer algún progreso, debe aplicarse de continuo, con o sin profesor, con o sin modelos vivos, porque la esencia de la obra radica en su mano y, siempre que logra salir de sí misma y dejar la mente en suspenso, puede hacer que esa mano vea. Experimentando ha descubierto que el vino ayuda. Un par de vasos de vino que le hagan olvidar quién es y entonces puede seguir durante horas, con frecuencia hasta bien entrada la noche.