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– Será mejor que te sientes -la previno Joy.

– Estoy sentada. -Ashling dio unas palmaditas en el sofá.

– Estupendo. Es que me temo que no te va a gustar lo que vas a oír -dijo Ted.

– ¿Qué pasa?

– No sé si debo decírtelo.

– ¡Dímelo!

– Conoces a Marcus Valentina, ¿verdad?

– Pues sí, me suena. Venga, Ted, por favor.

– Sí, sí, perdona. Bueno, pues lo vi el otro día. En un pub. Con una chica que no era Clodagh.

Hubo un silencio, y entonces Ashling dijo:

– Y ¿qué? ¿Qué tiene de malo que esté en un pub con otra chica?

– Ya. No, si te entiendo, te entiendo. Pero es que le estaba metiendo la lengua hasta el estómago.

El semblante de Ashling adoptó una expresión extraña. De sorpresa, pero también de algo más. Joy la miró con nerviosismo.

– A la chica la conoces, por cierto -continuó Ted-. Se llama Suzie. Estuve hablando con ella una noche, en una fiesta en Rathmines, y luego me marché contigo. ¿Te acuerdas?

Ella asintió. Recordaba perfectamente a aquella chica: pelirroja, menuda, muy mona. Ted había dicho que era una grupi.

– Pues bien, luego estuve preguntando por ahí… -prosiguió Ted.

– ¿Y?

– Se ve que la lengua no es lo único que le mete. Ya me entiendes…

– Ostras.

– Hay que ver el éxito que tiene con las tías el pecoso ese -comentó Joy.

– Ostras -repitió Ashling.

– Ahora no te pongas blanda y no compadezcas a Clodagh -dijo Joy-. Ni se te ocurra ir corriendo a consolarla, ¿eh?

– Pero qué dices -le espetó Ashling-. Si estoy encantada.

– He venido a recoger mis cosas -dijo Marcus.

– Ahora mismo te las traigo -confirmó Clodagh acaloradamente.

Empezó a entrar y salir en las habitaciones, echando chispas y dando portazos, y metiendo los objetos personales de Marcus en una bolsa negra de la basura. No podía creer lo rápido que todo había terminado. Habían pasado de la obsesión mutua al odio en cuestión de semanas; en cuanto su relación dejó de ser únicamente cuestión de sexo y empezó a abarcar aspectos de la vida real, Marcus y Clodagh se precipitaron hacia un fracaso inevitable.

Ella creía que estaba enamorada de Marcus, pero no lo estaba. Era un capullo y un soso. Solo le interesaba hablar de sus actuaciones y de lo mal que lo hacían los otros humoristas.

Y necesitaba atención constante. Clodagh no entendía que a Marcus pudiera fastidiarle que ella les hiciera caso a Craig y Molly. A veces era como tener tres hijos.

Por no hablar de esa condenada novela que había empezado a escribir. ¡Menuda birria! Era increíblemente deprimente. Además, Marcus no aceptaba las críticas, aunque fueran constructivas. Lo único que le había sugerido Clodagh era que el personaje femenino podía montar su propio negocio de pastelería o cerámica, y Marcus se había puesto furioso.

Por si fuera poco, últimamente Marcus quería salir todas las noches. No quería entender que ella no podía salir cada dos por tres teniendo dos hijos. No era fácil encontrar canguros. Y aún era más difícil pagar a las niñeras, con el dinero que le pasaba Dylan. Pero no era solo eso: Clodagh no quería salir cada noche. Echaba de menos a sus hijos cuando se alejaba de ellos.

También le gustaba quedarse en casa. No había nada malo en mirar Coronation Street y tomarse una copa de vino.

Y ¿qué decir del sexo? A Clodagh ya no le apetecía hacerlo tres veces cada noche. Era lógico, ¿no? Nadie pegaba tres polvos en una noche después de la primera fase de loca pasión. Sin embargo, Marcus seguía aspirando a ese ritmo, y resultaba agotador.

Pero todo eso eran chorradas comparado con el notición que Marcus acababa de soltarle: que había «conocido a otra chica».

Clodagh estaba furiosa y profundamente humillada. Sobre todo porque en algún remoto rincón de su mente ella siempre había abrigado la sospecha de que le estaba haciendo un favor a Marcus, de que podía considerar una gran suerte que ella hubiera decidido abandonar un matrimonio sofocante que la había arrojado a sus brazos. Le molestaba muchísimo que Marcus la hubiera dejado. No le había pasado desde que Greg, el deportista americano, dejara de interesarse por ella un mes antes de regresar a Estados Unidos.

