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No era el único que pensaba de esa manera. Hasta donde podía recordar, Miles era diferente de todos los demás, poseía una fuerza magnética, animal, que cambiaba la atmósfera siempre que aparecía en algún sitio. ¿Era la intensidad de sus silencios lo que le hacía merecedor de tanta atención, la reservada y misteriosa naturaleza de su personalidad lo que le convertía en una especie de espejo donde los demás se proyectaban, la escalofriante sensación de que estaba y no estaba allí al mismo tiempo? Era inteligente y guapo, sí, pero no toda la gente guapa e inteligente emitía esa magia, y si se añadía el hecho de que todo el mundo sabía que era hijo de Mary-Lee Swann, el único hijo de Mary-Lee Swann, puede que el aura de la fama de la actriz contribuyera a incrementar la sensación de que Miles era uno de los elegidos. Algunos tenían celos de él, por supuesto, sobre todo chicos, pero nunca chicas, aunque ¿cómo no iba a molestar a los chicos su suerte con las chicas, por ser precisamente el que ellas preferían? Incluso ahora, tantos años después, el toque Heller parece haber sobrevivido a la larga odisea de ida y vuelta hacia ninguna parte. No hay más que fijarse en Alice y Ellen. Alice lo encuentra «enteramente admirable» (cita textual), y Ellen, la querida y pobre Ellen, está loca por él.

Miles ya lleva un mes viviendo en Sunset Park y Bing se alegra de que esté con ellos, se ufana de que el Trío Anodino se haya convertido en el Cuarteto Meritorio, aunque sigue perplejo por el súbito cambio de opinión de Miles sobre venir a Brooklyn. Al principio fue que no, en la larga carta donde explicaba por qué quería quedarse en Florida, y luego la apremiante llamada al Hospital a última hora de un viernes, justo cuando Bing se disponía a cerrar y volver a Sunset Park, en la que Miles le dijo que «había ocurrido algo» y que si aún había sitio para él, aquel fin de semana cogería un autocar para Nueva York. Miles nunca dará explicaciones, por supuesto, y sería inútil pedírselas, pero ahora que está aquí, Bing se alegra de que el bueno de don Carilargo se encuentre finalmente dispuesto a hacer las paces con sus padres y acabar con esa estupidez que ya está durando mucho, demasiado tiempo, y de que su propio papel como embustero y agente doble toque pronto a su fin. No se siente culpable por haber engañado a Miles. En todo caso, está orgulloso de lo que ha hecho, y cuando Morris Heller ha llamado al Hospital esta mañana para enterarse de las últimas noticias, ha experimentado una sensación de triunfo al informarle de que Miles había llamado a su oficina mientras él estaba en Inglaterra y de que volvería a llamarlo el lunes, y ahora que Miles acaba de decirle que también ha llamado a su madre, la victoria es casi absoluta. Miles ha entrado por fin en razón y probablemente sea buena cosa que esté enamorado de Pilar, aunque ese amor resulte un tanto extraño, un poco inquietante en realidad, una chica tan joven, la última persona con la que cabría esperar que Miles se enredaría, pero bonita y encantadora sin discusión, mayor para su edad quizás, y por tanto dejemos que Miles se quede con su Pilar y no pensemos más en eso. Buenas noticias por todos lados, cosas positivas que ocurren en tantos frentes, y sin embargo ha sido un mes difícil para él, uno de los más angustiosos de su vida, y cuando no se ha estado revolcando en el lodo del desorden y la confusión, se ha visto a un paso de la desesperación. Todo empezó cuando Miles volvió a Nueva York, en el momento en que vio entrar a Miles en la tienda y lo estrechó en sus brazos y lo besó, y desde aquel día le ha parecido casi imposible no tocarlo, no querer tocar a Miles. Es consciente de que a Miles no le gusta, que lo desconciertan sus espontáneos abrazos, sus palmadas en la espalda, sus apretones en el cuello y los hombros, pero Bing no puede dejar de hacerlo, sabe que debería parar pero no puede, y como le asusta haberse enamorado de Miles, como tiene miedo de haber estado siempre enamorado de Miles, vive en un estado de desesperación.

