– Oye, dejémoslo por esta noche.
– No, nena. Todavía nos queda mucho trabajo.
Disimulando su abatimiento, Lisa llamó para encargar unas pizzas, y se pusieron a trabajar. No pararon hasta medianoche.
– ¿Sabes cuánto tiempo nos llevará todo esto? -preguntó ella.
– En cuanto lleguemos a un acuerdo respecto a las finanzas, lo presentamos ante el tribunal, y la sentencia provisional sale entre dos y tres meses más tarde. Seis semanas más tarde llega la sentencia definitiva.
– Ya. Muy deprisa. -A Lisa no se le ocurrió nada más que decir en ese momento.
La jornada la había dejado agotada, triste y afligida. Le dolía el cuello, le dolía el corazón, y ahora era hora de acostarse y no tenía ganas de follar.
Él tampoco. Estaban los dos demasiado tristes.
Oliver se desvistió maquinalmente, sin ganas, dejando la ropa tal como caía, y se metió en la cama junto a Lisa, como si hubiera dormido un millón de veces en aquella cama. Abrió los brazos y ella se le acercó, y adoptaron la posición que adoptaban siempre para dormir: la espalda de ella bien apretada contra el pecho de él, los pies de ella entre los muslos de él. Aquello era más íntimo, más tierno que el sexo. Ya a oscuras, Lisa lloró. Oliver la oyó, pero no se le ocurrió nada que pudiera consolarla.
Al día siguiente volvieron a tomar posiciones en la mesa de la cocina y trabajaron hasta las tres de la tarde, hora en que Oliver tuvo que marcharse. Lisa lo acompañó en taxi al aeropuerto, y cuando volvió a casa la encontró insoportablemente vacía. Estaba muy deprimida y tenía ganas de meterse en la cama, pero no se acostó porque no quería volver a apartarse de la realidad. La vida debía continuar.
59
El lunes por la mañana Monica acompañó a Ashling al trabajo. «¡Ánimo! ¡Tú puedes hacerlo!» Era como el primer día de colegio. Ashling traspuso las puertas del edificio y, una vez dentro, giró la cabeza; su madre, desde la calle, gesticuló: «¡Adelante!». Ashling fue hacia el ascensor de mala gana.
Cuando se sentó en su mesa todos la miraron de manera rara, y luego empezaron a tratarla con exagerada simpatía.
– ¿Te apetece una taza de té? -le preguntó Trix, solícita.
– No te pases, Trix -contestó Ashling, e intentó concentrarse en los papeles de su mesa. Al cabo de un momento levantó la cabeza y vio que Trix sacudía la cabeza y le decía, moviendo solo los labios, a la señora Morley: «No quiere té».
Poco después Jack irrumpió en la oficina con un montón de documentos bajo el brazo. Parecía estresado y malhumorado, pero al ver a Ashling aminoró el paso y se relajó un tanto.
– ¿Cómo te encuentras? -le preguntó amablemente.
– Pues mira, he conseguido levantarme de la cama -respondió. Pero la rigidez de su semblante indicaba que tampoco estaba muy contenta-. Oye, el día que viniste a verme… Gracias por el sushi. Y perdona que estuviera un poco susceptible.
– No pasa nada. ¿Cómo va el Weltschmerz?
– Muy bien, gracias.
Jack asintió con toda su buena intención.
– Será mejor que me ponga a trabajar -dijo Ashling.
– Esta tristeza que sientes… -dijo entonces Jack- ¿es indefinida o toma alguna forma determinada?
Ashling reflexionó y dijo:
– Creo que toma una forma determinada. Conozco a un mendigo, Boo… El de las fotos, ¿recuerdas? Él me ha descubierto el mundo de la mendicidad, y eso me parte el alma.
Tras un silencio, Jack dijo, pensativo:
– Oye, a lo mejor podemos ofrecerle trabajo. Podríamos colocarlo de mensajero en la televisión.
– No puedes ofrecerle trabajo a una persona a la que ni siquiera conoces.
– Yo conozco a Boo.
– ¿Qué dices?
– El otro día me lo encontré en la calle. Lo reconocí por las fotografías y estuvimos un rato charlando. Quería darle las gracias, porque esas fotografías han ayudado mucho al lanzamiento de Colleen. Lo encontré muy listo, muy entusiasta.
