Выбрать главу

– No.

– Pero uno de los dos tenía que hacerlo. -Oliver parecía incómodo-. La verdad es que creí que lo harías tú, cielo. No entendía por qué tardabas tanto.

– Tenía mucho trabajo -balbució ella-. La revista nueva, y eso.

– Claro. Pero oye, que conste que me sentí fatal poniendo esos cinco ejemplos. No era mi intención hablar pestes de ti, como podrás imaginar. Al principio estaba muy cabreado, como es lógico, pero ahora ya no lo estoy. Me entiendes, ¿verdad? Pero las normas son las normas. Como todavía no llevamos dos años separados y el adulterio no fue la causa de nuestra separación, tenemos que presentarle motivos al tribunal.

Lisa no se atrevía a hablar. Estaba esperando a que la tormenta de llanto que se estaba preparando en su interior pasara de largo; si abría la boca ahora, estallaría.

– Lisa -insistió Oliver. Parecía preocupado.

– Yo…

– Oye…

– Es muy triste -dijo ella con voz temblorosa.

– Ya lo sé, nena. ¡Dímelo a mí! -Tras una pausa, siguió hablando como si pensara en voz alta-. Podría pasar a verte, ¿no? Quizá podamos arreglarlo todo tú y yo.

– Estás chiflado.

– No, no estoy chiflado. Piensa que los dos podemos ahorrarnos un dineral en facturas de abogados si arreglamos por nuestra cuenta las cuestiones prácticas, como la del apartamento, por ejemplo. ¿Te imaginas lo que nos van a cobrar cada vez que mi abogado le escriba una carta al tuyo? Una pasta, cariño, te lo aseguro.

»Venga, ¿por qué no? -siguió presionando-. Podemos arreglarlo tú y yo amigablemente. Mano a mano. -Como Lisa seguía sin decir nada, él insistió-: De tú a tú.

– Vale -logró decir al fin Lisa.

– ¿En serio? ¿Cuándo?

– Este fin de semana, si te parece.

– ¿No tienes que trabajar?

– No.

– Vaya, vaya -dijo Oliver en un tono que Lisa no supo interpretar. Luego se animó y agregó-: A ver si encuentro billete para el sábado. Llevaré todos los papelajos.

– Iré a recogerte al aeropuerto.

Solo una noche, se prometió Lisa. Una noche acurrucada contra su cuerpo; eso bastaría para superar la tragedia.

Colgó sin saber qué hacer a continuación. Podía acostarse otra vez, pero en cambio decidió llamar a Jack.

– Gracias por las flores.

– No tienes que darme las gracias. Solo quería que supieras que… que… siento un gran respeto por ti y que…

– Acepto las disculpas, Jack -lo atajó ella.

– ¿Disculpas? ¿Qué quieres…? -Pero Jack se interrumpió, suspiró y dijo-: De acuerdo. Gracias.

– Cuéntame qué ha pasado -dijo Lisa intentando demostrar algún interés.

– Pues muchas cosas, y muy buenas -dijo él, más animado-. Hemos tenido que reimprimir la revista. No sé si las has visto, pero las fotografías de la fiesta han salido en cinco periódicos este fin de semana, y te han invitado a un programa de la radio nacional. Cuatro personas se han ofrecido para sustituir a Mercedes, aunque no lo habíamos solicitado. Dublín es una ciudad muy pequeña. Y ya sé en qué revista va a trabajar Mercedes. No es Manhattan, sino Froth, una revista para adolescentes.

Quizá fuera porque sabía que Oliver iba a ir a verla, o por las excelentes noticias sobre Colleen, o por lo de Mercedes, pero algo había cambiado dentro de Lisa, porque cuando Jack le preguntó: «¿Crees que podrás volver a la oficina?», ella le contestó: «Sí, creo que sí».

– Estupendo -repuso Jack-. En ese caso, no será necesario que siga escribiendo este artículo sobre cosmética masculina.

– ¿Cómo dices?

– Trix me lo ha encargado. Ahora que no estáis ni tú, ni Ashling ni Mercedes, ella es el miembro con más experiencia en redacción. Se le ha subido el poder a la cabeza. Dice que va a enviar a Bernard a hacerse una limpieza de cutis, solo para ver si consigue hacerlo llorar.

– Estaré ahí dentro de una hora.