Recuerda una excursión de hace once años, el verano después de terminar el instituto, tres chicos y dos chicas apilados en un coche pequeño con destino al norte, a las Catskills. Los padres de alguno tenían allí una casa de campo, un sitio aislado en medio del bosque con un estanque y una cancha de tenis, y Miles iba en el coche con su amor del momento, una chica llamada Annie, y también estaba Geoff Taylor con su conquista más reciente, cuyo nombre ha olvidado, y por último, pero no por eso indigno de mención, él mismo, el único sin novia, el que iba solo, como de costumbre. Llegaron tarde, entre medianoche y la una de la madrugada, y como tenían calor y estaban entumecidos después del largo viaje, alguien sugirió refrescarse en el estanque, y de pronto todos echaron a correr, se quitaron la ropa y se metieron en el agua. Recuerda la agradable sensación de chapotear en aquel lugar perdido con la luna y las estrellas sobre la cabeza, los grillos cantando en el bosque, la cálida brisa acariciándole la espalda, junto al placer de ver el cuerpo de las chicas, las largas piernas de Annie con su estómago liso y las nalgas deliciosamente redondeadas, y la novia de Geoff, menuda y regordeta, de pechos grandes y ensortijadas guedejas de pelo negro enroscadas sobre los hombros. Pero no se trataba de un placer sexual, no había nada erótico en lo que estaban haciendo, era un simple desahogo físico, el gusto de sentir el agua y el aire en la piel, de andar por ahí en una cálida noche de verano, de estar con los amigos. Él fue el primero en salir y cuando llegó a la orilla del estanque vio que los otros se habían emparejado, que las dos parejas estaban quietas, metidas hasta el pecho en el agua, besándose, y mientras observaba a Miles y Annie que se abrazaban con las bocas fundidas en un beso prolongado, le pasó por la cabeza la más extraña de las ideas, algo que lo cogió enteramente desprevenido. Annie era indiscutiblemente una chica preciosa, una de las chicas más encantadoras que había conocido en la vida, y la lógica de la situación exigía que sintiera envidia de Miles por tener a semejante preciosidad entre los brazos, por ser lo bastante atractivo para haber conquistado el afecto de tan deseable criatura, pero mientras los veía besarse en el agua, comprendió que la envidia que sentía iba dirigida a Annie, no a Miles, que quería estar en el lugar de Annie y ser él quien besara a Miles. Un momento después empezaron a andar hacia la orilla del estanque, en línea recta hacia él, y cuando salieron del agua, Bing vio que Miles tenía una erección, una erección grande, plenamente formada, y la vista de aquel rígido pene lo estimuló, lo excitó de una manera que nunca había creído posible, y antes de que Miles pisara tierra firme, Bing tenía a su vez una erección, circunstancia que lo dejó tan perplejo que volvió corriendo al estanque y se metió en el agua para ocultar su apuro.

Suprimió durante años la evocación de aquella noche, nunca volvió a ella ni en los más íntimos y oscuros reductos de su imaginación, pero entonces Miles reapareció y con él el recuerdo, y durante el último mes Bing ha estado reviviendo la escena en su cabeza cinco, diez veces al día, y a estas alturas ya no sabe quién ni qué es. ¿Acaso su reacción a aquel falo erecto atisbado hace años a la luz de la luna significa que prefiere los hombres a las mujeres, que le atrae más el cuerpo masculino que el femenino, y si es así, podría eso explicar la extraña racha de fracasos con las mujeres con las que ha tenido relaciones a lo largo de estos años? No lo sabe. Lo único que puede decir con certeza es que se siente atraído por Miles, que siempre que está con él, cosa que ocurre a menudo, piensa en su cuerpo y en aquel falo erecto, y que piensa en tocar el cuerpo de Miles y aquel pene en erección siempre que no está con él, cosa que sucede aún con mayor frecuencia, y que actuar de conformidad con esos deseos sería un grave error, una equivocación que tendría las consecuencias más horribles, porque Miles no tiene interés alguno en emparejarse con otros hombres, y si Bing sugiriese alguna vez esa posibilidad, si musitara siquiera una sola palabra de lo que le pasa por la cabeza, perdería la amistad de Miles para siempre, algo que sinceramente no desea para nada.