Para Ashling el tiempo pasaba muy despacio. El mundo seguía siendo un paisaje desolado, y cada mañana se despertaba con una sensación parecida a la resaca. Aunque la noche anterior no hubiera bebido nada. Pero pasadas un par de semanas, se dio cuenta de que las pequeñas cosas, como lavarse los dientes o darse una ducha, ya no le resultaban tan espantosamente pesadas.
– Seguramente es por efecto de los antidepresivos -le dijo Monica por teléfono-. Esos inhibidores selectivos de serotonina son una bendición del cielo. Mucho mejores que los antiguos tricíclicos o como se llamen.
Ashling estaba sorprendida. No esperaba que los antidepresivos funcionaran, y ahora se daba cuenta de que no tenía fe en nada. Al fin y al cabo, a su madre no le habían servido, al menos durante mucho tiempo.
Aparte de asearse, se sentía capaz de ir a trabajar, siempre que no tuviera que hacer nada complicado. Siempre la había avergonzado un poco su escrupulosidad, pero ahora se daba cuenta de que seguramente eso la había salvado.
– Han llegado los horóscopos de noviembre -anunció Trix-. Formad un corro y los leeré en voz alta.
Todos los empleados dejaron lo que estaban haciendo (cualquier excusa era buena). Hasta Jack se acercó: tendría que ponerlos en vereda. Decidió que lo haría en cuanto Trix hubiera leído libra.
– Lee escorpio -le pidió Ashling.
– Pero si tú eres piscis.
– Lee escorpio. Y luego capricornio.
Clodagh era escorpio, y Marcus, capricornio; Ashling quería saber cómo les iba a ir en noviembre. Jack Devine le lanzó una mirada de censura y pesar. Sabía qué se proponía Ashling. Ella giró la cabeza con altivez. Podía leer el horóscopo que le diera la gana; al fin y al cabo, podría estar haciendo cosas mucho peores. Joy le había propuesto echarles una maldición a Marcus y Clodagh.
Según sus horóscopos, Clodagh y Marcus iban a tener muchos altibajos en noviembre. Ashling ya se lo había imaginado.
– Y tú, ¿qué signo eres, JD? -preguntó Trix.
– Señor Devine, si no te importa. -Se quedó esperando, pero al ver que Trix no se corregía, contestó-: Libra. Pero yo no creo en esas tonterías. Los libra somos muy escépticos.
Ashling lo encontró gracioso. Miró a Jack de reojo y vio que él seguía mirándola. Se sonrieron, y Ashling se agachó rápidamente debajo de su mesa. Cogió su bolso y se incorporó, pero se dio cuenta de que no necesitaba nada del bolso. ¿Lo había cogido únicamente para no tener que mirar a Jack Devine? Entonces reparó en que casi era la hora de comer, y que tenía hora con el doctor McDevitt.
Tardó diez minutos en ir andando a la consulta, y fue como si lo hiciera bajo el fuego de francotiradores. Le daba miedo salir a la calle y ver algo que pudiera causarle dolor. Llevaba la cabeza gacha y procuraba no mirar más arriba de las rodillas. Esa táctica dio resultado hasta que un refugiado bosnio intentó venderle un Big Issues antiguo. Inmediatamente la invadió la desesperación.
Pero eso no fue lo peor. Lo peor la esperaba en la consulta de McDevitt.
– ¿Cómo te va con el Prozac?
– Muy bien. -Esbozó una tímida sonrisa y preguntó-: ¿Puede recetarme más, por favor?
– ¿Efectos secundarios?
– Solo algunas náuseas y temblores.
– ¿Has perdido el apetito?
– De todos modos ya lo había perdido.
– Ya sabes que este medicamento no debe mezclarse con alcohol, ¿verdad?
– Sí, claro. -Pedirle que no bebiera era demasiado.
– ¿Qué tal la terapia?
– Es que… todavía no he ido.
– Te di un número para que llamaras.
– Sí, lo sé, pero no puedo llamar. Estoy demasiado deprimida.
– ¡Vaya! -dijo el médico con enojo. Cogió el teléfono, hizo una llamada, y luego otra. Tapó el auricular y dijo-: ¿A qué hora sales del trabajo el martes?
– Depende…
– ¿A las cinco? -preguntó él, molesto-. ¿A las seis?