– Oh, sí, lo es. Le interesan todo tipo de… Espera un momento. ¿Lo dices en serio?
– Pues claro. ¿Por qué no? Es evidente que estamos en deuda con él. Ya ves la cantidad de publicidad que hemos conseguido gracias a esas fotografías.
Ashling se animó un poco, pero poco después volvió a hundirse rápidamente.
– Pero ¿y los otros mendigos? Los que no aparecen en esas fotografías.
– No puedo ofrecerles trabajo a todos -admitió Jack con una triste sonrisa.
Entonces la puerta de la oficina se abrió con estrépito y entró un joven muy atildado y jovial.
– ¡Hola, chicos! -exclamó.
– ¿Quién es ese? -preguntó Ashling repasando el atuendo del recién llegado: cabello con mechas rubias, pantalones tipo sastre color magenta, camiseta transparente y una diminuta cazadora de piel que en ese momento se estaba quitando.
– Es Robbie, el sustituto de Mercedes -le explicó Jack-. Empezó el jueves. ¡Robbie! Ven, que quiero presentarte a Ashling.
Haciendo una floritura, Robbie se llevó una mano al semidesnudo pecho y, fingiendo sorpresa, preguntó:
– Moi?
– Me parece que es gay -dijo Kelvin en voz baja.
– No me digas, Sherlock Holmes -dijo Trix con sarcasmo.
Robbie le estrechó solemnemente la mano a Ashling; luego soltó un grito ahogado y se abalanzó sobre su bolso.
– ¡Qué Gucci! Creo que tengo un momento fashion.
Aunque no se lo esperaba, Ashling pudo trabajar. Hay que reconocer que no le dieron nada remotamente difícil. Y lo que desde luego no apareció en su mesa para que lo corrigiera, revisara o entrara en el ordenador fue el artículo mensual de Marcus Valentine.
Al final de la jornada, su madre la recogió en la oficina, y cuando llegaron a casa la dejó meterse directamente en la cama.
El martes por la mañana, tras muchos zarandeos y muchas palabras de ánimo maternales, Ashling consiguió levantarse y volver al trabajo. Lo mismo ocurrió el miércoles por la mañana. Y el jueves.
El viernes Monica regresó a Cork.
– Tengo que volver. No quiero ni pensar los desastres que puede haber hecho tu padre en la casa en mi ausencia. Sigue tomándote las pastillas, aunque te produzcan mareo. Y busca algún sitio donde puedas hacer terapia. Ya lo verás, te pondrás bien enseguida.
– Vale.
Ashling fue a la oficina, y estaba bastante satisfecha. Hasta mediodía, cuando Dylan entró en la oficina. Ashling volvió a sentir náuseas. Dylan tenía noticias. Noticias de las que Ashling estaba ávida, pero que inevitablemente le causarían dolor.
– ¿Podemos comer juntos? -preguntó Dylan.
Su aparición causó un gran revuelo en la oficina. Los que no conocían a Marcus Valentine preguntaban en voz baja a los que sí lo conocían: «¿Es él?». ¿Iban a presenciar una romántica y apasionada reconciliación? Y se llevaron un chasco cuando los que estaban más enterados les contestaron: «No, ese es el marido de la amiga».
Mientras Ashling recogía su bolso, las miradas de Dylan y Lisa se cruzaron, y se produjo una llamarada de interés, de guapo a guapa.
Dylan estaba cambiado. Siempre había sido muy atractivo, aunque un poco soso. Sin embargo, de la noche a la mañana había adquirido cierta dureza, un magnetismo disoluto. Con la mano en la cintura de Ashling, la guió hasta el pasillo, y las miradas de todos los empleados se clavaron en la espalda de los dos cornudos.
Fueron a un pub cercano y se sentaron en una mesa de un rincón. Ashling pidió una coca-cola light y Dylan una cerveza.
– Es que tengo resaca -explicó-. Anoche me corrí una juerga de miedo.
– ¿Todavía estás en casa de tu madre? -preguntó Ashling.
– Sí -contestó Dylan con amargura.
Eso significaba que Clodagh y Marcus seguían juntos. Y que lo suyo no era una simple aventura pasajera. Le dieron ganas de vomitar.
– ¿Qué ha pasado últimamente? -preguntó.