En ese momento llegó Joy.
– ¿De qué habláis?
– De la actuación de Marcus anoche.
– Menudo gilipollas. -Joy torció los labios y con voz de boba dijo-: Quiero dedicar mi actuación a Craig y Molly. No me digáis que no es de idiota.
Ashling palideció.
– ¿Le dedicó su actuación a los hijos de Clodagh?
Joy, aturdida, miró a Ted.
– Creía que eso estabas contando… ¡Mierda! Siempre meto la pata. Ashling sintió una punzada de humillación, tan hiriente como la primera.
– La familia feliz -comentó intentando sonar sarcástica.
– No durará mucho -sentenció Joy.
– Te equivocas. Seguirán juntos -la contradijo Ashling-. A Clodagh le duran mucho los hombres.
Entonces Joy le hizo una pregunta que la sorprendió:
– ¿Echas de menos a Marcus?
Ashling reflexionó. Sentía muchas emociones, todas desagradables, pero entre ellas ya no estaba el anhelo de recuperar a Marcus. Había ira, por supuesto. Y tristeza, y humillación, y cierta sensación de pérdida. Pero ya no lo echaba de menos a él; no echaba de menos su compañía, su presencia física.
– ¡Claro que me importan los niños! -insistió Marcus-. ¿Acaso no les dediqué mi actuación de anoche?
– Entonces, ¿por qué no le lees un cuento a Molly?
– Porque estoy ocupado. Tengo dos empleos.
– Pues yo estoy destrozada. No puedo ocuparme yo sola de los dos críos.
– ¿No decías que Dylan nunca estaba en casa, que siempre estaba trabajando?
– No siempre estaba trabajando -replicó Clodagh, malhumorada-. Pasaba mucho tiempo en casa.
Le pasó a Marcus un ejemplar de Caperucita roja, pero él se negó a cogerlo.
– Lo siento -dijo-, pero tengo que dedicarle una hora a mi novela.
Ella lo miró con expresión severa.
– Mi matrimonio se ha roto por culpa tuya.
– Y mi relación con Ashling se ha roto por culpa tuya. Estamos empatados.
Clodagh estaba furiosa. Ni siquiera se creía que a Marcus le gustara tanto Ashling, pero él insistía en que sí, así que ¿qué podía hacer ella?
62
Entonces llegó la Navidad y, como cada año, los pilló a todos desprevenidos. El 23 de diciembre las oficinas de Colleen cerraron por once días. «Baja por motivos familiares», lo llamaba Kelvin.
Phelim viajó desde Australia y se llevó un chasco cuando Ashling le dijo que no quería acostarse con él. De todos modos lo encajó bien y le dio el regalito que le había comprado. Ashling fue a pasar la Navidad a casa de sus padres, lo cual era digno de mención, pues había pasado las cinco anteriores con la familia de Phelim en Dublín. Owen, el hermano de Ashling, volvió a casa desde la cuenca amazónica, y su madre sintió un gran alivio al comprobar que no llevaba un plato en el labio inferior. Janet, la hermana de Ashling, viajó desde California. Estaba más alta, más delgada y más rubia de lo que Ashling recordaba. Comía mucha fruta y no iba andando a ningún sitio.
Clodagh pasó el día sola. Dylan se llevó a los niños a casa de sus padres y ella boicoteó a sus propios padres porque le dijeron que no podía invitar a Marcus. Pero en el último momento Marcus decidió pasar el día con sus padres.
Lisa fue a Hemel y agradeció enormemente los mimos que le hicieron sus padres. Había firmado y enviado los documentos del divorcio unas semanas antes de Navidad y todavía se sentía ridículamente frágil. La siguiente parte del proceso era la sentencia provisional.
La noche que Ashling regresó de Cork, se enteró de que tenía vecino nuevo. Había un chico rubio y delgado acurrucado en el portal, comiéndose un bocadillo y bebiéndose una lata de Budweiser.
– Hola -saludó ella-. Me llamo Ashling.
– Yo me llamo George. -El chico se dio cuenta de que Ashling miraba su lata de cerveza, y añadió, un tanto agresivo-: Es Nochevieja. Lo estoy celebrando, como todo el mundo.
– No, si no me importa -dijo ella.
– Que viva en la calle no quiere decir que sea alcohólico -explicó el chico, más tranquilo-. Solo bebo cuando estoy con gente.
Ashling le dio una libra y entró en el edificio, e inmediatamente sintió la amenaza de la depresión. La mendicidad era como un mostruo con varias cabezas: cuando le cortabas una, otras dos aparecían en su lugar. Boo se había salvado; tenía trabajo, piso y hasta novia, pero su caso era una excepción: era inteligente, presentable y todavía lo bastante joven para adaptarse a una vida normal. Sin embargo, había otros mendigos que no tenían nada y que nunca lo tendrían; primero los había maltratado la vida, arrojándolos a la calle, y luego los maltrataban el hambre, la desesperación, el miedo, el aburrimiento y el odio de la gente.
Sonó el timbre. Era Ted, acompañado de una joven menuda y pulcra de la que, evidentemente, se sentía orgulloso.
– ¡Has vuelto! -exclamó, y se volvió hacia la chica que iba a su lado-. Te presento a Sinead.
Sinead le tendió una manita a Ashling.
– Encantada de conocerte -dijo con remilgo.
– Pasad. -Ashling estaba sorprendida. Sinead no parecía la típica grupi de humoristas.
Ted entró en el piso de Ashling con aire arrogante y alisó los cojines del sofá antes de invitar, solícito, a Sinead a sentarse en él.
Ella se sentó con delicadeza, con las rodillas y los tobillos alineados, y aceptó con elegancia la copa de vino que le ofreció Ashling. Ted no le quitaba los ojos de encima.
– ¿Dónde conociste a Ted? ¿En una función? -preguntó Ashling intentando iniciar una conversación mientras buscaba el sacacorchos por el suelo. Estaba convencida de que lo había dejado por allí la noche antes de irse a Cork…
– ¿En una función? -dijo Sinead, como si fuera la primera vez que oía esa palabra.
– Una función de cómicos.
– ¡Ah, no! -exclamó Sinead, y soltó una risa cristalina.
– Nunca me ha visto actuar. Dice que no le interesa. -Ted miró a Sinead con admiración y cariño.
Resultó que Sinead y Ted trabajaban juntos en el Ministerio de Agricultura. Durante la fiesta de Navidad de su oficina, mientras bailaban, medio borrachos, al son de Rock Around the Clock, sus miradas se habían encontrado, y había nacido el amor.
Ashling tuvo la extraña sospecha de que la llegada de Sinead señalaba el principio del fin de la carrera de Ted como cómico de micrófono. Pero quizá a él no le importara, ya que se había hecho cómico únicamente para ligar. Desde luego no parecía disgustado.
– ¿Esta noche? ¿Quieres salir otra vez? -preguntó Clodagh-. Pero si ya saliste anoche, y la anterior, y el miércoles.
– Tengo que ver qué hacen los otros cómicos -explicó Marcus con paciencia-. Lo hago por mi carrera.
– ¿Qué te importa más, tu carrera o yo?
– Ambas sois importantes.
Respuesta equivocada.
– Pues ahora ya no encontraré niñera. Es demasiado tarde.
– Bueno.
Clodagh creyó que con eso quedaba zanjado el tema. Pero a las nueve en punto Marcus se levantó y dijo:
– Me voy. La función acabará tarde, así que no me esperes: me iré a dormir a mi casa.
Clodagh se quedó perpleja.
– ¿Te marchas?
– Ya te lo he dicho antes, ¿no?
– No. Te he dicho que ya no encontraría niñera, y tú has dicho «Bueno». Creí que querías decir que sin mí no ibas a salir.
– No, lo que quería decir era que si tú no podías salir, saldría yo.
– Tengo que decirte una cosa, Ashling -anunció Ted.
– ¿Qué? -Era una noche muy fría de enero, y Ted y Joy se habían presentado en su casa en plan delegación, con aguanieve en los hombros.