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La historia se repetía.

– Mi novio me ha puesto los cuernos con Clodagh -explicó con un hilo de voz.

– ¿Con Clodagh Nugent? -Monica se encendió.

– Hace diez años que es Clodagh Kelly, pero en fin.

– ¿Estás muy mal?

– Llevo cinco días en la cama y no tengo intención de levantarme.

– ¿Comes?

– No.

– ¿Te aseas?

– No.

– ¿Tienes pensamientos suicidas?

– Todavía no. -Yupi. Una idea más.

– Cogeré el tren mañana por la mañana, cariño. Yo cuidaré de ti.

Monica suponía que su hija la enviaría a paseo, como de costumbre. Pero la única respuesta que obtuvo fue un resignado «Vale». El miedo se apoderó de ella: Ashling debía de estar muy mal.

– No te preocupes, cariño, buscaremos ayuda. No permitiré que pases por lo que pasé yo -prometió Monica con vehemencia-. Hoy en día las cosas son muy diferentes.

– Ya, ahora no es un estigma -repuso Ashling con indiferencia.

– No. Ahora hay mejores medicinas -replicó Monica.

El martes por la noche Joy y Ted intentaban tentar a Ashling con un nuevo cargamento de chocolatinas y revistas cuando sonó el timbre de la puerta. Se quedaron todos paralizados.

Por primera vez en varios días, el lánguido rostro de Ashling se iluminó.

– ¡A lo mejor es Marcus! -exclamó.

– Voy a decirle que se vaya a la mierda -anunció Joy dirigiéndose hacia la puerta.

– ¡No! -dijo Ashling con firmeza-. No; quiero hablar con él. Joy volvió al cabo de unos segundos.

– No es Marcus -dijo en voz baja. Ashling volvió a hundirse rápidamente en el fango-. Es el divino Jack.

Aquella inesperada visita sacó a Ashling de su letargo. ¿Qué quería Jack? ¿Despedirla por no haber ido a la oficina?

– ¿A qué esperas? ¡Ve a ducharte, por el amor de Dios! Hueles a tigre.

– No puedo -dijo Ashling con voz débil. Tan débil, que Joy comprendió que estaba perdiendo el tiempo. Se contentó con que se pusiera un pijama limpio, se cepillara el pelo y se lavara los dientes. Entonces Joy cogió dos botellas de colonia.

– ¿Happy o Oui? Happy -decidió-. Probemos el poder de lo sugerente. -Roció a Ashling de colonia y la empujó, como si fuera un muñeco a cuerda, en dirección al salón-. ¡Ánimo!

Jack estaba sentado en el sofá azul, con las manos colgando entre las rodillas. Aquella era una visión extrañísima. Pese a lo deprimida que estaba, esa idea venció su estupor. Jack pertenecía al mundo del trabajo, y sin embargo allí estaba, haciendo que el piso de Ashling pareciera aún más pequeño de lo que era.

El traje oscuro, el despeinado cabello y la corbata torcida le hacían parecer trastornado y agobiado por las preocupaciones. Ashling se quedó en el umbral, mirando cómo él intercambiaba pensamientos con el suelo de arce. Entonces ladeó la cabeza, vio a Ashling y sonrió.

Cuando Jack se levantó del sofá, cambió la luz de la habitación.

– Hola -dijo Ashling-. Siento no haber ido al trabajo ni ayer ni hoy.

– Solo he venido a ver cómo estás, no a meterte prisa para que vuelvas al trabajo.

Entonces Ashling recordó que él se había mostrado inesperadamente amable y comprensivo después de que Dylan le revelara la fatídica noticia.

– Intentaré ir mañana -dijo, aunque era tan probable como que escalara el Kilimanjaro.

– ¿Por qué no te tomas una semana de vacaciones e intentas volver el lunes? -sugirió Jack.

– De acuerdo. Gracias. -El alivio que le produjo no tener que enfrentarse al mundo de inmediato fue tan grande que ni siquiera discutió-. Mi madre va a venir a pasar unos días conmigo. Eso bastará para animarme a volver al trabajo, seguro.

– Ah, ¿sí? -dijo Jack con una sonrisa-. Un día tienes que contármelo.

– Sí. -Ashling no se sentía capaz ni de decirle la hora.

– ¿Cómo estás? -preguntó Jack.

