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Pues bien, por lo visto no era así. Ahora ella no podía con su alma, y no lo soportaba.

Tenía que ir a la oficina. La necesitaban. El personal de Colleen era demasiado reducido para admitir absentismos, sobre todo ahora que Mercedes había dimitido y que Ashling también pasaba un mal momento. Pero no le importaba. No podía sobreponerse. El cuerpo le pesaba demasiado y tenía la mente demasiado cansada.

Al final tuvo que admitir que tenía ganas de orinar. Combatió aquella realidad, fingiendo que no se producía, pero llegó un momento en que la molestia fue tan notoria que tuvo que ir al cuarto de baño. Al pasar por delante de la cocina, de regreso al dormitorio, vio la demanda de divorcio encima del mármol. No había vuelto a mirarla desde el viernes, no quería volver a mirarla jamás, pero sabía que tenía que hacerlo.

Se la llevó a la cama y, con un gran esfuerzo, la leyó. Oliver se merecía que lo odiara. ¡Qué cojones, pedirle el divorcio! Pero ¿qué esperaba? Su matrimonio había fracasado; estaba «irreparablemente afectado», en términos más técnicos, que eran los que le interesaban a Oliver.

El lenguaje de la demanda era ampuloso e impenetrable. Lisa se dio cuenta, una vez más, de que necesitaba un abogado, porque aquel era un tema que no dominaba. Leyó por encima aquellas rígidas páginas, intentando descifrar su contenido, y lo primero que consiguió entender era que Oliver solicitaba el divorcio aduciendo la «conducta irrazonable» de Lisa. Aquellas palabras le hicieron daño. No soportaba que la acusaran de haber hecho algo malo. Ella no tenía la culpa de que su matrimonio hubiera fracasado. Lo que pasaba era que cada uno buscaba algo diferente. Maldito capullo. Ella también habría podido presentar algunas acusaciones de conducta irrazonable. Pretender que Lisa se quedara en casa, preñada y esposada al fregadero. ¿Acaso no era eso irrazonable?

Pero su rabia se enfrió cuando recordó que la acusación de conducta irrazonable no era más que una fomalidad. Oliver ya se lo había explicado cuando se vieron en Dublín: tenían que presentarle un motivo al tribunal, y si Lisa lo prefería, podía demandarlo a él.

Siguió leyendo y encontró los cinco ejemplos de que le había hablado Oliver: trabajar nueve fines de semana seguidos, faltar al trigésimo aniversario de bodas de sus padres por exigencias del trabajo, cancelar sus vacaciones en Santa Lucía en el último momento porque tenía que trabajar, fingir que quería quedarse embarazada, comprarse demasiada ropa. Cada uno de esos ejemplos fue como una puñalada. Excepto la acusación de que se compraba demasiada ropa. Lisa dedujo que al llegar al ejemplo número cinco Oliver debía de haberse quedado sin acusaciones sólidas. Pagarían las costas a medias y ninguno de los dos exigiría pensión al otro.

Al parecer, Lisa tenía que firmar un documento de acuse de recibo y enviárselo al abogado de Oliver. Pero ella no pensaba firmar nada. Y no solo porque no tuviera fuerzas para levantar un bolígrafo, sino porque tenía un fuerte instinto de supervivencia.

Oyó unos golpes en la puerta y casi se le escapó la risa, pues parecía imposible que pudiera levantarse de la cama para abrir. Volvieron a llamar, pero Lisa ni se inmutó. No pensaba contestar. Oyó voces en la calle. Más golpes, esta vez más fuertes. Y luego un chirrido al levantarse la tapa del buzón.

– ¡Lisa! -llamó una voz.

Ella apenas la registró.

– ¡Lisa! -repitió la voz.

Ella la ignoró sin ningún remordimiento.

– ¡Liiiiiiiisaaaaaa! -bramó la voz. Entonces se dio cuenta de quién era. Era Beck. Bueno, ese no era su verdadero nombre, pero era uno de aquellos seguidores del Manchester United que vivían en el barrio. Aquel que tenía la voz tan fuerte-. Sé que estás ahí dentro. Aquí fuera hay un ramo de flores enorme, ¿lo quieres?

– No -contestó débilmente.

– ¿Qué?

– No.

– No te oigo. ¿Qué has dicho? ¿Que sí?

Lisa se levantó con fastidio de la cama. ¡Por el amor de Dios! Había sido fuerte toda la vida. Nunca se había dejado vencer por la tensión premenstrual, por los bajones de moral ni por nada parecido. Y una vez que decidía tener una depresión, no paraban de interrumpirla. Abrió de par en par la puerta de la calle y le gritó a Beck en la cara:

– ¡He dicho que no!

– Vale. -Beck le entregó un enorme ramo de flores envuelto con celofán y entró rápidamente en el recibidor-. Rápido, antes de que me vea alguien. Se supone que estoy en el colegio.

Lisa le echó un vistazo a las flores. Eran buenas. No eran claveles, ni esas baratas flores surtidas, sino un variado ramo de flores extrañas: cardos y orquídeas de color violeta que parecían traídos de otro planeta. ¿Quién se las había enviado? Abrió el sobre con manos temblorosas. ¿Y si había sido Oliver?

Eran de Jack.

Lo único que decía la nota era: «Todos te echamos de menos. Vuelve pronto, por favor». Pero Lisa comprendió que en realidad aquel mensaje era una disculpa. Jack se había dado cuenta de que ella iba a por él, y no estaba interesado. Sabía que ella lo sabía. Y ella sabía que él sabía que ella lo sabía, aunque de repente había dejado de importar. Pese a ser muy guapo y tener un cuerpo fenomenal, Jack no habría hecho más que causarle problemas. A él no le importaban demasiado las cosas que para ella eran fundamentales. En realidad Lisa no había hecho más que distraerse fantaseando con éclass="underline" en realidad, el disgusto se lo había causado Oliver.

Beck reclamaba su atención:

– Quiero pedirte un favor.

– ¿Qué? -dijo Lisa, empleando en pronunciar esa palabra toda la energía que le quedaba.

– Si puedes ayudarme a ponerme esto en el pelo.

Sacó un paquete del bolsillo de sus pantalones de chándal. Era una botella de tinte.

– Ah, ya. Quieres entrar en un grupo -dijo Lisa.

Beck la miró con cara de asombro e indignación.

– Vete al cuerno -exclamó-. Voy a ser extremo del Manchester United.

– Y ¿para eso necesitas hacerte mechas rubias?

– Pues claro -dijo él con desdén.

– Ahora no puedo, Beck. Tengo gripe.

– Qué va. Tú no tienes gripe -dijo encaminándose hacia el cuarto de baño; giró la cabeza y le guiñó un ojo con gesto de complicidad-. Pero si tú no me delatas, yo tampoco te delataré a ti.

Lisa se apoyó contra la pared y estuvo en un tris de ponerse a gritar, pero acabó cediendo ante su destino.

Beck salió de casa de Lisa una hora más tarde, con el pelo teñido de rubio.

– Gracias, Lisa. Eres una tía superguay.

Lisa se sentó a la mesa de la cocina y se puso a fumar. Tenía frío y quería levantarse para ponerse un jersey, pero cada vez que terminaba un cigarrillo encendía otro.

Entonces sonó el teléfono, y Lisa dio un respingo que casi la hizo caer de la silla. ¡Tenía los nervios a flor de piel! Saltó el contestador automático. No es que pretendiera cribar las llamadas, sino que no pensaba contestarlas. Pero cuando la voz de Oliver llenó la habitación, todas las células de su cuerpo se pusieron en alerta máxima.

«Hola, nena. Soy yo, Oliver. Te llamaba para decirte una cosa sobre…»

Lisa descolgó rápidamente el auricular.

– Hola. Estoy aquí.

– Hola -dijo él con voz dulce-. Ya me lo imaginaba. Te he llamado al trabajo y me han dicho que estabas en casa. ¿Has recibido la…?

– Sí.

– Te llamé el jueves y el viernes a la oficina para decirte que iba a venir, pero no pude hablar contigo. Le dije a tu secretaria que me llamaras. ¿No te dio el mensaje?

– No. -O quizá sí. Recordaba vagamente que Trix había intentado pasarle un mensaje el viernes por la mañana.

– Te habría llamado el fin de semana, pero estaba trabajando. Tuve una sesión en Glasgow con unas modelos psicóticas. Fue agotador.

– No pasa nada.

– Bueno, ya has visto, ¿no? Aunque sabíamos que esto iba a pasar, no es muy agradable, ¿verdad?