Cuando se dirigía al cuarto de baño para darse una necesaria ducha, Lisa pasó por el dormitorio y le sorprendió ver el estado en que se encontraba. Pero ¿qué demonios le había pasado? Ella no era de esas personas que se derrumban. Ella era una superviviente, tanto si le gustaba como si no. Se sentía desgraciada, por supuesto, pero con la depresión pasaba como con las lentillas de colores: les quedaban muy bien a los demás, pero no acababan de gustarle para ella.

57

Ashling se movió un poco y encontró el teléfono; lo tenía debajo, entre las sábanas. Llevaba cuatro días durmiendo con él. Marcó el número de Marcus por enésima vez y salió el contestador automático. Luego lo llamó a la oficina. Salió el buzón de voz. Y por último al móvil.

– ¿Todavía no contesta? -preguntó Joy, expresando su solidaridad; Ted y ella estaban sentados en la apestosa cama de Ashling.

– No. Ostras, ojalá pudiera hablar con él. Necesito que me dé algunas respuestas.

– Es un cobarde de mierda. Yo de ti me presentaría en su oficina. Lo fastidiaría en sus actuaciones. Eso estaría bien -dijo Joy con dureza-. Podrías interrumpir sus gags, eso lo pondría histérico. Gritarle que es un inútil en la cama y que tiene la polla…

– … enana -dijo Ashling cansinamente.

– En realidad iba a decir llena de pecas -dijo Joy-. Pero «enana» no está mal.

– No, no podría decirlo. Ni una cosa ni la otra.

– De acuerdo, dejemos las interrupciones. Pero ¿por qué no vas a verlo? Si quieres recuperarlo, tienes que luchar por él.

– Es que no sé si quiero recuperarlo. Además, con un adversario como Clodagh no tengo ninguna posibilidad.

– No es tan guapa -dijo Joy despiadadamente.

Ambas se volvieron hacia Ted, que se ruborizó.

– Qué va -mintió él; pero lo hizo fatal.

– ¿Lo ves? -le dijo Ashling a Joy-. Él la encuentra guapísima.

Aprovechando el incómodo silencio que se apoderó de ellos, Ashling echó un desapasionado vistazo alrededor. Estaba en aquella habitación desde el viernes por la tarde. Ahora era lunes por la noche y solo se había levantado de la cama para ir al cuarto de baño. Su intención había sido dormir un poco para reponerse del golpe, y después buscar a Marcus y ver si se podía salvar algo. Pero por algún extraño motivo, no había conseguido levantarse de la cama. Ahora se encontraba a gusto allí, y no tenía ganas de moverse.

Su vacía mirada se posó en un paquetito de pañuelos de papel. No había utilizado ni uno. ¿Por qué no lloraba? Con la tristeza que la embargaba, debería estar llorando como una magdalena. Pero no había derramado ni una sola lágrima. No le temblaba la voz, no tenía una hinchazón dolorosa en la garganta, no notaba ninguna presión en los huesos de la cara.

Pero eso no quería decir que estuviera atontada. Qué va. Ojalá estuviera atontada.

– No puedo dejar de preguntarme qué hice mal -dijo lentamente, como si hablara sola-, y no creo que fuera culpa mía. Siempre le dejaba ensayar conmigo los gags nuevos. Iba a todas sus actuaciones. Bueno, a casi todas. -Mira lo que había pasado la única vez que no fue: Marcus se había enrollado con su mejor amiga-. Le daba la razón diez veces al día cuando él me decía que era el mejor y que los otros cómicos no valían nada.

– ¿Incluso yo? -preguntó Ted, vacilante-. ¿Te decía que yo no valía nada?

– No -mintió Ashling.

La noche que Ashling conoció a Marcus, él habló con gran entusiasmo de Ted, pero ahora se daba cuenta de que si lo hizo fue únicamente porque no lo tomaba en serio. Cuando quedó demostrado que Ted tenía su propio grupo de admiradores, entusiasta aunque reducido, Marcus empezó a hablar mal de él con sutileza. Como sabía que Ashling no habría permitido insultos directos, se contentaba con comentarios como «El bueno de Ted Mullins. En este negocio conviene que haya un par de pesos ligeros». Para cuando Ashling se dio cuenta de que Marcus menospreciaba a Ted, ella ya estaba demasiado metida en su papel de novia abnegada y no podía protestar.