Cuando estaba metiendo el último par de calzoncillos en la bolsa, sonó el timbre de la puerta. Clodagh fue hacia allí a grandes zancadas, abrió la puerta y le lanzó la bolsa de la basura a Marcus.

– Toma.

– ¿Has metido mi novela?

– Huy, sí, Perro negro, tu obra maestra. Está ahí dentro. En una bolsa de basura, como le corresponde -añadió en voz baja, aunque no lo suficientemente baja.

El rostro de Marcus indicó que la había oído y que se estaba preparando para replicar.

– Ah, por cierto -dijo por encima del hombro mientras se daba la vuelta para marcharse-, tiene veintidós años y no ha tenido hijos. -Acompañó aquella información con un guiño. Sabía que Clodagh lamentaba mucho tener estrías.

Ella, escaldada, cerró de un portazo. Cuando se le pasó el primer arrebato de ira, intentó pensar algo positivo. Al menos se había librado de Marcus, de sus chistes, de su novela y de sus cambios de humor.

Y entonces fue cuando se dio cuenta de que estaba en un aprieto. Ahora no tenía ni marido ni novio.

Oh, mierda.

El club de fans de Jack Devine estaba reunido: Robbie, Shauna y la señora Morley habían formado un corro y competían deshaciéndose en elogios del jefe.

Jack había pasado hacía poco por la oficina, más arreglado de lo habitual. Lo cual, como observó Trix, no era difícil.

– Me pregunto -solía cavilar- si alguna vez alguien se le habrá acercado en la calle, le habrá dado una moneda y le habrá dicho que se tome un café.

Pero aquella mañana Jack iba muy acicalado, con el traje oscuro planchado y la camisa de algodón inmaculada. Iba despeinado, como siempre, pero no tanto. (A veces iba a trabajar habiéndose peinado únicamente los lados de la cabeza, y con la parte de atrás tal como se había levantado de la cama.)

No cabía duda de que se había esmerado. Con todo, cuando se acercó a la mesa de la señora Morley para recoger los mensajes, se le abrió la camisa, pues le faltaba un botón.

Aquello enardeció aún más al club de fans.

– Un hombre atormentado capaz de salvar al mundo, pero que necesita a una buena mujer que se ocupe de él -declaró Shauna, el Honey Monster. Había estado otra vez en el M & B.

– Sí, porque tiene un cierto chic bobo, ¿no es verdad? -aportó Robbie.

– Desde luego -coincidió la señora Morley, como si supiera lo que era tener «chic bobo».

– ¿No te acostarías con él sin pensártelo dos veces, Ashling? -preguntó Robbie.

«¡No se lo preguntes a ella!», le reprendieron todos moviendo los labios.

Pero ya era tarde. Ashling, obediente, ya se estaba imaginando echando un polvo con Jack Devine; diversas emociones se reflejaron en su rostro, pero ninguna sirvió para tranquilizar a sus angustiados colegas.

– Sufrió un gran desengaño -susurró la señora Morley-. Yo diría que ya no le interesan los hombres.

– ¡Siempre me meto donde no me llaman! -exclamó Robbie-. Creo que tengo un momento Valium. -Cualquier excusa era buena: Robbie se pasaba la vida tomando Valium, Librium y Tranxilium para los «nervios».

– ¿Quiere usted uno? -le preguntó a la señora Morley-. Yo hoy ya me he tomado tres.

A la señora Morley le destellaron los ojos.

– Supongo que no puede hacerme ningún daño -comentó.

Se pasó el resto del día tambaleándose como una zombi, chocando contra las mesas, pillándose los dedos en el teclado; Robbie, por su parte, había alcanzado tal grado de tolerancia que nada le afectaba.

Entretanto, Ashling estaba casi tan aturdida como la señora Morley. La pregunta de Robbie la había conmocionado, y ahora no podía dejar de pensar en Jack Devine. Se le hinchó el corazón como un globo cuando pensó en su mal humor y en su amabilidad, sus trajes arrugados y su perspicacia, su habilidad para negociar y su blando corazón, su cargo de altos vuelos y el botón que le faltaba en la camisa.