Ashling vaciló. Aquel no era el tema más adecuado para hablar con tu jefe, pero ¿qué más daba? Ya nada importaba.

– Estoy muy triste -reconoció.

– Es lógico. El fin de una relación, el fin de una amistad…

– Pero no es solo eso. -Ashling intentaba comprender aquel intenso dolor-. Estoy triste por el mundo entero.

Se quedó mirando a Jack. Este debía de pensar que estaba chiflada.

– Y ¿qué más? -dijo él con dulzura.

– Solo veo tristeza y dolor a mi alrededor. Por todas partes.

– Weltschmerz -dijo Jack.

– Salud -dijo ella distraída.

– No -explicó Jack, riendo débilmente-. Weltschmerz significa algo así como «tristeza por el mundo» en alemán.

– ¿Hay una palabra para esto?

Ashling sabía que no era la primera persona que se sentía así. Sabía que su madre también había pasado por aquello. Pero si existía una palabra para describir aquel sentimiento, debía de haber muchas personas más que lo habían sentido. Aquello la consoló. Jack le enseñó una bolsa de papel blanca que llevaba.

– Mira, te he traído una cosa…

– ¿Qué es? ¿Pañuelos de papel? Tengo tantos que podría montar una tienda. ¿Uvas? No estoy enferma, sino solo… humillada.

– No; es… verás, es sushi.

Ella se sintió ofendida.

– ¿Me tomas el pelo?

– ¡No! Es que el día que lo comimos en la oficina me pareció que sentías curiosidad. -Como Ashling seguía muda, él prosiguió-: Pensé que te gustaría. No hay nada asqueroso, ni siquiera pescado crudo. Es básicamente vegetariano: pepino, aguacate, un poco de cangrejo. Un sushi para principiantes. Si quieres puedo explicarte paso por paso…

Pero la expresión de desconfianza de Ashling le hizo echarse atrás.

– Hummm… Bueno, pues te lo dejo aquí. Espero que te mejores. Ya nos veremos el lunes.

Cuando Jack se hubo marchado, Ted y Joy fueron al salón.

– ¿Qué hay en la bolsa?

– Sushi.

– ¡Sushi! ¿Cómo se le ocurre traerte sushi?

Formaron un corro alrededor de la bolsa de papel, observándola con recelo, como si fuera radiactiva.

– ¿Le echamos un vistazo? -propuso Ted.

– Si quieres… -dijo Ashling. Ted sacó la caja negra laqueada y, fascinado, contempló los pequeños rollitos de arroz dispuestos en pulcras hileras.

– No sabía que fuera así -comentó Joy.

– Y ¿qué es eso? -preguntó Ted señalando un saquito plateado.

– Salsa de soja -dijo Ashling sin entusiasmo.

– ¿Y esto? -Ted levantó la tapa de un pequeño envase de poliestireno.

– Jengibre.

– ¿Y esto? -Señaló un montoncito de pasta verde.

– No me acuerdo de cómo se llama -admitió Ashling-, pero pica mucho.

Tras una prolongada y cautelosa exploración, Ted cogió el toro por los cuernos.

– Voy a probarlo.

Ashling se encogió de hombros.

– Este parece de pepino. -Ted se lo metió en la boca-. Ahora me limpio el paladar con un poco de jengibre, y luego…

– No, no se hace así -le interrumpió Ashling con fastidio.

– Bueno, pues enséñame tú cómo se hace.

58

Al oír los golpecitos en la ventana, Clodagh se puso en pie de un brinco. La invadió una oleada de felicidad. Ya había llegado. Corrió hacia la puerta de la calle y la abrió sin hacer ruido.

– El gallo canta al anochecer -dijo Marcus con marcado acento ruso.

– ¡Shhh! -Clodagh se llevó un dedo a los labios, en un gesto exagerado, pero ambos reían, desbordados de alegría.

– ¿Duermen? -susurró Marcus.

– Sí, duermen.

– ¡Aleluya! -Casi olvidó que no tenía que hacer ruido-. Ahora ya puedo hacer lo que quiera contigo. -Entró en el recibidor y la abrazó; tropezaron, entre risas, con el perchero, y él empezó a quitarle la ropa.

– Ven al salón -dijo ella.

– No; quiero hacerlo aquí -repuso él con picardía-. Entre las botas de lluvia y las mochilas del colegio.