– A las seis. -Con suerte.
McDevitt colgó y le entregó a Ashling una hoja de papel.
– Los martes a las seis. Si no vas, no te recetaré más Prozac.
«¡Capullo!»
Cuando caminaba con desgana por Temple Bar, alguien le gritó: «¡Eh, Ashling!». Un individuo víctima de la moda con unos zapatos absolutamente ridículos caminaba pisando fuerte para alcanzarla, y ella tardó un momento en darse cuenta de que era Boo. Le brillaba el cabello y tenía color en las mejillas, e inesperadamente eso la hizo reír.
– ¡Ostras! -exclamó.
– Voy a trabajar. Hago el turno de dos a diez -explicó Boo, y rompió a reír a carcajadas-. ¿Te imaginas? -A continuación, le dio las gracias efusivamente-. Me encanta trabajar en la televisión. Hasta me han dado un adelanto para que pueda dormir en un albergue.
– Y ¿qué tal es el trabajo? ¿No lo encuentras demasiado difícil? -A Ashling le preocupaba que, acostumbrado a vivir sin obligaciones, le resultara difícil adaptarse a un mundo de disciplina y responsabilidades.
– ¿Hacer de mensajero? ¡Está chupado! Aunque sea con estos zapatos.
– Qué ropa tan guay -comentó Ashling señalando la chaqueta, la camisa y los estrambóticos zapatos.
– Parezco un chiflado -dijo Boo riendo otra vez-. Lo peor son los zapatos. Kelvin, tu colega, me ha dado toda la ropa extravagante que él no quería, pero al menos está limpia, y cuando me paguen podré comprarme ropa normal. ¡Espera! ¡Eso lo quiero repetir! -Se relamió y dijo con gran placer-: Cuando me paguen.
Su alegría era contagiosa.
– Me alegro mucho de que te vaya tan bien -dijo ella con sinceridad.
– Y ¿a quién se lo debo? A ti, Ashling. -Sonrió mostrando su boca desdentada. Por lo visto Kelvin no había podido proporcionarle un recambio para el diente que le faltaba-. Y a Jack. ¡Es un tipo estupendo!
Boo se quedó esperando a que Ashling confirmara su opinión.
– Sí, estupendo. -Pero estaba desconcertada. ¿Desde cuándo era Jack Devine tan encantador?
– ¿Sabes que creía que tendría que hacer reseñas de libros? -dijo entonces Boo.
– Bueno…
– Lo había entendido todo mal. Pero ya no me interesa escribir reseñas.
– Ya…
– Quiero ser cámara. O técnico de sonido. ¡O presentador de informativos!
De nuevo en la oficina, Ashling se preparó para abordar a Lisa y preguntarle si podía salir antes los martes por la tarde.
– Si no voy a terapia, el médico no me recetará más Prozac.
Aquello no le hizo ninguna gracia a Lisa.
– Tendré que consultarlo con Jack. Y más vale que seas muy puntual por las mañanas, para compensar -dijo, resentida.
Pero luego se le pasó. Ashling era buena persona.
Además, ella podía permitirse el lujo de ser generosa. «Al menos yo no tengo que ir a terapia -pensó con petulancia-. Ni tomar Prozac.»
61
Pasado un mes del desastre, Ted volvía a actuar en una función de cómicos, un sábado por la noche. Marcus también estaba en el programa.
– Espero que no te importe -dijo Ashling intentando sonar alegre-, pero no iré a animarte, Ted.
– No te preocupes. No pasa nada. ¡Es lógico!
– De todos modos, tarde o temprano tendrás que empezar a salir otra vez -intervino Joy.
Ashling se estremeció. No quería ni pensarlo.
– Los extraños no existen -terció Ted para animarla-, solo son amigos a los que todavía no conoces.
– Mejor aún -le corrigió Joy-: los extraños no existen, solo son novios a los que todavía no conoces.
– Ex novios a los que todavía no he conocido -sentenció ella hoscamente.
Ashling pasó toda la semana en tensión, hasta que el sábado por la tarde volvió a ver a Ted. Intentó no preguntárselo, pero al final se rindió.
– Perdona, Ted, pero ¿estaba él?
Ted asintió, y Ashling, aún más apagada, dijo: